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Revista Latitud 21
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Iñaki Manero

  • Bitácora de viaje
  • Por Iñaki Manero
  • Comunicador
  • Twitter @inakimanero Facebook @inakimanerooficial IG:  Inaki_manero  

Bitácora de viaje LXXI

por NellyG 2 septiembre, 2026

     “EL DINERO HUELE BIEN, VENGA DE DONDE VENGA”.

                                                                                JUVENAL

 

Hola, soy Juvenal; Decimus Junius Juvenalis, para los más quisquillosos. Fui el último de los poetas satíricos de la Edad de Plata. Tal vez me conozcas por  expresiones como “Pan y Circo” o “¿Quién vigila a los vigilantes?” o quizás “mens sana in corpore sano”.  Creo que es menester salir de mi retiro para justificar la frase con la que el articulista inicia su tan gustada columna (elogio de mi parte como gentileza para este pobre hombre). El original en latín fue inspirado (aunque lo nieguen mis envidiosos detractores con aburridas disertaciones) en la costumbre de imponer cargas fiscales hasta por respirar que, por lo que veo, dos mil años después, la sociedad actual tiene la manía de preservar. Mucha recaudación, y pocos resultados. Me basé en el emperador Vespasiano, cuando decidió tasar los baños públicos (éramos razonablemente limpios, aunque la esponja de mar con la que nos aseábamos salva sea la parte, era compartida con el compañero de junto que también se esforzaba por deshacerse de la carga extra), su hijo Tito (sí, aquel que arrasó con Jerusalén y puso orden a los rebeldes judíos) le increpó haciéndole ver lo raro e injusto del impuesto. Vespasiano tomó un denario y se lo dio a oler a su ansioso vástago. ¿Huele feo?, preguntó. A nada, respondió el impulsivo muchacho. Entonces, continuó el padre, pecunia non olet. El dinero no huele (traduzco para los hablantes de una de las lenguas producto del latín vulgar). Yo lo arreglé un poquitín. Ya saben que la crítica social y política se me daba muy bien. Es naturaleza humana, tengo entendido y con base en mi experiencia, no hacer gestos a la fortuna cuando llega, aunque tenga orígenes, digamos, poco claros o cuestionables. Dicho lo anterior, regreso el control del papiro al escribiente habitual mientras me vuelvo a mi retiro en el Hades para seguirme burlando. Vuestro turno…

Gracias. En fin. Con el espacio que me queda, recuérdenme nunca utilizar una frase de Fidel Castro; no terminaríamos jamás.

Sin discusión, y desde que se inventó la acumulación de la riqueza y el poder que conlleva, es una cuestión de escrúpulos si la moneda huele mal o no. Desde la antigua Roma y más atrás, la rapacidad ha estado presente, aunque generalizar tampoco sería lo correcto. Cuando el diario vivir de millones de personas se dividió entre la izquierda y la derecha, a veces radical, a veces con matices y alianzas, las cosas se polarizaron aún más. Ambos lados del espectro socioeconómico han probado esa rapacidad y ambos, a pesar de las trampas retóricas e ideológicas, se han dedicado al acaparamiento de bienes. Ya sea de un Estado controlador de los medios de producción (y de comunicación) y por ende de sus ganancias o la libre empresa tomando decisiones hasta en política y libre representatividad, ambos han probado que la ambición estará siempre muy por encima del cuidado del único planeta que tenemos disponible. Como ejemplo, Mr. Trump, que teniendo a su disposición a las mentes científicas más brillantes del mundo con un chasquido digital, sigue manteniendo la postura escéptica sobre el tema comprobado una y otra vez del cambio climático. No es dato trivial que, si el resto del mundo consumiera al ritmo que consume la población de los Estados Unidos, necesitaríamos unos cinco planetas como la Tierra para cumplir con la demanda global. Y la línea se está acercando rápidamente al rojo.

¿Se reduce todo (y perdón por ser un vil reduccionista) a educación, principios y valores?

Me queda claro que detrás de un político corrupto que facilita a empresarios corruptos, y en donde su sistema olfativo para apreciar el mal olor de los billetes y cuentas bancarias sucias, ha sido atrofiado por el exceso de endorfinas, existe un trasfondo familiar en donde la negligencia, la ignorancia y el desdén por el bienestar de la sociedad son el ejemplo cotidiano mientras su pequeña o grande burbuja no tenga grietas; y eso ha sucedido una y otra vez en regímenes tanto de derecha como de izquierda.  Finalmente, los partidos políticos que abrazan este tipo de ideologías son tan promiscuos, que, a cada giro del péndulo social, sus sábanas huelen a distintos perfumes; algunos, nauseabundos.

Y en medio…  estamos tú, Juvenal y yo.

