Revista Latitud 21

La madurez de Cancún

Puede ser en efecto que la edad no le represente. Que pareciera que hay vicios propios de un lugar con mayores años de creado. Que sin embargo, de igual manera habrá que reconocerle que en menos de cinco décadas ha madurado tanto como otras ciudades que tienen siglos.

Cancún, esta nuestra ciudad que alberga el destino turístico más importante de México y que ha debido crecer con mayor rapidez que otra alguna.

Y que ese crecimiento significa aún oportunidad para miles.

Habría que pensarlo así: la mayor parte de la población en México y en el mundo vive en ciudades que nacieron cientos de años atrás. En el país, los grandes centros urbanos nacieron producto de actividades económicas diversas —la minería, el petróleo, el agua misma— o crecieron por su expansión comercial. Cancún, a sus 48 años, es la ciudad que, en el mundo, ha crecido más que otra por aquello que la creó: el turismo.

El 20 de abril pasado se celebró el cuadragésimo octavo aniversario de la creación de esta ciudad. De una ciudad que tanto y tan rápido ha sido. Que, como pocas en el mundo, debe enfrentar en su infancia los problemas de la madurez. Que en menos de cinco décadas ha debido gestarse, construirse, ordenarse, destruirse, reedificarse, desordenarse; que ha crecido exponencialmente; que ha sufrido y vivido este traumático proceso, generado porque cientos de miles de personas desafiaron su proyecto original de gestación, soberbio y limitado, que planteaba la existencia de ser el poblado de apoyo de un destino turístico.

En un país en el que la oportunidad se muestra escondida en muchas de sus regiones, una economía que generó empleos, salarios y desarrollo, significó lo mismo que un panal sirve para las abejas.

Me refiero al aniversario de Cancún en tanto es la ciudad emblema del turismo en el país. Fue esta industria, lo es, la única que ha construido ciudades en los últimos 50, 60 años. Lo mismo en el Caribe que en el continente asiático o en Medio Oriente, es el turismo lo que ha llevado a millones de personas a crear ciudades. Es este sector el alimento para este fenómeno. Como muchas otras en el mundo entero, la desigualdad social es una de sus grandes asignaturas pendientes; como en otras tantas, la mediocridad de muchos de sus gobernantes la ubicaron lejana a lo que debe ser un espacio vivible. Sin embargo, en ese juicio debe caber el análisis de su circunstancia. Ninguna ciudad en las últimas décadas ha tenido un crecimiento migratorio como el que ha tenido esta. De 30 habitantes a casi un millón en poco más de cuatro décadas. Una tasa de crecimiento poblacional que no fue igualada jamás con un presupuesto público suficiente para enfrentarle.

Una ciudad que en este tiempo convulso enfrenta el desafío mayúsculo que es la inseguridad. No solo aquella que llaman de alto impacto –la sucesión de ejecuciones que parece interminable producto del crecimiento del narcotráfico- sino la que deben vivir a diario los habitantes en forma de robos a sus casas, asaltos en las calles, en sus vehículos. Tranquilidad perdida que debe sin duda recuperarse.

Es verdad que para que una ciudad se civilice debe tener un proyecto común. Una identidad que haga plantearse qué quieren sus ciudadanos con ella. El desarraigo es, sigue siendo, un lastre en ciudades como Cancún. En la medida en que te sientas ajeno harás poco por prodigar tu tierra. Ante tantos orígenes distintos, queda encontrar circunstancias comunes para marcar referentes. Esperanza que existe en una comunidad que necesita de la cohesión para sobrevivir. Que requiere, más allá del éxito económico como destino turístico, de civilizarse para poder evitar su declive.

Ciudadanía que significa respeto, solidaridad, participación.

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