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Bitácora de Viaje XLIII

  A veces creo que hay vida en otros planetas y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos, la conclusión es asombrosa.”

CARL SAGAN

 

Espacio, la frontera final.  Estos son los viajes de la astronave Enterprise.  Su misión: explorar extraños y nuevos mundos, buscar nuevas formas de vida y nuevas civilizaciones; ir valientemente hacia donde nadie ha ido jamás.

Y así comenzaba en 1966 una aventura por las misteriosas dimensiones del rating televisivo y luego, a finales de los setenta, cinematográfico y literario. Star Trek o Viaje a las Estrellas, poco a poco se convirtió en un fenómeno de masas dentro del cine, la literatura, la música, la mercadotecnia, moda, expresiones cotidianas tan sólo unos 10 años antes que Star Wars, hoy su rival que polariza de manera muy divertida a las masas que atiborran las convenciones sobre ciencia ficción, fantasía, similares y conexas. Al creador de la serie y toda la avalancha que vino después, Gene Roddenberry, junto con otros creativos de la CBS, se les ocurrió la presentación con la que se ha abierto cada capítulo y cinta relacionada con este universo, y como dirían los Beatles, con un poco de ayuda de sus amigos. Roddenberry, un ateo tejano y entusiasta del género de anticipación científica (cuyas cenizas por cierto, fueron de las primeras en ser lanzadas al espacio, falta más, no podría ser de otra forma), basó la introducción en homenajes hechos a navegantes terrícolas del pasado, entre ellos, el portugués Vasco da Gama, el inglés James Cook y un folleto editado en 1958 por la Casa Blanca en donde se celebraba en plena guerra fría, al inicial paso dado por la humanidad para colocar ingenios mecánicos fuera de nuestra atmósfera, como el Sputnik. Sin intención de ser cizañoso, el primer transbordador espacial fue bautizado como la célebre nave de la federación espacial: Enterprise (no he sabido, hasta el cierre de la presente edición, de planes para nombrar una nave de la siguiente generación de vehículos espaciales como Millennium Falcon; ruego me corrijan de ser así).

Star Trek tenía la consigna de ser una serie de televisión basada en posibilidades científicas relegando al género de fantasía a un segundo pero necesario plano. Un programa repleto de ciencia dura, que únicamente lograra entender una mínima parte de la teleaudiencia, sería como dispararse el proverbial rayo láser en los metatarsos. Con todo y todo, las tres temporadas que se filmaron no tuvieron un éxito arrollador.  El gran público es más próximo a lo que se considera “space opera”; más cercano al concepto de fantasía que presenta Star Wars o décadas atrás los seriales cinematográficos que convocaban a nuestros padres y abuelos para ver qué pasó con los héroes espaciales Flash Gordon y Buck Rogers, versiones futuristas y campechanos entre una de caballeros medievales y un folletín western de John Wayne. La verdadera visión y misión de Roddenberry era educar divirtiendo, ya que la misión de la nave era científica y diplomática, aunque a veces las cosas terminaban a torpedazos de protón.  Por supuesto, Star Trek ha tenido sus críticos y detractores. Todo mundo se siente científico, detective, policía, vaquero o juez mientras vive, como dice Guillermo del Toro, su experiencia cinematográfica sentado en una butaca o en cómodo sofá. Pero ha sido un esfuerzo encomiable poner dentro del drama de un guión, conceptos como agujeros negros, súper novas, estrella de neutrones, teleportación, agujeros de gusano, warp, física cuántica, viaje en el tiempo, composición atmosférica, motores de antimateria…   Conceptos que poco a poco, desde 1966, nuevas generaciones de científicos entusiastas de la serie (entre ellos Stephen Hawking, quien por cierto, ocupó el asiento principal en el puente de mando del Enterprise durante su visita al foro) fueron inspirados por el reto de las millones de posibilidades de probar o refutar con bases sólidas los principios que para el siglo XXIII, en la mente de los guionistas (muchos de ellos científicos escritores de tesis y de relatos de ciencia ficción), ya era asunto sabido y cotidiano. Eso no es todo: el género no únicamente se ocupa de las ciencias físicas, químicas o biológicas; las ciencias sociales como la filosofía, lógica, ética, diplomacia, relaciones internacionales (bueno, aquí serían intergalácticas), políticas públicas con innumerables y riquísimas facetas en algunas insospechadas, otras familiares formas de gobierno están representadas. Incluso, temas tan espinosos, aún hoy, como cuando el capitán Kirk besa a la teniente de origen afrodescendiente Uhura (el primer beso mal llamado “interracial” de la televisión), salieron a retar a una sociedad en una década de profundos cambios sociales como fue la de los sesenta. La onda de choque y el espíritu de Roddenberry sigue atrapando en su influencia gravitacional a quienes valientemente quieren aceptar el reto hacia donde nadie ha ido jamás.

