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Revista Latitud 21
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Inna German Gómez

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¿La creatividad se fue con la IA?

por NellyG 2 septiembre, 2026

 

 

 

Es una buena pregunta. Si hemos logrado grandes avances en prácticamente todos los ámbitos ha sido, en buena medida, gracias a la creatividad. A esa capacidad de imaginar algo que todavía no existe.

Los avances médicos, la música, nuevos instrumentos, la arquitectura, la pintura, la literatura, el cine… en fin, gran parte de lo que nos define como humanidad fue primero imaginado.

Y ahí está precisamente lo fascinante de cada mente humana: el poder crear lo que nunca ha visto.

Intentaré dar algunos ejemplos.

Pensemos en los creadores de contenido en redes sociales. Tengo que admitir que algunos son extraordinariamente creativos. Yo misma me enganché con un reality de gallinas. ¡Sí, de gallinas!

Una mujer tiene un gallinero, le puso nombre a cada una de sus gallinas, las filma y va construyendo historias alrededor de ellas. Increíblemente imaginativo. Y puede ser para algunos como “La Casa de los Famosos” de Televisa. Tiene millones de seguidores. Y las redes le abrieron un espacio que probablemente le hubiera sido negado en la época en la que los canales de televisión decidían qué podía o no podía ser proyectado.

Hoy cualquier creador puede exponer su imaginación al mundo. Logrando que todos nos beneficiemos de esas experiencias. Podemos escuchar música ejecutada con instrumentos inesperados, ver a bailarines mostrando unos minutos de movimientos completamente inusuales, descubrir nuevas formas de cocinar, pintar, vestir o contar una historia. Hay tantas ideas como seres humanos capaces de expresarlas.

Pensemos también, en otro ejemplo de creatividad extrema: el arquitecto Luis Barragán.

¿A quién se le ocurre pintar una enorme pared de rosa mexicano y conseguir que el resultado sea absolutamente elegante?

A alguien se le ocurrió, pero ese ‘alguien’ lo imaginó primero.

O pensemos en George Lucas, J.R.R. Tolkien o J.K. Rowling, entre muchos otros escritores, que no sólo se limitaron a contar historias. Imaginaron mundos enteros: personajes, idiomas, planetas, criaturas, sociedades, reglas, paisajes.

Aún recuerdo esa sensación de asombro absoluto ante algo completamente diferente cuando mi papá me llevó a ver la Guerra de las Galaxias, siendo niña.

Hace poco pedí un diseño para un tema comercial. En cuestión de segundos, una aplicación de inteligencia artificial produjo diferentes propuestas.

Todas eran lindas, todas cumplían con lo solicitado, todas podían utilizarse.

Pero inevitablemente me hice una pregunta:

¿Podría algún diseñador haber creado algo totalmente disruptivo si antes hubiera tenido que enfrentarse a una hoja en blanco?

¿O al recibir inmediatamente varias soluciones generadas por un agente virtual su pensamiento quedó, aunque fuera inconscientemente, encasillado dentro de las posibilidades creadas por la IA?

La IA puede procesar cantidades de información imposibles para una persona, reconocer patrones, combinar conceptos y generar algo que, visto desde afuera, nos parezca profundamente creativo.

Pero no posee imaginación humana.

No tiene infancia.

No tiene recuerdos propios.

No ha sentido miedo antes de tomar una decisión.

No se ha enamorado.

No ha contemplado un paisaje y pensado que quisiera recordarlo siempre.

No ha sentido nostalgia al escuchar una canción ni se ha despertado en mitad de la noche con una idea que necesita escribir antes de olvidarla.

La inteligencia artificial no vive la experiencia humana de la cual nace buena parte de nuestra creatividad.

Sus algoritmos trabajan a partir de información, relaciones, patrones y conocimiento generado previamente. Pueden reorganizar esos elementos de maneras extraordinarias y, en ocasiones, inesperadas. Pero detrás de ese enorme universo de información seguimos estando nosotros: millones de seres humanos que escribieron, dibujaron, investigaron, fotografiaron, compusieron, diseñaron y pensaron antes.