Confiar en todos es insensato, pero no confiar en nadie es neurótica torpeza. Esta otra frase de nuestro “invitado” del mes, la he colado yo. El año entrante vienen elecciones muy importantes para el país y todavía no entendemos para qué sirve tener una cámara de diputados. Seguimos, porque así le ha convenido a nuestros próceres, viviendo en la inopia intelectual y creyendo que el puesto más importante de un país sano democráticamente, es el Ejecutivo federal. ¿A que no sabías que “primer mandatario” (o mandataria) significa el primero en cumplir con las órdenes del “primer mandante”? En ese tamaño de obscuridad hemos vivido durante siglos. ¿Y quién rayos es ese primer mandante? Pues tú, Juvenal y yo. Por eso el gran equilibrio para no tener Vespasianos que se vuelvan locos y empiecen a querer inventar impuestos hasta por las esponjas de los baños públicos, ha sido dividir el poder entre quien legisla, quien verifica que esa legislación no tenga interpretaciones y sea justa y quien ejecute el mandato de la ley y no se torne en un ejecutor de sus propios caprichos. Independientes unos de otros.

You say you want a Revolution? Well, you know, we all want to change the world…

No. No necesitas armas. Tan solo información. ¿Por qué crees que les ha convenido mantenernos así?  Guiño guiño.

Iñaki Manero.

Escena poscrédito: En un lugar de Palenque, Chiapas, cuyo nombre no quiero escribir, hay un curandero que alivia fuertes gripas presidenciales con tos y fiebre en menos de un fin de semana. Prodigioso.

   Bitácora de Viaje LXX

por NellyG 3 agosto, 2026

 

 

Una leyenda urbana de la Guerra Fría cobró vida a principios de los sesenta con aquella crisis de los misiles que estuvo a punto de provocar que en lugar de escribir esta columna, se la enviara a mi editor por señales de humo si es que algo sobrevivía. Stanley Kubrick cooperó con el mito y estableció en su película Doctor Strangelove, esta famosa línea de comunicación entre el Premier de la Unión Soviética y el Presidente de los Estados Unidos. A todo mundo le pareció natural. Era muy lógico que durante la referida crisis nuclear, tanto Kennedy como Krushov se entendieran de una manera directo a través de, sí, un teléfono rojo directo.  Todo perfecto, pero, pequeño detalle: es un mito. La comunicación en aquel entonces era por medio de mensajes encriptados vía telégrafo que podían tardar hasta doce horas. Esa espera le pudo costar su existencia a la especie humana.  Hoy, luego del más eficiente télex vía cable y más adelante por satélite y otros medios directos e inmediatos se evitan retrasos y malinterpretaciones; no hay como entrar a las redes sociales y enterarnos de chismes entre países que antes formaban parte de la hermética política internacional y alimentaban la imaginación de escritores como Ian Flemming.  Dispárenme un Martini con vodka, porfa.

Las líneas directas, teléfonos rojos, hotlines o como les quieras llamar, son clásicas en la narrativa de las relaciones políticas, diplomáticas o empresariales. En México, en los medios de comunicación, siempre se habló de que los dueños de los medios masivos, electrónicos o impresos, tenían una línea directa con Los Pinos (para las nuevas generaciones, fue la residencia oficial del Presidente desde finales de los años treinta, hasta el capricho de 2018). Cuando un periodista editorializaba o daba una nota, la redactaba o se publicaba y ésta no era del agrado del poder,  solía esperarse la “línea” para recordarle al empresario de los medios, que el papel con el que se imprimía, llegaba únicamente de un negocio manejada por el gobierno; que el aire por donde viajan las ondas de radio y televisión, son propiedad de la nación y la emisora o el canal, a menos que perteneciera al Estado, eran concesionadas y ese permiso podía ser revocado.  “Ahí le encargo, querido amigo. Con el ánimo de seguir trabajando juntos, creo que nos entendemos, ¿no cree?” Me imagino a un secretario de Gobernación setentero disparando esa perorata al empresario porque uno de sus periodistas se puso rebelde, se sintió Woodward y Bernstein y quiso probar la libertad de expresión de la que gozaban los colaboradores de Washington Post o New York Times. Luego de tremendo regaño, el colega terminó sus días cubriendo fuentes más asépticas como sociales o espectáculos.  Sí, eran los años aquellos del “calladitos nos veíamos más bonitos” y tanto los titulares de los diarios impresos, como los electrónicos, por lo general llevaban una declaración o una actividad del señor presidente. Los años maravillosos de la dictadura de partido en donde nada salía mal.

