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Durante años hablamos del cambio climático como si fuera una amenaza lejana, una conversación reservada para foros internacionales o para especialistas que medían cifras imposibles de traducir a la vida cotidiana. Hoy esa distancia desapareció. Basta salir a la calle para entender que el clima ya cambió: las temperaturas que se han sentido en el Caribe durante estas últimas semanas, con sensaciones térmicas cada vez más agresivas, son un recordatorio de que la naturaleza dejó de enviar señales discretas para comenzar a imponer nuevas reglas.
Y en una región como Cancún, donde la prosperidad depende del equilibrio entre ciudad, turismo y entorno natural, esa realidad debería preocuparnos mucho más de lo que a veces admitimos.
A la par de esta ola de calor, los pronósticos para la temporada de ciclones en el Atlántico vuelven a encender alertas. Algunos de los primeros modelos para 2026 anticipan una temporada con al menos 13 tormentas con nombre, seis huracanes y dos de gran intensidad, suficientes para recordar que no hace falta una temporada récord para poner en riesgo a una ciudad costera. Porque en destinos como el nuestro, un solo fenómeno puede ser suficiente para exhibir años de rezago urbano, fragilidad ambiental y decisiones postergadas.
Lo verdaderamente inquietante no es solo la fuerza de los huracanes, sino la manera en que las ciudades han crecido ignorando durante demasiado tiempo sus propios límites. La expansión urbana desordenada, la reducción de áreas verdes, la presión sobre manglares, el exceso de concreto y una movilidad basada casi por completo en el automóvil han convertido a muchas ciudades costeras en espacios más vulnerables al calor, a las lluvias extremas y a las inundaciones. El clima extremo no se genera únicamente en la atmósfera; muchas veces también se multiplica desde el suelo que transformamos.
Cancún conoce bien esa contradicción. Una ciudad construida alrededor de un paraíso natural que, al mismo tiempo, ha exigido cada vez más a sus ecosistemas para sostener su crecimiento. Por eso la entrada en operación del Puente Lagunar Nichupté representa algo más que una nueva obra de infraestructura. Sus 11.2 kilómetros sobre el sistema lagunar buscan reducir hasta 45 minutos de traslado entre la ciudad y la zona hotelera, además de ofrecer una ruta alterna en caso de emergencia. En términos de movilidad, puede convertirse en un alivio importante para una ciudad que lleva años atrapada en su propio éxito.
Pero la pregunta de fondo va más allá del puente mismo.
La verdadera discusión es si esta obra será parte de una visión integral de ciudad o si quedará como una solución aislada dentro de un modelo que sigue creciendo sin corregir sus desequilibrios. Porque mejorar la movilidad también es una decisión ambiental: menos horas en tráfico significan menos emisiones, menos combustible desperdiciado y menos presión sobre una ciudad que ya resiente el peso de su densidad.
El desafío exige una respuesta compartida. Los gobiernos deben planear con visión de largo plazo, proteger humedales, invertir en transporte público eficiente y dejar de considerar al medio ambiente como un obstáculo administrativo. La iniciativa privada necesita asumir que la sostenibilidad dejó de ser un discurso reputacional para convertirse en una condición de permanencia. Y la sociedad debe entender que el cuidado del agua, el reciclaje, la reforestación urbana y la reducción de la huella de carbono ya no son gestos simbólicos, sino actos de supervivencia colectiva.
Las ciudades costeras no pueden seguir creciendo como si el clima de hace treinta años siguiera existiendo.
Porque el calor que hoy nos agota y los ciclones que cada año amenazan con mayor intensidad no son únicamente fenómenos naturales: son también el reflejo de lo que durante demasiado tiempo decidimos no cambiar.