Tal vez, entonces, el verdadero riesgo no sea que la inteligencia artificial encasille nuestra creatividad, el riesgo es que nosotros dejemos de intentarlo.

Que las nuevas generaciones se acostumbren a NO enfrentarse a la hoja en blanco. A no equivocarse.  A no preguntarse: ¿y si lo hacemos completamente diferente?.

La creatividad necesita tiempo, aburrimiento, observación, curiosidad, fracaso y una buena dosis de obstinación.

Porque si Barragán hubiera preguntado a una inteligencia artificial cuál era el color más convencional para una pared elegante, quizá nunca habríamos tenido aquella pared rosa mexicano.

Y si todos comenzamos nuestros procesos creativos preguntándole a una máquina qué debemos hacer, existe el riesgo de que terminemos produciendo cosas técnicamente perfectas, estéticamente agradables y extraordinariamente eficientes…pero cada vez más parecidas entre sí.

La inteligencia artificial probablemente será una de las herramientas más poderosas que haya creado la humanidad. Pero justamente por eso tendremos que cuidar aquello que la hizo posible:

Nuestra capacidad de imaginar algo que todavía no existe.

 

IA en empresas de cincuentones

por NellyG 3 agosto, 2026

 

 

El título puede sonar un poco discriminatorio, pero refleja una realidad: muchas empresas consolidadas, con al menos diez años de operación, están dirigidas por hombres y mujeres cuyas edades rondan los cincuenta años. Casualmente, soy una de ellas. Empezaré por establecer algunos hechos. Nosotros somos una generación de transición. Nos tocó presenciar la llegada del teléfono celular, de las computadoras personales y de internet, y hemos intentado mantener el paso frente a cada avance tecnológico.

En nuestras empresas hemos contratado a personas más jóvenes que nos han ayudado a comprender e implementar herramientas digitales para mejorar la productividad. Pero —y es un gran PERO— ahora nos encontramos frente a la inteligencia artificial. He tomado varios cursos de Chat GPT y ya sentía que empezaba a entenderlo y a obtener resultados muy buenos. Pero ahora me salen con que ya está obsoleto y que hay que usar Claude. ¡Por Diossss! ¿Y ahora por dónde empiezo?

Hablando con varios de mis coetáneos, también empresarios, descubrí que muchos estamos como “chícharo en jarro”, frase de mi abuela que utilizaba para describir la desproporción entre un entorno macro y un asunto micro.

Corremos a conferencias con títulos tan rimbombantes como: “Lleva tu negocio a la era digital con IA”, “Lleva tu negocio de cero a cien en tres días con inteligencia artificial” o uno de los más enigmáticos: “Elimina la contratación y logra que tu negocio opere con IA”.

Aún no me he topado personalmente con una empresa que funcione sin personas, aunque, si uno cree en los miles de anuncios que aparecen en Instagram, TikTok o en cualquier plataforma utilizada para mantenerse conectado con las redes sociales, esas empresas ya existen. Dicen que operan mediante “agentes”; es decir, entes virtuales capaces de ejecutar los procesos que se les encomiendan. Estoy segura de que esto puede ser real, pero ya quiero ver que llamen a un agente para que cambie la tarjeta electrónica del aire acondicionado. El agente podrá explicarte cómo cambiarla, pero todavía no tiene manos para hacerlo.

¿Qué nos espera?

La verdad es que me siento un poco perdida en un mar de información, cursos, gurús digitales y afirmaciones que pueden ser verdaderas, exageradas o completamente falsas. Me queda claro que estamos presenciando otro gran cambio y estoy segura de que nos adaptaremos, como lo hemos hecho durante todos estos años. Lo que me preocupa es quién —o qué— dirigirá las empresas del mañana.

¿Será un ente virtual?

Ese ente podrá tener una inteligencia extraordinaria, pero me preocupa que dejen de priorizarse el apoyo entre las personas, el trabajo en equipo y la confianza en el crecimiento personal y profesional.

¿Qué nos espera a las empresas del futuro?

