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Revista Latitud 21
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Nelly García

  • Carta de la Editora
  • ngarcia@latitud21.com.mx

Competir sin atajos

por ahernandez@latitud21.com.mx 4 agosto, 2026

 

La polémica por el examen de admisión de la UNAM trasciende por mucho una discusión tecnológica. No se trata únicamente de determinar si algunos aspirantes utilizaron Inteligencia Artificial para obtener una ventaja indebida o si la universidad deberá repetir la prueba. Lo que realmente está en juego es la confianza en el mérito como punto de partida para formar a quienes dirigirán el país en las próximas décadas.

Por primera vez en su historia, la UNAM aplicó completamente en línea su examen de ingreso a licenciatura. Lo que buscaba ampliar el acceso para miles de jóvenes terminó convirtiéndose en una controversia nacional, tras resultados considerados atípicos, la suspensión temporal de inscripciones y la instalación de una Comisión Técnica que revisará la validez del proceso.

Pero el verdadero problema no es la tecnología.

La Inteligencia Artificial no decidió hacer trampa. Fueron personas quienes optaron por utilizarla para obtener un beneficio que no habían ganado con preparación. La IA es una herramienta; el dilema sigue siendo profundamente humano.

Durante años hemos repetido que la educación es la base del desarrollo. Sin embargo, pocas veces pensamos en el momento donde ese desarrollo comienza a construirse: el ingreso a las universidades. Ahí empieza la formación de quienes dentro de algunos años diseñarán hospitales, impartirán justicia, crearán empresas, investigarán nuevas tecnologías o tomarán decisiones desde el servicio público.

No estamos hablando únicamente de estudiantes. Estamos hablando de los futuros líderes de México.

Si el acceso a esa formación se contamina por el fraude, el daño no solo alcanza a quienes fueron desplazados injustamente. También compromete la calidad del capital humano que sostendrá la economía, las instituciones y la competitividad del país.

La competitividad no comienza cuando llega una inversión o se inaugura una obra de infraestructura. Empieza mucho antes, en las aulas donde se forman las personas que harán posible ese crecimiento. Ninguna economía puede aspirar a ser más productiva si normaliza que el esfuerzo vale menos que el engaño.

Las naciones más competitivas comparten un rasgo fundamental: confían en sus instituciones y en sus procesos de selección. Las empresas invierten donde encuentran talento; las universidades generan conocimiento cuando el mérito prevalece; la innovación prospera cuando las oportunidades dependen de las capacidades y no de los atajos.

El caso de la UNAM deja además una lección inevitable. La Inteligencia Artificial llegó para quedarse y transformará prácticamente todas las profesiones. El desafío no consiste en combatirla, sino en aprender a utilizarla con responsabilidad. Debe potenciar el aprendizaje, no sustituirlo; ampliar capacidades, no reemplazar el esfuerzo.

Quizá la universidad determine que hubo irregularidades, quizá repita el examen o quizá valide la mayor parte de los resultados. Cualquiera que sea la decisión, el episodio ya dejó una advertencia: la mayor amenaza no es la Inteligencia Artificial, sino la tentación de convertirla en un instrumento para debilitar el mérito.

Porque el examen más importante no era el de admisión a la UNAM. Es el que México presenta como sociedad para decidir si quiere construir su futuro sobre el conocimiento, la honestidad y la preparación, o sobre los atajos que, tarde o temprano, terminan pasándole la factura a la competitividad del país.  

El valor de un pato

por ahernandez@latitud21.com.mx 1 julio, 2026
  • Carta de la editora
  • Nelly García
  • ngarcia@latitud21.com.mx

 

En otros tiempos, un personaje simpático se quedaba en la memoria colectiva. Hoy, apenas se vuelve tendencia, la primera pregunta ya no es por qué nos hizo sonreír, sino cuánto vale; alguien intenta registrarlo como marca y un tercero ya está diseñando la playera, la taza y la gorra. Bienvenidos a la economía de la viralidad.