Por eso, algunos trasnochados, cultivados en las mañas de esos días, siguen añorando las delicias de la impunidad sin freno y la complicidad matraquera de quienes se ganan la vida informando y que estén dispuestos a morder la jugosa manzana del árbol oficialista. Su labor es hacer circo y desviar balas; guaruras mediáticos, podríamos llamarles. No, no es la primera vez que nos quieren espantar con el petate del occiso. La posibilidad de una “ley mordaza”, desde que las audiencias se volvieron más y más exigentes y comprometidas con la elección de su propio destino, parece por momentos alejarse de la costa merced a un mar de fondo social que arrastra mar adentro el peligro del autoritarismo. Peeeerooooo…

Siempre está el antojo de quienes no tienen llenadera y fueron los segundones en la cadena alimenticia. Al llegar y plantar la bandera, se contagian del peligroso virus de la intransigencia y se olvidan que llegaron gracias a un proceso democrático en donde hablaron las mayorías. A partir de entonces, dejar hablar a éstas es lo que tratan de evitar a toda costa.

Ante los ojos y oídos del mundo hiperconectado, las extorsiones del pasado hacia la prensa y la expresión libre de las ideas tuvieron que hacerse más, mucho más sutiles. Es cierto que inteligentemente para evitar baños de sangre (aunque tuvieron resbalones que los exhibieron como el 68 y el 71), el sistema abría válvulas de escape cuidadosa e inteligentemente situadas que a su vez, mantenían al pueblo de buen humor y alejado de los temas coyunturales con los caricaturistas políticos, los programas radiofónicos y televisivos de Lechuga y Salinas o desde antes, las arengas y los sabrosos sketches cómicos de monologuistas como Jesús Martínez “Palillo” y las carpas.  Era esa  sagacidad de la dictadura de partido que nunca tuvieron otros gobiernos totalitarios menos imaginativos y que recurrían frecuentemente a la desaparición, la tortura, la masacre. No quiere decir que los nuestros nunca llegaron a esos extremos, pero para mantener la paz social que tanto presumieron durante casi setenta años, había que echar mano de otras herramientas.

Hay un relevo generacional, ni qué dudarlo. Esta transición deja la herencia de los viejos que vivieron el antiguo régimen heredando a los nuevos las añejas tretas y las modificándolas para adaptarse al formato de los presentes y futuros votantes que garantizarán la sobrevivencia del “Reich” por los siglos de los siglos.  Y un reto es callarnos la boca sin que parezca que nos callan la boca. Si no te pueden maicear y hacerte pasar al lado obscuro, siempre estará el desprestigio ante el foro nacional de un programa mañanero diseñado para vender espejitos, difamar, victimizarse, soltar a la jauría dogmatizada de la granja y hacerte pedazos.  Mientras lo disfrazamos como “derechos de las audiencias”.  Aunque, sin duda, todavía está el recurso romántico y en alguna jefatura de redacción sonará un hipotético teléfono rojo.

 

IÑAKI MANERO

 

Escena poscrédito: Dicen que esos dos andan buscando sentarse en otra banca de la colonia Tabacalera. El mal no muere, solo se transforma.

 

 

Bitácora de Viaje LXIX  

por NellyG 1 julio, 2026

Bitácora de Viaje LXIX

 

                             UN PATO, VIENE CANTANDO ALEGREMENTE, CUAC, CUAC…

-Joao Gilberto

 

Animalero he sido toda la vida. Tú dirás. Viviendo en un rancho y viendo en la tele documentales de Marlin Perkins, Félix Rodríguez de la Fuente, Ramón Bravo o Jaques Cousteau (esos cuates sí eran influencers de verdad), uno aprende a amar, conocer y respetar. De niño devoraba las enciclopedias que juntaba semana a semana de Salvat y otras editoriales; a aquellos libros sobre animales y océanos de Time-Life con increíbles fotos y datos que apuraron de forma cuántica mis ansias por aprender a juntar los sonidos de las letras para saber de qué se trataba tanta maravilla y comenzar la aventura de leer. La vida siempre ha sido mi gran misterio a resolver nunca (incongruencia intencional) y tal vez esa característica de que algo, desde un tardígrado, hasta una ballena azul, o si se quiere, de un champiñón hasta una secuoya (que por cierto, pertenecen a reinos separados), intercambien gases, se muevan, se alimenten, se reproduzcan; ese conjunto de actividades individuales, desde el nacimiento, hasta el tánatos, es lo que a tantos ha sugerido la posibilidad de que seamos diseño de alguna inteligencia inescrutable. Lo cierto es que, hasta ahora, lo que somos, es una chiripa, una casualidad, una coincidencia de factores que nos hace únicos.

Distancia correcta a nuestra estrella, tamaño, composición química de la atmósfera y tierra, agua, luz, rayos UV (gracias, Carl Sagan), actividad sísmica y volcánica, formación de continentes y mares. Somos producto de una serendipia. Unos grados más o menos, y yo no estaría escribiendo esto y tú no lo estarías leyendo. ¿Te das cuenta de lo increíblemente valiosa que es la vida? Despertar cada mañana, respirar (gracias, Pau Donés), ir al baño, sentir hambre, saciarla, sentir sed, saciarla, enfermarnos, curarnos, sonreír, fruncir el ceño, caminar, padecer ese estado de estupidez transitoria llamado enamoramiento por la acción de ciertas drogas en nuestro cerebro. Da miedo buscar más allá ante tanta perfección, pero hasta ahora, llegamos al mismo impasse, al punto muerto.