Tengo muchas dudas, pero pensemos, por ejemplo, en lo siguiente: un agente de inteligencia artificial tiene costos de software, integración e infraestructura. Además, puede cometer errores graves. Sin embargo, también ofrece ventajas muy atractivas: opera continuamente, puede atender varios procesos al mismo tiempo, no renuncia, no exige ascensos, no toma vacaciones, no pierde la motivación y puede mejorar con cada proceso que ejecuta.  Nos encontramos, sin duda, ante una alternativa muy apetecible para realizar tareas generales como redactar un contrato, crear una presentación, analizar un estado financiero, preparar una política, diseñar un procedimiento, investigar una regulación o traducir un documento.

Las herramientas que hemos creado los seres humanos siempre han tenido el propósito de facilitarnos la vida. Pero ahora estamos frente a una herramienta que, además de ayudarnos, comienza a reemplazarnos.

¿Nos reinventaremos? Estoy segura de que sí.

Lo único que me produce un miedo inmenso es que, históricamente, cada vez que hemos creado algo para hacer el bien, también hemos encontrado la manera de utilizarlo para hacer el mal.

Ojalá nuestros nuevos agentes desarrollen una conciencia orientada hacia la creación y una ética verdaderamente inalterable. Eso sí sería un avance espectacular.

 

Desazón empresarial: el peso de invertir en México

por NellyG 1 julio, 2026

 

En México se habla mucho de crecimiento, de inversión, de empleo y de bienestar social. Se repiten cifras, se celebran indicadores y se presume estabilidad económica porque el dólar no aumenta (ya no es referencia). Sin embargo, quienes todos los días abrimos una oficina, pagamos nóminas, enfrentamos inspecciones, cumplimos regulaciones, financiamos operaciones y tratamos de sostener fuentes de trabajo, vivimos una realidad mucho más dura, compleja y hasta cierto punto triste.

Muchos empresarios mexicanos atravesamos una etapa de profunda presión (o depresión). Saben que participo en cámaras empresariales, y en mi experiencia compartida con otros empresarios, grupos de trabajo nacionales e internacionales y conversaciones constantes con quienes están emprendiendo, creando o aportando, escucho las frases que nos llevan a la misma sensación de desazón. Algunos podrán decir que esta información es “de oídas”; sin embargo, cuando las mismas preocupaciones se repiten una y otra vez en distintos sectores, regiones y tamaños de empresa, dejan de ser simples comentarios y se convierten en señales de una realidad empresarial que mereciera ser escuchada.

Durante años, los empresarios de este país hemos construido empresas con esfuerzo, riesgo y responsabilidad. Hemos cumplido con regulaciones municipales, estatales y federales; hemos pagado impuestos, cuotas obrero-patronales, permisos, licencias, verificaciones, renovaciones, derechos y obligaciones de todo tipo. Hemos sostenido empleos incluso en momentos difíciles como en la pandemia del COVID, huracanes y, ahora, crisis de inseguridad. Nos sentimos abrumados, por favor necesitamos que nos escuchen y de verdad empiecen a echarnos una manita.

El aumento de regulaciones y obligaciones administrativas se ha convertido en una pesadilla sumamente costosa. Deben pensar cuando establecen una regulación que cada nuevo trámite implica tiempo, personal, asesoría, costo y riesgo de sanción. Cada reforma o nueva disposición exige adaptación. Y cuando estos cambios se acumulan, se pierden muchos recursos que deberían usarse para vender, innovar, atender clientes o mejorar procesos. Sobrevivir un exceso de cumplimiento normativo es exactamente lo contrario a apoyar el crecimiento económico de un país.

Y como si eso no fuera suficiente, viene el aumento al salario mínimo, la ampliación de los días de vacaciones, las obligaciones patronales y las reformas en materia laboral. Aclaro que, sin duda, se tiene una buena intención social. Nadie puede estar en contra de que vivamos mejor. El problema es que muchas de estas decisiones se toman sin considerar la capacidad del sistema para absorberlas.

