“Una pena de amor, una tristeza,
lleva el sambo Manuel en su amargura.
Pasa incansable la noche moliendo café”.
Hugo Blanco
Cuentan, aunque nadie más estuvo presente, que hace ya mucho tiempo, probablemente en el siglo noveno de la Era Común, que Kaldi, un pastor etíope, que, como muchos de nosotros más de mil años antes y más de mil años después corremos el riesgo de quedarnos dormidos cuando la jornada laboral excede las posibilidades del organismo, ya no podía más y sus ojos veían la caída de las cortinas cada vez más cercana mientras cuidaba su hato de cabritas; única posesión y el sustento de la familia en una zona del planeta en donde los pobres han sido pobres desde siempre como si fuera un mandato de usos y costumbres. Antes de ceder a los embates del sueño, llamó su atención el comportamiento de los animales. En lugar de estar quietecitas esperando la madrugada, saltaban y brincaban como si estuvieran en época de apogeo hormonal. Y sí, la observación es la madre de todas las ocurrencias, para bien o para mal. Las cabras se acercaban y ramoneaban de unas matas de las que pendían frutas rojas y pequeñas. No es que Kaldi no las hubiera visto anteriormente, pero sabía desde niño, por transmisión oral, que los frutos eran amargos e incluso hasta podrían ser venenosos. Y es que, en la pobreza, no estamos para especular. Como dijera cierto ex secretario de Salud, sirve para lo que sirve y no sirve para lo que no sirve. O se come, o mejor dejarlo ser. Pero a nuestro héroe, algo más presente en la corteza prefrontal del cerebro le sugirió que debía estar atento, que la cosa se pondría mejor. Refrenando la fuerza de la cultura, hizo lo que pocos hacen: observar. Los chivitos mordisqueaban los frutos rojos y, nada, a saltar y divertirse. Kaldi, aguantando la amargura, mordió una, masticó, tragó. Esperó un momento. No murió ni se acalambró. Al contrario, un calorcito muy sabroso invadió su cuerpo. La mente se despejó, la somnolencia desapareció. El mundo era un mejor lugar. ¿Sabrían mejor si las echo en mi cazuela de agua y las hiervo como hacen en casa con las ramitas para quitar el dolor de panza? Pues sí. Por lo menos el efecto llega más rápido a donde debe llegar. Poco a poco, con la contribución de los monjes coptos del monasterio cercano, el descubrimiento se fue refinando tostando la semilla de la dichosa fruta, porque, descubrieron, que ahí estaba lo bueno. Los seres humanos tenemos la bonita costumbre de encontrar el lado divertido y a veces, tortuoso a las cosas. A los religiosos les convino no dormirse durante las veladas de oración y evitar el castigo divino. De Kaldi y sus cabritas saltarinas, ya no supimos nada, pero quiero pensar que vivió una larga y feliz vida en su universo no verificado históricamente. Tal vez una historia inventada por algún beduino bocón; sin embargo, la base del aprendizaje humano está plagada de fantasías que explican una realidad tangible, como, (ejem, ejem) serpientes que hablan o gente que camina sobre el agua. Yo prefiero creer en cabritas drogadas por efecto de la cafeína.
De esa pequeña región de la actual Etiopía, los árabes, como siempre, encontraron el negocio y se llevaron la tecnología a Yemen. El islam prohíbe el alcohol, pero Mahoma nunca dijo nada sobre la semillita feliz que tanto comenzó a llamar la atención a los cristianos. No en balde, las primeras cafeterías como tales, surgieron probablemente en Constantinopla (ya entonces islamizada y rebautizada como Estambul). Y sí, la religión tuvo mucho que ver con que te tomes el mañanero o el de mediodía para no quedarte dormido en la eterna junta de los lunes. Una taza bien colocada entre pecho y espalda, te acerca a la epifanía. ¿Por qué crees que el café capuchino se llama así? Gugléalo, porfa.
El café puede que sea veneno, pero debe actuar de forma muy lenta porque hace 85 años que lo tomo y me siento muy bien.
Voltaire.
Precisamente es ahí a donde queremos ir. Ya conocemos la causa, y ahora, el efecto. Independientemente de que sea en ciertos individuos cardioprotector entre otras chuladas. Tú que eres cafetero como más o menos el doce por ciento de la población de esta canica azul, supongo sabrás que más de mil millones de personas van por la vida con su dosis cotidiana; entre dos mil quinientas y dos mil seiscientas millones de tazas. Únicamente el agua la supera como la bebida más taquillera. Pero lo nuestro, lo nuestro, es la cafeína. Para no aburrirlos con estadísticas económicas, baste decir que el noventa por ciento del café del mundo se cultiva en países en vías de desarrollo y que, por los abusos y la voracidad de grandes empresarios (cada quien saque su favorito) muchos de estos países seguirán así per secula seculorum. Veinticinco millones de familias de estos países golpeados por la pobreza, dependen del cultivo de una industria que poco ha sido desplazada por la mecanización. Seleccionar las bayas y los granos sigue siendo un trabajo casi artesanal. Eso permite que el regaderazo matutino, la descarga en el WC y la primera taza, sean las mayores fuentes de inspiración.
Y es que… la cafeína es la droga reina, la consentida, la no penalizada. Es el psicoestimulante más consumido a nivel mundial. Si no lo haces con la taza, lo haces con el famoso refresco de cola o, si eres migrañoso, pegado al paracetamol o la aspirina; también el té, bebidas energéticas y en menor medida, el chocolatito. A vuelo de pájaro cafeinómano, es un rápido estimulante del sistema nervioso, que como con las cabras de nuestro amigo, reduce la sensación de fatiga, te pone en alerta, te crea la ilusión de que todo lo puedes y eres el rey de la manada de leones del Serengueti. Pero… sigue siendo una droga. Pongamos que, en el mundo occidental, el punto de partida para la locura cafetera fue por ahí del siglo XVI y que más o menos una séptima parte de la población de esta pelota cósmica es afecta (los que tomamos sin cafeína, les tengo la mala noticia de que el lavado de los granos no es cien por ciento completo, algo queda, suficiente para provocar cierto duende). Entonces, adictas y adictos que leen este ejercicio (sí, provoca adicción y si la cortas, como cualquier droga, síndrome de abstinencia. Leve, pero lo provoca), ¿hemos estado tomando decisiones, chicas, medianas, grandes y mayúsculas desde hace quinientos años estando bajo los efectos de un psicoactivo estimulante del sistema nervioso que provoca un estado alterado de consciencia? – Espacio destinado a emoji gritando-.
¿Es el mundo que tenemos, pasado, presente y futuro, resultado de una liberación externa de dopamina? ¿Invertir o no invertir? ¿Ejecutar o perdonar? ¿Comprarse aquello que hoy se ve padrísimo y gastar una lana en algo que mañana quién sabe? Lo cierto es que la cafeína te ayuda en la inmediatez pero te provoca “efecto túnel”; no te permite, por un lapso, ver el bosque completo. Primero el centro comercial y después, vas a la cafetería.
Por cierto, recuerda, 2027, año de elecciones en México.
Iñaki Manero
Escena poscrédito: En algún universo paralelo, las cabritas de Kaldi siguen brincando felizmente drogadas. Serán barbacoa en un rato. Ignorance is bliss.