De ahí en adelante, especulamos y nos matamos por probar que mi amigo imaginario es mejor que el tuyo o, de plano, no hay, habido, ni habrá tal amigo imaginario y estamos totalmente solos pero con nosotros mismos. La vida, dicen algunos científicos, ha sido el gran error del universo. Por eso, es tan delicada y en ocasiones tan resistente.  Estaremos tal vez esperando la llamada de ET que nunca llegará.

En algún momento, alguien nos vendió la idea hace miles de años (idea por cierto fusilada de otros), que somos, los seres humanos, los reyes de la creación. Cierto, somos la evolución cerebral más alta, pero nos la compramos, de que eso nos da carta blanca para torcer, parasitar, depredar, asolar a nuestro antojo. Somos una especie más dentro del orden taxonómico; incluso tenemos una ficha biológica con reino, clase, orden, familia, género o especie, igual que la que podría tener un percebe. Estamos basados en el carbón igual que un plátano o una cucaracha. Y no, no se ha podido probar científicamente la existencia de un alma divina. Sigue siendo una forma de confortar nuestra evolucionada autopercepción de que algún día ya no estaremos más. Así que, no, no somos tan especiales, ni tan divinos, ni tan perfectos.

Eso sí, la corteza prefrontal apuntaría a una consciencia mayor y mejor de nuestro entorno y la responsabilidad de cuidarlo para asegurar la sobrevivencia. Por lo menos, el resto de los animales con los que compartimos el planeta, tienen un desarrollado instinto de autopreservación; incluso el pasto emite una llamada de emergencia cuando lo están cortando por medio de señales químicas para advertir a otros pastos del peligro (infodumping: es el, para nosotros, agradable olor al césped recién cortado).  Nosotros talamos, cortamos, hacemos fracking, depredamos, contaminamos, envenenamos en el nombre de la civilización; bonita forma de enmascarar la rapacidad tanto de derecha, como de izquierda.

Un ejemplo a botepronto (término futbolístico, ahora que está de moda): si continuamos permitiendo la extinción de las abejas (y otros muchos insectos, aves o mamíferos polinizadores), seguiremos siendo jalados cada vez más por la gravedad del abismo. Tan solo las abejas son responsables del 75 por ciento de los cultivos alimentarios en el mundo. Jitomate, tomate, chile, frijol, calabaza, cacao, aguacate, café, guayaba, ciruela, papaya, durazno, manzana, sandía, melón, fresa… La marchanta del mercado estaría muy solita en su puesto vendiendo prácticamente… nada. Un murcielaguito es responsable de que probablemente hoy salgas con amigos y te eches un par de tequilas entre pecho y espalda.

¿Ves que la vida en todas sus manifestaciones es hermosa y no solo por el sentido estético de una flor o el vuelo de un albatros? La vida, en su diseño, en su función, es hermosa porque nada, ni una mosca, ni una hiedra, salen sobrando del diseño original. ¿Diseño de quién o de qué y para qué? No pierdas el tiempo en preguntas ociosas. Tiempo es lo que no tenemos, lo que en realidad no existe. O ya me hizo efecto el verano o este mezcal que me trajeron de Oaxaca está buenísimo, pero quise compartirte, porque tú y yo y toda el arca de Noé, vamos juntos en una canica que gira a 1,670 kilómetros por hora y se desplaza a 107,280 kilómetros por hora en una sincronización perfecta.

Si estás de acuerdo conmigo…

Entonces, ¿por qué carajos amarrarle a un pato una playera de la selección nacional de fútbol como si fuera camisa de fuerza impidiendo que extienda sus alas? Quémenme en leña verde si quieren, pero eso es maltrato animal.

Iñaki Manero

 

Escena poscrédito: Fuerza, Venezuela.

 

Bitácora de viaje LXVIII

por NellyG 1 junio, 2026

 

 

                            ¡No queremos goles, queremos frijoles!