En la cadena económica hay una realidad inevitable: las empresas no siempre pueden trasladar esos aumentos al precio final de sus productos o servicios inmediatamente. Hay contratos firmados a largo plazo, compras y competencia irregular. El mercado no siempre permite subir precios en la misma proporción; entonces, esa diferencia sale directamente de la utilidad. Y cuando la utilidad desaparece, también desaparecen la reinversión, el crecimiento, la contratación y, eventualmente, la propia empresa.

Hoy muchas empresas mexicanas se financian con proveedores. Esta no es una práctica sana, pero se ha vuelto frecuente. Se alargan pagos, se negocian plazos, se estiran líneas de crédito comerciales y se genera una cadena negativa: una empresa no paga a tiempo porque sus clientes tampoco le pagaron; el proveedor presiona porque también tiene nómina; el banco presta caro o no presta; y la autoridad cobra sin considerar el flujo real de la operación. Así se va formando una presión dolorosa que no aparece en las estadísticas, pero se siente real… muy real.

En regiones como Cancún, esta situación se vuelve aún más sensible. Nuestra economía depende en gran medida del turismo. Cuando hay publicidad negativa, inseguridad percibida, menor llegada de visitantes o incertidumbre económica, el impacto es un gancho al hígado que dobla a cualquier empresa. Y de pronto empezamos a escuchar frases como: “es momento para compradores”. Ahora sí estamos en problemas, porque el que compra, aunque sea una oportunidad, lo hará evaluando estabilidad, certeza, reglas claras y posibilidad razonable de retorno. Hoy muchos empiezan a mover capital hacia otros mercados. Eso no significa falta de compromiso con México; es sentido común financiero.

Enfrentar a empresarios contra trabajadores es una narrativa profundamente equivocada. La empresa y el trabajador forman parte del mismo barco. Si la empresa crece, puede pagar mejor. Si la empresa se asfixia, todos pierden. El trabajador pierde su trabajo, el empresario pierde su patrimonio, el gobierno pierde recaudación y el país pierde competitividad.

La desazón empresarial nace de la sensación de que cumplir cada vez cuesta más, producir cada vez es más difícil y opinar sobre ello tiene consecuencias. Callarnos no está resolviendo nada.

México, ¡por favor escúchanos!, hablamos las pequeñas y medianas empresas que sostenemos nóminas, arriesgamos la piel y enfrentamos todos los días absurdas regulaciones.

Los empresarios en México somos los ‘Avengers’; nos arriesgamos por todos, en un sentido figurado, pero necesitamos ayudita por favor.

Si de narcos hablamos…

por NellyG 1 junio, 2026

 

 

En los avatares de mi trabajo administrando propiedades, he tenido la oportunidad —o quizá la desventura— de conocer las residencias y costumbres de muchos personajes. Les llamo así porque sus historias parecen extraídas de una telenovela de televisa: excesos, traiciones, secretos, fortunas repentinas, amistades convenientes y silencios incómodos. La famosa frase de que “la realidad supera a la ficción”; en ocasiones, se queda corta.

He visto vidas construidas alrededor de mentiras cuidadosamente diseñadas: aparentes empresarios exitosos, benefactores espontáneos, vecinos discretos o indiscretos que de la noche a la mañana multiplican propiedades y vehículos de lujo. Algunos provocan envidia de ese verde bien oscuro; otros, sospechas silenciosas. Pero todos comparten algo: son reflejo de una normalidad que poco a poco hemos aceptado sin que podamos hacer algo al respecto.

Hoy hablar de “narcos” se ha vuelto parte del lenguaje cotidiano. Narcofosas, narcogobierno, narcopolítica, narcocultura, narcocorridos, narcodinero. El prefijo “narco” se ha instalado despreocupadamente en nuestras conversaciones; tanto, que ya perdió su capacidad de escándalo. Lo pronunciamos como cuando hablamos del clima o del tráfico; ‘small talk’ dirían los gringos. Pero estamos en México y entonces ¿qué es exactamente lo que abreviamos cuando decimos “narco”? Detrás de este cantarín prefijo hay una realidad muy oscura; tanto, que casi se ha quedado sin luz: el narcotráfico con su violencia, su corrupción, sus desapariciones, su miedo, sus economías paralelas y sus visibles estructuras de poder, que ya están infiltradas en nuestras comunidades, nuestros círculos de amigos y hasta en nuestros jacuzzis.

