Hay causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que valga la pena matar”.
Albert Camus.
También el incomparable Isaac Asimov dijo una vez que “nos acostumbramos a la violencia, y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa”. Tal vez ya lo habíamos platicado anteriormente, pero vale la pena repasarlo: ¿Qué es lo que tanto nos atrae de la nota roja? Dicen los psicoterapeutas que cuanto más gráfica la imagen visual, auditiva o la descripción escrita, mejor; más gratificante a la parte de nuestro cerebro que se encarga de comprender y asimilar y estar en cierta paz porque lo que lee, mira o escucha sobre el accidente, el asesinado, el descuartizado, no soy yo, ni nadie de los míos. Es querernos asegurar de que en la gran lotería de la fatalidad, por ahora, no nos tocó el premio gordo. Desde luego, como en el Melate, más veces participas, más posibilidades tienes de ganar. Cuanto más violento es el país, ciudad, barrio en el que vives, más expuesto a toparte con un generador de violencia o con una circunstancia urbana desafortunada derivada de la impericia, irresponsabilidad y falta de Estado de derecho o de plano Estado fallido. Recuerdo de niño tener acceso fácil a revistas de grueso calibre especialistas en asesinados, colgados, atropellados, destripados. Se llamaba Alarma! y en letras más pequeñas, “Sólo la verdad”. Las encontrabas en todos lados: en el taller mecánico, en la peluquería, en el mercado, de contrabando en la escuela. Era todo un desfile macabro devorado con avidez por público de todos los estratos, aunque algunos por pudor, lo negaban categóricamente. El homicidio, el choque, la venganza pasional… Sin embargo, todo parecía tan lejano, tan fuera de contexto, tan de otras personas en otras realidades, que cada quien seguía su vida en un país mucho más seguro para vivir. Sin hacer juicios de valor por ahora, pero esa era una realidad. Cuando ir, de cuatro, cinco años, a la tiendita de la esquina a comprar un manojo de perejil y unos cigarros para tu papá o un mazapán para tu mamá y te quedabas con el cambio, era parte de la cotidianidad y tus padres no eran tachados de locos e inconscientes por dejar a un niño pequeño a su suerte. Sin romantizar, sabías que la misma sociedad te cuidaba y el hombre del costal era un pésimo ejemplo mitológico que usaban para aterrorizarte y mandarte a la cama, pero rarísima vez pasaba de ahí.
Ayer, un niño perdido, causaba conmoción nacional; hoy, es la estadística de las 40 personas diarias que no regresan a casa en México y que tal vez nunca lo hagan. Todos son números en el parte de guerra de un país que supuestamente está en paz. Aproximadamente 80 personas asesinadas al día. Diez mujeres, por el hecho de ser mujeres, cosa que abordamos durante la Bitácora pasada. Y el control de crisis por parte de quienes tendrían que cuidarnos es minimizar, negar, practicar el gaslighting, maquillar cifras, echarles la culpa a administraciones pasadas (a partir de la antepasada, desde luego), y apostar por el olvido y la normalización. Aprender a vivir con el horror esperando el cambio generacional que lo acepte como parte de su realidad cotidiana inmutable porque así conviene.
El gran Rod Serling, el mismo que producía, escribía y presentaba Dimensión Desconocida, tenía un programa setentero llamado Galería Nocturna que le provocaba pesadillas a escuincles morbosos como yo que se quedaban de contrabando hasta tarde viendo cómo cada pintura de la galería contaba una historia con final grotesco, inesperado, delirante. A veces, al ponerme la cachucha de conductor de noticiarios, me siento un poquito Serling, ¿saben?
La semana pasada, una mujer asesina a su nuera de siete (tal vez más) tiros en un departamento de Polanco porque ya estaba harta de la esposa de su hijo. En el video, de una cámara colocada en la sala de la casa, luego de oír las detonaciones, el marido le pregunta a la asesina ¿Qué hiciste, mamá?, con el tono de molestia de aquel al que le tiraron su colección de cómics o sus pantuflas rotas a la basura. La homicida, con toda naturalidad, en el mismo brote psicótico que el hijo, le responde: “Ya me tenía harta” y sigue deambulando por el departamento zanjando el tema. Asunto en progreso.
Días después, la Fiscalía de Ciudad de México, luego de horas de haber ignorado una denuncia por desaparición, encuentra en el sótano de un edificio de avenida Revolución, a la persona no encontrada, asesinada, apuñalada, metida en una bolsa de basura. Los agentes le habían pedido a la madre de la víctima dinero para agilizar los trámites y antes le habían aplicado la mentira de “tiene que esperar 72 horas”. Edith Guadalupe probablemente habría salvado la vida en un universo paralelo en donde las autoridades hacen lo que tienen que hacer en el momento. Caso también en progreso.
El lunes pasado, un psicópata mexicano admirador de Hitler y de Eric Harris y Dylan Klebold, perpetradores de la matanza de la prepa Columbine, en Colorado, justo en un aniversario tanto del cumpleaños del genocida austriaco y de la masacre en la escuela, se sube a la pirámide de la luna en Teotihuacán y comienza a disparar mientras escupe desquiciados retazos ideológicos sobre sacrificios humanos y xenofobias con acento castizo aprendido quién sabe dónde. Asesinó a una turista canadiense y provocó heridas a trece más antes de quitarse la vida (igual que Harris y Klebold, sus héroes).
Y a todo esto, ¿cómo estuvo tu día?
Especialmente, este último cuadro de patetismo globalizado, el de las pirámides, funcionó como carnada para pirañas que nadan abundantemente en ese pantano de catarsis mal manejadas llamadas redes sociales. No dudo que en la confusión y el echadero de culpas, no falte quien se esté beneficiando mientras festeja y se regodea. Realmente tampoco abona en nada que una jefa de Estado se presente en un foro internacional para hablar de paz y decir que ellos son los buenos y los otros son los violentos. A partir de ese momento, estás siendo incongruente, beligerante y cultivando el encono. No caigamos, nadie, de ninguna facción, en esas tretas. Malas noticias. Ya caímos. Alguien tiene vía libre y nos usa como tontos útiles mientras acumula lienzos para su exposición. La búsqueda de la paz y el rechazo y no normalización de la violencia, son síntomas de un ecosistema sano que busca trascender y no permanecer como rehén de intereses y agendas particulares.
Iñaki Manero.
Escena poscrédito: ¿Sí saben que el año entrante se renueva la Cámara de Diputados, cierto?