-Clamor popular, Estadio Azteca, México 86

 

Siendo sobreviviente a dos mundiales jugados en México (70 y 86), considero que mis reflexiones, a menos que aplique la máxima de García Márquez en donde la historia es como la recordamos y no como fue, tienen cierta calidad por lo visto, lo escuchado, lo reído y lo llorado. Al momento de escribir la presente, faltan 19 días para la “justa futbolera” (no saben los malabarismos sin red que hemos tenido que hacer en algunos medios electrónicos para evitar decir “mundial”, “copa del mundo”, “copa FIFA” y un largo etcétera de términos “copyrighteados”. Better safe than sorry, diría mi amigo Jerry de Oregon). Recuerdo la rechifla hace 40 años para Miguel de la Madrid cuando se presentó al partido inaugural en el Azteca (hoy estadio Banorte, pero, who cares?). Dato mata relato, dirían los clásicos y muy fiables urbanos. Un error que ningún jefe de Estado que quiera seguir manteniendo la falacia de su mil quinientos por ciento de popularidad repetiría. Cuando el discurso oficial se estrella ante el arrecife de la realidad, el naufragio es insalvable.  Para cuando leas esto, ya habrán iniciado las hostilidades (me encanta la cháchara de los narradores futboleros) en los tres países sede; nunca en la historia, desde 1930, se había intentado algo así; únicamente Corea-Japón en 2002, en distancias mucho más cortas y en condiciones política y diplomáticamente más aceptables. Aquí hablamos de los tres gigantes de América del norte, algunos más gigantes que otros con diferencias económicas, sociales e ideológicas evidentes. Hace 40 años, México alzó la mano ante la imposibilidad de Colombia de realizar el evento en su territorio; desde 1982, Belisario Betancourt argumentó que el país estaba pasando por una crisis económica y social que le imposibilitaba cumplir con el compromiso. Las FARC por un lado, los narcos por el otro o ambos uno y lo mismo. México, con la paz social ad ovum impuesta por el PRI y la buena relación con los grupos delincuenciales de entonces, permitían que el gobierno, con la llegada de más turistas y más posibles inversiones, pudiera paliar el desastre que había dejado la “docena trágica” entre Echeverría y el descendiente predilecto de Caparroso, José López Portillo y olé.

Ya con el mundial en la bolsa, aunque nunca seguro, el 19 y 20 de septiembre de 1985, las placas tectónicas del Pacífico decidieron hablar y desmentir la escenografía oficialista revelando un sistema corrupto, demagogo, manipulador. Una maquinaria al servicio del engaño y la tranza. ¡No manches! ¿Ya desde entonces? – preguntaría mi compadre el “Cantinas” Quintanar.  Sí claro. Lo de hoy es una bolsita con las mismas mañas, pero con empaque guinda más divertido y generacional.

El terremoto, con sus diez mil muertos oficiales (¿Cómo explicar que quienes estuvimos como voluntarios presentes en el viejo parque de béisbol convertido en improvisada morgue no nos la creemos?) le presentó a estos mezquinos un escenario perfecto para representar el papel que mejor les sale hasta la fecha: el de víctimas. Recibiendo – y robándose en varios casos – la ayuda internacional y apostando porque la efervescencia de un pueblo que no gana nada pero sigue soñando con el quinto partido haga su magia desde un año antes duro y dale con la dichosa mega cáscara internacional.

 

¡Mamá, aprendí una nueva palabra!

Se llama “sportswashing”.

Berlín, 1936. Ante todos los señalamientos que afeaban ante la opinión pública internacional la cara de la Alemania que salía adelante del Tratado de Versalles, organizar en el centro de operaciones, punto de partida del nuevo mundo y de la raza superior, unos Juegos Olímpicos, significaba callar bocas, provocar admiración y ganar adeptos a nivel global. Y si para algo son buenos los alemanes, equivocados o no y sin hacer juicios de valor, es en la chamba y en la innovación. La primera transmisión televisada, la invención de la antorcha olímpica y su recorrido desde Grecia hasta Berlín y el documental Olympia de la cineasta Leni Riefenstahl glorificando la superioridad aria entre andere wunder.  Por supuesto, nadie contaba con la astucia del atleta norteamericano afrodescendiente Jesse Owens llevándose cuatro de orégano y poniendo en aprieto la narrativa. Por cierto, a Owens lo trataron mejor los nazis que su propio país al regresar a casa, pero esa es otra historia de fascismos. Los germanos en el poder quisieron dar a entender que eran tecnológica, política, ética y moralmente superiores al resto del mundo. Una República amorosa con esteroides,  pues. Tres años después, los amigos de la humanidad invadieron Polonia.

Dicen en mi pueblo que cada quien hace lo que puede con lo que tiene, y en esta edición, se jugarán 13 partidos en casa y no 52 como en el 86.  Sin embargo, así que digas, uta, qué bruto, qué entusiasmo se ve en las calles, en los cafés, en las escuelas y en casa por el mundial… pos, no.  Nos ha ganado el precio del jitomate. Y la mayoría ha decidido que muchas gracias, que este año prefiero comer a comprar el álbum con las estampitas. Es triste, pero es real en comparación con la inocencia infantil con la que esperamos el 70 y medio siglo después. ¿Es mi depresión tipo decimonónico o ni siquiera las agencias de publicidad y propaganda se están esforzando por llevar aunque sea un poquito más de entusiasmo desde la zona límbica hasta la corteza prefrontal izquierda? Habrá que renovar el manual del sportswashing porque esta cortina de humo ya es un sarape muy sudado y los vecinos ya se están dando cuenta.

