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La cancha del poder

 

Nacionalismo, esa religión del poder… 

Erich Fromm, que pocas veces escribió en vano, dejó una frase que hoy vuelve a adquirir filo: “El nacionalismo es nuestra forma de incesto, es nuestra idolatría, es nuestra locura. El patriotismo es su secta”. No es una ocurrencia de salón, sino una advertencia mayor contra ese momento en que el amor legítimo a la patria se degenera en superstición política, en culto de masas, en obediencia emotiva. Viene muy a cuento ahora que la presidentA Claudia Sheinbaum se afana tanto en hablar de patriotismo, soberanía, libertad y democracia, mientras el aparato del poder se inclina, cada vez con menos pudor, a adoctrinar a niños y jóvenes sobre las supuestas bondades del régimen administrado por el partido en el poder. Cuando la pedagogía pública empieza a confundirse con catecismo partidista, algo se ha torcido en la conversación nacional.

Buscando un poco más en torno a esa idea, encontramos que Fromm veía el nacionalismo como una forma de idolatría y una patología social, una suerte de narcisismo colectivo mediante el cual la nación se convierte en fetiche, reemplazando valores humanos más amplios por una lealtad ciega a la tribu, al Estado o al caudillo de turno. No es un diagnóstico menor. Es, de hecho, una de las formas más sofisticadas de nombrar la enfermedad moderna de las multitudes: la de adorar su reflejo hasta el punto de justificar cualquier atropello en su nombre.

Las patrias heridas 

y los imperios vigilantes

Y en nombre de ese nacionalismo llevado al exceso hemos visto pueblos enteros masacrados a lo largo de la historia. Aún recordamos la desintegración de la ex Yugoslavia de Josip Broz Tito, y todo aquello a lo que condujo entre bosnios, serbios y croatas: la identidad convertida en cuchillo, la memoria en combustible, la etnia en trinchera. De África mejor ni terminaríamos nunca de hablar, porque ahí la desaparición de pueblos enteros sigue manifestándose de manera lastimosa, como si el siglo XXI no hubiera terminado de abolir las peores costumbres del XIX.

De los Estados Unidos, su vieja Doctrina Monroe continúa manteniendo la bota militar de las barras y las estrellas sobre todos nosotros, los habitantes de América. Cambian los estilos, se modernizan las coartadas, se habla ahora de seguridad hemisférica, de cooperación, de estabilidad regional, pero la arquitectura profunda del dominio apenas se disfraza. Y las masacres continúan.

Para muestra, un botón. Ahora que China se ha convertido en el segundo socio comercial de América Latina —sobre todo en su relación con Brasil, Chile, Perú y Argentina, y con una presencia menor pero significativa en Venezuela y Ecuador—, desde Panamá se anuncia la visita del portaaviones nuclear USS Nimitz y del destructor USS Gridley, del 29 de marzo al 2 de abril, como parte de una “gira por las Américas” que contempla escalas en Perú, Chile y Brasil. Seguro que no es casualidad. En geopolítica casi nada lo es. Los imperios, como las viejas casas nobiliarias, rara vez hacen visitas sin mensaje.

Israel, Irán y la simplificación del mundo

Israel, esa nación artificialmente configurada tras la Segunda Guerra Mundial en el laboratorio de la culpa occidental y el cálculo estratégico, ataca hoy, con ayuda de Estados Unidos, regiones míticas de la antigüedad donde viven pueblos de memoria larguísima y de complejidad étnica extraordinaria. Conviene recordarlo porque la simplificación mediática embrutece: Irán no es una caricatura monolítica, sino una sociedad culturalmente diversa. El grupo predominante está formado por los persas, sí, pero el país contiene importantes elementos turcos y árabes, además de kurdos, baluchis, bakhtyārī, luros y otras minorías como armenios, asirios, judíos, brahuis y más. Reducirlo todo a la lógica de buenos y malos es una forma bastante elemental de participar en la propaganda sin admitirlo.

El país que todavía produce excelencia

Pero nuestro país también tiene cosas amables. Entre ellas, los muchos chicos que, pese a que el sistema educativo se hunde en malas políticas y decisiones, acuden a certámenes internacionales y ponen en alto a nuestra sociedad. Medallas de oro, plata y bronce en Física, Química, Matemáticas, Robótica e incluso proyectos que los acercan, simbólicamente, a la luna. Esa reserva de inteligencia y disciplina no nace del discurso oficial; nace de familias, maestros, escuelas y vocaciones que siguen trabajando casi siempre a contrapelo del sistema. Ahí, quizá, sigue viva una de las pocas esperanzas serias de este país.

Y donde no hay reglas claras, ya se sabe, florecen la arbitrariedad, el favoritismo y esa vieja costumbre mexicana de convertir la excepción en método.

¡Fuore!

 

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