Los personajes que llevan implícitamente ese prefijo conviven entre nosotros. Algunos lo hacen con mucha ostentación, hasta con cierto orgullo; otros, bajo un velo de respetabilidad cuidadosamente construido, porque así pueden convencer e infiltrarse en negocios legítimos. Están en las mesas de al lado, nuestros vecinos, en el festival del colegio y ocupando espacios de decisión económica o política.

¿No han notado que, últimamente, esa población parece haberse incrementado? Quizá sea solo mi percepción, o mi mala suerte, quizá estadística, quizá consecuencia de nuestro gobierno. Factores como desigualdad, falta de oportunidades, impunidad o simplemente el atractivo de una riqueza rápida en una sociedad que premia por sobre todas las cosas: la posición económica.

Sin embargo, existe algo que ya no podemos seguir ignorando. Una sociedad comienza a perderse cuando aquellos que deberían impartir justicia, regular, gobernar y dar ejemplo, son precisamente quienes facilitan, toleran, operan o incluso encabezan redes de corrupción, tráfico de influencias, venta de narcóticos u otros giros igualmente destructivos.

El problema deja entonces de ser el criminal y se convierte en un problema institucional. Porque cuando la línea entre autoridad y complicidad se vuelve difusa, empezamos a normalizar aquello que antes condenábamos. Perdimos la confianza. Viva el cinismo. Y terminamos aceptando lo inaceptable por miedo o será por simple comodidad.

La palabra “narco” ya no nos sorprende. Nos hemos acostumbrado a escucharla, a convivir con ella e incluso a consumirla como entretenimiento. Series han convertido una tragedia nacional en una situación aspiracional.

Pero detrás del glamour televisivo y de las camionetas blindadas hay comunidades enteras viviendo con miedo, familias rotas y una erosión lenta pero constante del tejido social.

Si de narcos hablamos, quizá la conversación ya no debería limitarse a quienes trafican drogas. Tal vez tendríamos que hablar también de quienes los permiten y los conviven, de quienes se benefician del sistema, de quienes guardan silencio y de quienes, poco a poco, han contribuido a que la anormalidad parezca costumbre.

Porque el día en que normalizamos el problema, dejamos también de buscar la solución.

 

Crecimiento humano

por NellyG 30 abril, 2026

 

 

Cuando tenía 16 años estaba en una escuela preparatoria que enseñaba matemáticas por niveles; había 4 niveles y el más alto lo daba el fabuloso profesor Aguilera, cliché absoluto: boina, saco de tweed, pantalón de pana, una barba blanca impecable, lentes de medialuna y una mente privilegiada. Yo le tenía pavor absoluto, cuando me volteaba a ver con esos ojos azules por encima de sus lentes yo temblaba, pensaba ¡de seguro que este sabe todas las cochinadas que estoy pensando!  Fueron pasando los meses y se volvió mi clase favorita; poco a poco me enamoraba de la mente analítica de ese maestro, de su paciencia y de su capacidad para controlar a adolescentes. Tenía un compañero con el que compartía otras clases, un muchacho brillante, mientras yo tenía que ‘machetearle’, él siempre sacaba todo sin esfuerzo.  Un día me armé de valor y me acerqué al Prof. Aguilera y le dije ‘Pedro es brillante, pero está registrado en el nivel más bajo de mate, yo creo que tiene la capacidad de estar con usted’.  Me volteó a ver por arriba de sus lentes y me dijo: ‘ok, que venga’.  Salí sintiéndome bendecida por los dioses y esperé al recreo para correr con Pedro, con el corazón rebosante de felicidad y pensando que había logrado lo imposible.   –‘Pedro, el profe Aguilera quiere que estés en su clase, ya lo convencí-. Pedro me miró con cara de extrañeza y me dijo: – ‘Yo no quiero estar con Aguilera, donde estoy no tengo ni que estudiar, solo llego, presento examen, mantengo las asistencias al mínimo necesario, lo único que quiero es terminar la prepa con buen promedio y pasármela bien de fiesta’-. Se me llenaron los ojos de lágrimas y salí corriendo como alma en pena sin entender su respuesta.