Iñaki Manero.

Escena poscréditos: Maestra…  creo que le falta un ajolote morado de este lado…  ¿Cómo ve?

Bitácora de Viaje LXVII

por NellyG 30 abril, 2026

 

 

Hay causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que valga la pena matar”.

Albert Camus.

 

También el incomparable Isaac Asimov dijo una vez que “nos acostumbramos a la violencia, y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa”. Tal vez ya lo habíamos platicado anteriormente, pero vale la pena repasarlo: ¿Qué es lo que tanto nos atrae de la nota roja? Dicen los psicoterapeutas que cuanto más gráfica la imagen visual, auditiva o la descripción escrita, mejor; más gratificante a la parte de nuestro cerebro que se encarga de comprender y asimilar y estar en cierta paz porque lo que lee, mira o escucha sobre el accidente, el asesinado, el descuartizado, no soy yo, ni nadie de los míos. Es querernos asegurar de que en la gran lotería de la fatalidad, por ahora, no nos tocó el premio gordo. Desde luego, como en el Melate, más veces participas, más posibilidades tienes de ganar. Cuanto más violento es el país, ciudad, barrio en el que vives, más expuesto a toparte con un generador de violencia o con una circunstancia urbana desafortunada derivada de la impericia, irresponsabilidad y falta de Estado de derecho o de plano Estado fallido. Recuerdo de niño tener acceso fácil a revistas de grueso calibre especialistas en asesinados, colgados, atropellados, destripados. Se llamaba Alarma! y en letras más pequeñas, “Sólo la verdad”. Las encontrabas en todos lados: en el taller mecánico, en la peluquería, en el mercado, de contrabando en la escuela. Era todo un desfile macabro devorado con avidez por público de todos los estratos, aunque algunos por pudor, lo negaban categóricamente. El homicidio, el choque, la venganza pasional…  Sin embargo, todo parecía tan lejano, tan fuera de contexto, tan de otras personas en otras realidades, que cada quien seguía su vida en un país mucho más seguro para vivir. Sin hacer juicios de valor por ahora, pero esa era una realidad. Cuando ir, de cuatro, cinco años, a la tiendita de la esquina a comprar un manojo de perejil y unos cigarros para tu papá o un mazapán para tu mamá y te quedabas con el cambio, era parte de la cotidianidad y tus padres no eran tachados de locos e inconscientes por dejar a un niño pequeño a su suerte. Sin romantizar, sabías que la misma sociedad te cuidaba y el hombre del costal era un pésimo ejemplo mitológico que usaban para aterrorizarte y mandarte a la cama, pero rarísima vez pasaba de ahí.

Ayer, un niño perdido, causaba conmoción nacional; hoy, es la estadística de las 40 personas diarias que no regresan a casa en México y que tal vez nunca lo hagan.  Todos son números en el parte de guerra de un país que supuestamente está en paz. Aproximadamente 80 personas asesinadas al día. Diez mujeres, por el hecho de ser mujeres, cosa que abordamos durante la Bitácora pasada. Y el control de crisis por parte de quienes tendrían que cuidarnos es minimizar, negar, practicar el gaslighting, maquillar cifras, echarles la culpa a administraciones pasadas (a partir de la antepasada, desde luego), y apostar por el olvido y la normalización. Aprender a vivir con el horror esperando el cambio generacional que lo acepte como parte de su realidad cotidiana inmutable porque así conviene.

El gran Rod Serling, el mismo que producía, escribía y presentaba Dimensión Desconocida, tenía un programa setentero llamado Galería Nocturna que le provocaba pesadillas a escuincles morbosos como yo que se quedaban de contrabando hasta tarde viendo cómo cada pintura de la galería contaba una historia con final grotesco, inesperado, delirante.  A veces, al ponerme la cachucha de conductor de noticiarios, me siento un poquito Serling, ¿saben?

La semana pasada, una mujer asesina a su nuera de siete (tal vez más) tiros en un departamento de Polanco porque ya estaba harta de la esposa de su hijo. En el video, de una cámara colocada en la sala de la casa, luego de oír las detonaciones, el marido le pregunta a la asesina ¿Qué hiciste, mamá?, con el tono de molestia de aquel al que le tiraron su colección de cómics o sus pantuflas rotas a la basura. La homicida, con toda naturalidad, en el mismo brote psicótico que el hijo, le responde: “Ya me tenía harta” y sigue deambulando por el departamento zanjando el tema. Asunto en progreso.

