Norma Isabel Bernat Chan ha dedicado más de tres décadas a confeccionar vestidos infantiles con la técnica tradicional “smock”; son piezas únicas que combinan tradición, paciencia y diseño artesanal
Para Norma Isabel Bernat Chan, la costura no es solamente un oficio. Es una tradición familiar, una pasión que nació desde la infancia y que con el tiempo se transformó en un pequeño emprendimiento artesanal dedicado a confeccionar delicadas prendas para bebés y niñas.
Originaria de Emiliano Zapata, Tabasco, Norma creció rodeada de telas, hilos y máquinas de coser. Su madre era modista de alta costura para adultos, por lo que desde muy pequeña el mundo de la confección formó parte de su entorno cotidiano.
“Yo crecí entre hilos y máquina”, recuerda. Sin embargo, el origen de lo que hoy realiza comenzó años después, cuando se convirtió en madre. Durante su primer embarazo empezó a elaborar pequeñas piezas bordadas para su hijo, principalmente trabajos en punto de cruz y deshilado. Pero fue con el nacimiento de su hija, a principios de los años noventa, cuando descubrió el estilo que terminaría definiendo su trabajo.
Todo comenzó con un regalo. Su madrina de bautizo le llevó un vestido bordado para la bebé. Aquella prenda despertó inmediatamente su curiosidad.
“Me encantó el vestido y dije: yo quiero aprender a hacerlos”. Fue esa misma madrina quien le enseñó las primeras bases del bordado “smock”, una técnica artesanal que consiste en trabajar la tela fruncida con bordado a mano, creando patrones decorativos que aportan textura y un acabado delicado.
Aprender antes de internet
A principios de los años noventa, aprender nuevas técnicas de costura no era tan sencillo como hoy. No existían tutoriales en línea ni plataformas digitales para aprender bordado.
Norma encontró su inspiración en revistas especializadas.
Entre ellas recuerda especialmente una publicación española llamada Muestras y Motivos, donde descubrió distintos patrones, combinaciones de colores y estilos de bordado que la ayudaron a perfeccionar su técnica.
El bordado “smock” tiene una larga historia en la moda infantil. Durante siglos fue común en vestidos para niños en países europeos como España o Inglaterra, especialmente en épocas en las que las prendas infantiles eran elaboradas de manera completamente artesanal.
Aunque hoy se practica en diversas partes del mundo —incluso en lugares como Australia— sigue siendo una técnica considerada delicada y detallada.
Norma comenzó elaborando vestidos únicamente para su hija. Con el paso del tiempo llegaron los encargos de familiares, sobrinas y conocidas que admiraban el trabajo.
Así, casi sin planearlo, su pasión se transformó en un emprendimiento.
Piezas únicas, no producción en serie
Actualmente Norma se especializa en confeccionar prendas para niñas pequeñas, principalmente desde los seis meses hasta los seis años de edad.
Entre las piezas que elabora destacan vestidos de fiesta, ropones de bautizo, blusas, mamelucos, bombachos y las llamadas jesucitas, pequeños vestidos frescos muy utilizados para bebés.
Todas las prendas comparten el mismo elemento distintivo: el bordado “smock”.
“Ese es el toque especial que lleva cada prenda”, explica.
Pero lo que realmente distingue su trabajo es que no produce en serie.
“No maquilo vestidos ni hago muchas tallas de un mismo modelo. Normalmente cada uno es diferente”, comenta.
Para ella, cada pieza debe tener un carácter único. Las combinaciones de telas, colores e hilos cambian constantemente dependiendo del diseño o de la inspiración del momento.
Proceso completamente artesanal
Cada vestido requiere un proceso que combina técnica, paciencia y tiempo.
Todo comienza con la selección de la tela, que debe ser 100% algodón, una fibra natural que permite trabajar adecuadamente el bordado y al mismo tiempo resulta fresca y cómoda para los bebés.
Las telas las consigue principalmente en Mérida, en tiendas especializadas de Puebla o en el centro de la Ciudad de México.
Una vez seleccionada la tela comienza el proceso de plisado, que consiste en fruncir la tela con una máquina especial para preparar la base del bordado.
Después viene la parte más delicada: el bordado “smock”, que se realiza completamente a mano.
Cada puntada forma el diseño decorativo que da identidad al vestido.
Posteriormente se realiza el armado final de la prenda: mangas, cuello, tirantes o detalles adicionales según el diseño solicitado.
En promedio, elaborar una sola pieza puede tomar entre cuatro días y una semana de trabajo.
Norma realiza personalmente todo el bordado a mano, mientras que una colaboradora la apoya en la parte de costura para el armado final.
“Conchita me ayuda mucho con la máquina de coser, pero todo el bordado lo hago yo”, explica.
Emprendimiento que cruza fronteras
Con el paso de los años, el trabajo de Norma ha encontrado clientas en distintas partes del país.
Actualmente envía prendas a varios estados de la República, especialmente hacia el norte de México, a ciudades como Monterrey o Sonora, además de la Ciudad de México, Mérida y su natal Tabasco.
Algunas piezas incluso han salido del país cuando clientas extranjeras adquieren los vestidos y los llevan consigo.
Sus prendas tienen precios que van aproximadamente de 500 a 1,400 pesos, dependiendo del diseño y del tipo de conjunto, como los ropones de bautizo que incluyen varias piezas.
Hoy sus diseños pueden encontrarse a través de sus redes sociales bajo el nombre Creaciones Norma, donde recibe pedidos y cotizaciones, y también tiene un punto de venta, en la Calle Luciérnaga, en la SM 503, una boutique que da espacios a productos de emprendedores como ella.
Más que un negocio, una pasión y una terapia personal
Aunque su trabajo podría crecer hacia una producción mayor, Norma prefiere mantener el carácter artesanal de su emprendimiento.
“No quiero que se vuelva algo muy comercial. Me gusta que cada vestido sea único”, afirma.
Desde casa, combina su vida familiar con esta actividad que realiza principalmente por gusto y por la pasión que siente por el bordado.
De hecho, todavía conserva algunos de los primeros vestidos que hizo para su hija hace más de 30 años. Las piezas se mantienen intactas gracias a la calidad de los materiales y del trabajo artesanal.
Son prendas que, como ella misma dice, pueden pasar de generación en generación.
Y en cada puntada, Norma Bernat sigue bordando algo más que vestidos: una tradición que ha sabido convertir en un pequeño emprendimiento lleno de historia, paciencia y dedicación.
Cada vestido es diferente; no me gusta hacerlos en serie, porque cada pieza tiene su propio detalle; son diseños casi exclusivos”.
Este trabajo lleva paciencia: primero se frunce la tela y luego todo el bordado se hace completamente a mano. Ver que una clienta recibe el vestido y le encanta, para mí es la mayor satisfacción”.