 

Esta anécdota me recuerda a nuestro México de hoy.  Me niego a creer que los mexicanos seamos mediocres, de hecho, yo creo que NO lo somos y lo pongo en mayúscula. He visto a tanta gente hacer cosas extraordinarias, a crear espacios inverosímiles. Porque a tantos mexicanos que emigran a ‘vivir el sueño americano’ les va tan bien. En un entorno de seguridad legal, de seguridad física, donde el Fisco te cobra lo justo, donde la seguridad social te da un mejor servicio; en un país donde hay reglas claras y puedes presupuestar tus gastos como empresa sin las ‘sorpresitas’ de impuestos nuevos.  Claro que no todo es perfecto y, como cada país, tienen cosas buenas y malas, ¿Pero no deberíamos nosotros como país procurar que nuestro activo humano no emigre? Pedro es como muchos de nuestros políticos que se quedan en lugares donde tienen que hacer el mínimo esfuerzo, donde es mejor estar en la fiesta, no quieren desarrollarse o provocar que los demás también se desarrollen.

El servicio público, como su nombre lo dice, debería de servir para que los ciudadanos de un país tengan orden, que las empresas fructifiquen, que se medie sin abusos.

No somos mediocres, somos superhéroes; sólo llegar a tu trabajo en las mañanas es una hazaña.

Ps. Hay parte dos de la historia de Pedro.

Soberanía nacional y el ‘más si osare’

por NellyG 1 abril, 2026

 

 

 

Últimamente se ha hablado mucho en redes, noticias y declaraciones de políticos: El tema de la soberanía nacional. Pero ¿Qué significa eso? Preguntando a la IA me sale lo siguiente: “Capacidad para tomar decisiones autónomas y regir su propio destino. Este principio permite consolidar el modelo de Estado-nación, asegurando la independencia frente a influencias externas y fortaleciendo el papel del gobierno en la administración de los asuntos públicos. Además, legitima la autoridad del Estado mediante la participación ciudadana en procesos como las elecciones nacionales, reforzando los valores de la democracia y la representación política…” encantadora respuesta.

Me permití marcar en negrito un par de palabras, porque me gustaría platicar con ustedes lo que ya tenemos en casa, antes de desgarrarnos las vestiduras y gritar el himno nacional a todo pulmón con la frase ‘… Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo…’ imaginando que un país extranjero quiera decidir a quién invitar a la fiesta o qué música poner en nuestra casa.

Veamos qué SÍ tenemos extraños enemigos, profanando nuestro suelo todos los días, profanando nuestra paz, nuestras familias y nuestros negocios.

Para aquellos que no saben qué significa profanar es: violar (según el SESNSP[1] se violan 2.4 mujeres en México cada hora) u ofender la reputación (El Índice de Percepción de la corrupción marca a México en el lugar 141 de 182 países. Nuestro país tiene la puntuación más baja en la OCDE[2]) o quebrantar (El quebranto del Tren Maya fue de 6 mil 398 millones de pesos en 2025[3]) y finalmente también significa falta de respeto (qué tal nuestros H. diputados dando un espectáculo mundial de lucha libre en nuestro recinto más icónico). Bueno, queda claro que con lo que tenemos en casa tenemos suficiente.

Siguiendo esta línea de pensamiento les hago un par de preguntas para que reflexionemos juntos, ¿Ustedes creen que nuestro gobierno tiene influencias externas? ¿Ustedes creen que tenemos una democracia real, cuando existe un partido hegemónico?, ¿Y ustedes creen que existe una pluralidad en la representación política?.

Les pido que me hagan llegar sus comentarios, probablemente aprenderé sobre cómo podemos regresar a la ‘soberanía nacional’ en lugar de tener una ‘soberana’ nacional.

[1] Sistema Nacional de Seguridad Publica

[2] Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico

[3] Periódico el Universal

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