Días después, la Fiscalía de Ciudad de México, luego de horas de haber ignorado una denuncia por desaparición, encuentra en el sótano de un edificio de avenida Revolución, a la persona no encontrada, asesinada, apuñalada, metida en una bolsa de basura. Los agentes le habían pedido a la madre de la víctima dinero para agilizar los trámites y antes le habían aplicado la mentira de “tiene que esperar 72 horas”. Edith Guadalupe probablemente habría salvado la vida en un universo paralelo en donde las autoridades hacen lo que tienen que hacer en el momento. Caso también en progreso.

El lunes pasado, un psicópata mexicano admirador de Hitler y de Eric Harris y Dylan Klebold, perpetradores de la matanza de la prepa Columbine, en Colorado, justo en un aniversario tanto del cumpleaños del genocida austriaco y de la masacre en la escuela, se sube a la pirámide de la luna en Teotihuacán y comienza a disparar mientras escupe desquiciados retazos ideológicos sobre sacrificios humanos y xenofobias con acento castizo aprendido quién sabe dónde. Asesinó a una turista canadiense y provocó heridas a trece más antes de quitarse la vida (igual que Harris y Klebold, sus héroes).

Y a todo esto, ¿cómo estuvo tu día?

 

Especialmente, este último cuadro de patetismo globalizado, el de las pirámides, funcionó como carnada para pirañas que nadan abundantemente en ese pantano de catarsis mal manejadas llamadas redes sociales. No dudo que en la confusión y el echadero de culpas, no falte quien se esté beneficiando mientras festeja y se regodea. Realmente tampoco abona en nada que una jefa de Estado se presente en un foro internacional para hablar de paz y decir que ellos son los buenos y los otros son los violentos. A partir de ese momento, estás siendo incongruente, beligerante y cultivando el encono. No caigamos, nadie, de ninguna facción, en esas tretas. Malas noticias. Ya caímos. Alguien tiene vía libre y nos usa como tontos útiles mientras acumula lienzos para su exposición. La búsqueda de la paz y el rechazo y no normalización de la violencia, son síntomas de un ecosistema sano que busca trascender y no permanecer como rehén de intereses y agendas particulares.

Iñaki Manero.

Escena poscrédito: ¿Sí saben que el año entrante se renueva la Cámara de Diputados, cierto?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bitácora de Viaje LXVI

por NellyG 1 abril, 2026

 

 

                      ¿Qué? ¿Piensas que el feminismo significa odiar a los hombres?»

  • Cindy Lauper

 

No era un día igual a otros. La rutina podría mentir en cualquier momento. Cada viaje tiene sus momentos que lo hacen único, aunque el proceso sea el mismo. Esta vez tocó levantarse temprano en domingo, reunirse con los compañeros del trabajo, abordar camioneta y tirar por la carretera hasta nuestro destino final. A veces avión, a veces, no. Pero el tema es el mismo: llegar a la ciudad en turno, registrarnos en un hotel, comer, verificar que todo esté listo en el lugar de la transmisión, de regreso al hotel, cenar, preparar la información del día siguiente, leer, dar las buenas noches a la familia vía remota e intentar dormir unas horas para estar listos a las 5:30 de la mañana, ser transportados al lugar fijado y hacer lo que nos toca hacer acompañado de ingenieros, coordinadores, productores y todos aquellos involucrados en que el programa salga bien y el cliente quede satisfecho. Más de veinte años. Hay risas, contratiempos, anécdotas para reír y aprender. Siempre y cuando, claro, quieras aprender.

Ese domingo fue ocho de marzo.  Estaba fresco el episodio que mostró la vulnerabilidad del Estado mexicano luego de la muerte del Mencho Oseguera; los latigazos violentos de la bestia que recordaba que todavía estaba viva y que seguía pudriendo la vida en cerca del 70 por ciento del territorio nacional. Por lo mismo, tuvimos mucho cuidado ese día a la hora de tomar carretera hacia Guanajuato; capital de una entidad federativa castigada por la corrupción, el abandono y la violencia del crimen organizado. También, por otro lado, se conmemoraba (que no festejaba) el Día Internacional de las Mujeres (que no “de la mujer”). Desde que publiqué en redes sociales, a media autopista, argumentos claros y tomados del feminismo sobre por qué no se debe felicitar a ninguna mujer en ese día, sino más bien aprovecharlo como un espacio de reflexión, análisis, reconocimiento, acompañamiento, toma de conciencia por parte de sociedades y gobiernos, inmediatamente, aparecieron las reacciones. Algunas de apoyo al comentario y otras, las menos, pero muy virulentas y frenéticas, de insultos, descalificaciones, burlas, similares y conexos, provenientes de ambos sexos y géneros. Normal. En este trabajo, uno tiene que mutar a piel de cocodrilo, de otro modo, vivirías cortándote las venas. Pero es buen termómetro para saber qué tanto hemos avanzado o retrocedido en dejar de normalizar a la mujer como accesorio masculino y qué piensa la gente a favor o en contra.

