En los avatares de mi trabajo administrando propiedades, he tenido la oportunidad —o quizá la desventura— de conocer las residencias y costumbres de muchos personajes. Les llamo así porque sus historias parecen extraídas de una telenovela de televisa: excesos, traiciones, secretos, fortunas repentinas, amistades convenientes y silencios incómodos. La famosa frase de que “la realidad supera a la ficción”; en ocasiones, se queda corta.
He visto vidas construidas alrededor de mentiras cuidadosamente diseñadas: aparentes empresarios exitosos, benefactores espontáneos, vecinos discretos o indiscretos que de la noche a la mañana multiplican propiedades y vehículos de lujo. Algunos provocan envidia de ese verde bien oscuro; otros, sospechas silenciosas. Pero todos comparten algo: son reflejo de una normalidad que poco a poco hemos aceptado sin que podamos hacer algo al respecto.
Hoy hablar de “narcos” se ha vuelto parte del lenguaje cotidiano. Narcofosas, narcogobierno, narcopolítica, narcocultura, narcocorridos, narcodinero. El prefijo “narco” se ha instalado despreocupadamente en nuestras conversaciones; tanto, que ya perdió su capacidad de escándalo. Lo pronunciamos como cuando hablamos del clima o del tráfico; ‘small talk’ dirían los gringos. Pero estamos en México y entonces ¿qué es exactamente lo que abreviamos cuando decimos “narco”? Detrás de este cantarín prefijo hay una realidad muy oscura; tanto, que casi se ha quedado sin luz: el narcotráfico con su violencia, su corrupción, sus desapariciones, su miedo, sus economías paralelas y sus visibles estructuras de poder, que ya están infiltradas en nuestras comunidades, nuestros círculos de amigos y hasta en nuestros jacuzzis.
Los personajes que llevan implícitamente ese prefijo conviven entre nosotros. Algunos lo hacen con mucha ostentación, hasta con cierto orgullo; otros, bajo un velo de respetabilidad cuidadosamente construido, porque así pueden convencer e infiltrarse en negocios legítimos. Están en las mesas de al lado, nuestros vecinos, en el festival del colegio y ocupando espacios de decisión económica o política.
¿No han notado que, últimamente, esa población parece haberse incrementado? Quizá sea solo mi percepción, o mi mala suerte, quizá estadística, quizá consecuencia de nuestro gobierno. Factores como desigualdad, falta de oportunidades, impunidad o simplemente el atractivo de una riqueza rápida en una sociedad que premia por sobre todas las cosas: la posición económica.
Sin embargo, existe algo que ya no podemos seguir ignorando. Una sociedad comienza a perderse cuando aquellos que deberían impartir justicia, regular, gobernar y dar ejemplo, son precisamente quienes facilitan, toleran, operan o incluso encabezan redes de corrupción, tráfico de influencias, venta de narcóticos u otros giros igualmente destructivos.
El problema deja entonces de ser el criminal y se convierte en un problema institucional. Porque cuando la línea entre autoridad y complicidad se vuelve difusa, empezamos a normalizar aquello que antes condenábamos. Perdimos la confianza. Viva el cinismo. Y terminamos aceptando lo inaceptable por miedo o será por simple comodidad.
La palabra “narco” ya no nos sorprende. Nos hemos acostumbrado a escucharla, a convivir con ella e incluso a consumirla como entretenimiento. Series han convertido una tragedia nacional en una situación aspiracional.
Pero detrás del glamour televisivo y de las camionetas blindadas hay comunidades enteras viviendo con miedo, familias rotas y una erosión lenta pero constante del tejido social.
Si de narcos hablamos, quizá la conversación ya no debería limitarse a quienes trafican drogas. Tal vez tendríamos que hablar también de quienes los permiten y los conviven, de quienes se benefician del sistema, de quienes guardan silencio y de quienes, poco a poco, han contribuido a que la anormalidad parezca costumbre.
Porque el día en que normalizamos el problema, dejamos también de buscar la solución.