En 2021, William Shatner, quien durante años prestó su cuerpo al segundo (con toda justicia cronológica) capitán del Enterprise, James Tiberius Kirk, subió 100 kilómetros hasta la línea Karman, la que limita la atmósfera terrestre del espacio exterior; su personaje, curtido en mil experiencias con culturas, razas y civilizaciones variopintas, no subió con él. A esta misión del transbordador Blue Origin, subió, junto con la tripulación, un ser humano. La misión no duró años, como la de Kirk; tan sólo diez minutos.  En ese lapso y en ese espacio, nunca vio una nave klingon o un crucero vulcano. Tan sólo y tan solo, el más triste, pero a la vez glorioso vacío que compartió a su llegada a este planeta pletórico de serendipias, que sin haberse presentado esas cientos de millones de posibilidades, yo no estaría escribiendo esto y ustedes no lo estarían leyendo. Así de fácil:

“Reforzó diez veces mi propia opinión sobre el poder de nuestro hermoso y misterioso enredo humano colectivo y devolvió un sentimiento de esperanza a mi corazón. En esa insignificancia que compartimos, tenemos un don que quizá otras especies no tienen: somos conscientes no sólo de nuestra insignificancia, sino de la grandeza que nos rodea y que nos hace insignificantes. Eso nos permite una oportunidad de volver a dedicarnos a nuestro planeta, a los demás, a la vida, al amor que nos rodea. Si aprovechamos esa oportunidad”.

¿Estamos solos? Hasta ahora no hay experiencia que lo confirme o que lo refute. Carl Sagan, otro agnóstico irredento, siempre fue proclive a explicar la ocurrencia de la vida en lugares ajenos a las características de nuestra Tierra, pero también advirtió que las condiciones son dolorosamente difíciles.  Junto con Frank Drake elaboraron una ecuación esperanzadora sobre posibilidades, pero, ¿quién sabe? Justo esa incertidumbre, aún apoyada por ciencia dura y real, es lo que nos tiene que hacer madurar como especie responsable de los mayores cambios que ha sufrido este planeta por causa de un ente biológico local, o sea nosotros. O como decía mi tía de Zitácuaro: “Arregla primero tu desmadre y ya después sales a ver lo demás”. Lamentablemente, no todos podremos tener la efímera pero nutritiva experiencia de Shatner que nos regale la epifanía y nos cambie; si apenas nos alcanza para subirnos a un avión o al Tren Maya. Sin embargo, las señales actuales ya no tienen nada de crípticas y no hace falta ser un genio de Cornell para entender e interpretar que lo que le hagamos al mundo, nos lo estamos haciendo nosotros. Y para como vamos, faltan siglos para que la Federación de Planetas se fije en el homo sapiens. Como dijera el capitán Jean Luc Piccard: Make it so.

 

Larga Vida y Prosperidad.  Iñaki Manero.

 

Dedicado a Stephy. Me queda claro que por tu valor e inteligencia, el asiento principal en el puente del Discovery te está esperando.

 

 

 

Iñaki Manero
  • Bitácora de viaje
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