Llegando a la laberíntica ciudad capital del estado, como es mi costumbre, me perdí en calles, edificios, gente. Sabía que en unas horas, al igual que en muchas otras urbes del país y del mundo, habría manifestación de distintas colectivas feministas (no, no me importa usar el llamado “lenguaje inclusivo”, aunque tenga todavía algunas dudas). La manifestación comenzó después de las cuatro de la tarde por la misma avenida, gritando consignas, pintando muros con spray. Algunas mostrando el rostro, otras, las más aguerridas, no. Todo supervisado de manera muy discreta por mujeres policía del municipio. Regresé a mi hotel, a pocas calles, para recargar la batería del teléfono. Salí cuando anochecía, el nutrido grupo estaba de regreso rumbo a su punto de partida en el icónico Teatro Juárez, joya del porfiriato. Las consignas, los cantos y gritos, ahora eran más fuertes, más agresivos, más contestatarios. Mujeres de todas edades: niñas, ancianas, gestantes en una ola morada ante la mirada de turistas y gente local con diversas e interesantes reacciones. Desde el aplauso mayoritario, hasta la confusión o el simple desestimar el movimiento con gestos de burla.

Me dedico al periodismo (no sé si me puedo llamar periodista, pero a eso me dedico) y reportar es parte de mi trabajo. Comencé a grabar audios y videos. Cuando llegaron y se concentraron en las escalinatas del Juárez, la intensidad creció; las oradoras con megáfonos y los brazos alzados. Aprendí que los hombres no podemos ser feministas; tan solo acompañamos en silencio y en ocasiones, si lo requieren, contenemos emocionalmente. Nada más. Al acercarme a las escalinatas y grabar la historia completa, entre grupos pacíficos y violentos, la cámara de mi teléfono era bloqueada por manifestantes que me obstruían una y otra vez la vista con pancartas. Ante mi insistencia de tomar video, una mujer se plantó frente a mí, otras dos en mis flancos y percibí una cuarta detrás. Una me pidió el celular, otra se acercó amenazadoramente. Guardé el teléfono, les mostré mi identificación de prensa y con señas les dije “ahí muere”, alejándome despacio de la zona cero hacia la multitud mientras me sentía vigilado, incómodo, perseguido, señalado, amenazado; y de fondo, consignas, estallido de petardos, reivindicación, revolución.

He estado en situaciones de peligro durante estos treinta y tantos años de carrera, cubriendo zonas de narcos, polleros, incendios, homicidios. Y sí, en todos he tenido miedo y me he sentido vulnerable. Soy humano. Pero esta vez, fue distinto. Luego del shot de adrenalina y frustración y gracias a mi feminista de cabecera, comprendí y ordené lo que hacía tanto ruido en mi cabeza. Miedo, rabia, frustración, incomodidad, vulnerabilidad, señalamiento, es lo que sienten cientos de miles, tal vez millones de mujeres en todo el mundo, diariamente. Yo lo experimenté unos segundos. Ha sido una de las mejores lecciones de mi vida. Gracias a esas cuatro mujeres por mostrarme en instantes, milenios de incomprensión, miedo, malos tratos, indiferencia, incluso, por parte de su propio género. Hasta mediados de 2025, treinta mil mujeres han desaparecido o no han sido localizadas en el país. Diez son asesinadas diariamente por el hecho de ser mujeres; de ahí que se creara la figura de feminicidio. La brecha salarial frente a los hombres es mayor al 35 por ciento; el 71 por ciento de la carga laboral no remunerada, recae en ellas e incluso, los investigadores históricamente evitan hacer estudios médicos con ratas hembra por el tema hormonal; por lo mismo, muchos medicamentos no funcionan igual en mujeres que en hombres. Los ejemplos son infinitos y atroces. Pero pomposamente crean gabinetes con “perspectiva de género”. Cuota de género, más bien. ¿Qué pasará el año entrante? Nada y lo mismo, tristemente. Nos horrorizamos de la pesadilla de algunos regímenes extremistas musulmanes en su trato a las mujeres y no queremos mirar que en las sierras de Guerrero, Chiapas o Oaxaca, hay niñas intercambiadas por caballos y  guajolotes. Esas niñas pasan a ser propiedad de viejos sexagenarios que las violarán a placer dejándolas embarazadas a los 13 años. Pero no, déjenlos, son “usos y costumbres” de nuestros orgullosos pueblos originarios.

He vivido el mejor momento de inseguridad, zozobra y vulnerabilidad de mi vida. Lo aprecio, lo guardo por siempre, lo aprendo y lo comparto. Gracias.

 

Iñaki Manero.

 

Escena poscréditos: ¿Cuántas mastografías, cuántas quimioterapias, cuántas vacunas contra el VPH, cuántas becas para niñas de muy escasos recursos se estarán comiendo en forma de jugosos filetes Díaz Canel y el resto de gordos revolucionarios, producto de la copercha del bienestar?

 

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