El Pato Merlín es el ejemplo perfecto. En plena fiebre mundialista pasó de ser un ave con una camiseta de la Selección Mexicana caminando con sus dueños en la Ciudad de México a convertirse en protagonista de redes sociales, invitado a la conferencia presidencial y, ahora, en un expediente del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI). Su propietaria ya inició el procedimiento para proteger legalmente el nombre y la identidad comercial del personaje, demostrando cómo un fenómeno viral puede transformarse, en cuestión de días, en un activo económico.

Y la decisión tiene toda la lógica del mundo.

Porque las emociones venden. Cuando un personaje logra instalarse en el imaginario colectivo deja de ser un simple fenómeno de internet para convertirse en un activo comercial. Ahí entra el IMPI, cuya función es proteger legalmente los signos distintivos que cumplen con los requisitos establecidos por la ley.

En otras palabras, el IMPI no registra un pato. Registra el valor económico que una historia llegó a construir.

La lección empresarial es enorme. Mientras muchas compañías invierten millones intentando crear una marca memorable, las redes sociales demostraron que, a veces, basta un instante auténtico para generar un fenómeno nacional. Pero ese instante también tiene fecha de caducidad. Lo viral corre a la velocidad del algoritmo; la protección legal, en cambio, requiere estrategia y paciencia. Registrar una marca deja de ser un trámite para convertirse en una decisión de negocios.

Sin embargo, donde aparece una oportunidad económica también suele surgir un debate incómodo.

Diversas organizaciones animalistas han advertido que el éxito del Pato Merlín podría provocar una moda poco responsable: personas que decidan comprar un pato simplemente porque “se ve bonito” o porque quieren tener su propio Merlín. Ya ocurrió con los dálmatas tras “101 Dálmatas”, con los huskies después de “Game of Thrones” y con especies como erizos, hurones o reptiles que un día fueron tendencia y después terminaron en centros de rescate.

El merchandising tiene límites cuando el protagonista respira.

Una cosa es comercializar una ilustración o un personaje inspirado en una mascota. Muy distinta es convertir al propio animal en una herramienta permanente de promoción. El marketing moderno presume de conectar emocionalmente con las personas; precisamente por eso también debería asumir una responsabilidad ética sobre los seres vivos que utiliza para generar esa conexión.

Quizá el verdadero aprendizaje del caso Merlín no esté únicamente en el registro de una marca. Está en entender que vivimos una época donde la propiedad intelectual, la economía digital y la responsabilidad social ya no caminan por separado.

Porque registrar una marca protege un negocio. Pero proteger aquello que dio origen a esa marca —en este caso, un ser vivo— habla mucho más de la clase de empresarios y consumidores que aspiramos a ser.

Al final, el Mundial terminará, llegará otra tendencia y aparecerá el siguiente fenómeno viral. La pregunta es si seguiremos reaccionando con la velocidad del clic… o con la madurez que exige convertir una buena historia en una buena marca, sin olvidar que algunas historias, antes que productos, siguen teniendo corazón. O, en este caso, alas.  

La economía del día a día

por ahernandez@latitud21.com.mx 2 junio, 2026
  • Columna de la Editora
  • Nelly García
  • ngarcia@latitud21.com.mx

Hay noticias económicas que solemos dejar pasar porque parecen lejanas. Las escuchamos en términos técnicos —crecimiento del PIB, deuda soberana, inflación, calificaciones crediticias— y asumimos que pertenecen al mundo de los economistas, de los mercados o de las oficinas gubernamentales. Pero tarde o temprano, casi siempre, terminan llegando a un lugar mucho más cercano: el bolsillo.

México atraviesa hoy uno de esos momentos donde la economía no parece estar mal, pero tampoco avanza con la fuerza suficiente para generar tranquilidad. El reciente ajuste del Banco de México a la expectativa de crecimiento del país —de 1.6 a 1.1 por ciento para este año— no significa una crisis inminente, pero sí un mensaje claro: la economía se está desacelerando.

¿Y eso qué significa realmente?

En términos simples, que el país está creciendo más lento. Cuando una economía pierde ritmo, las empresas suelen ser más cautelosas, las inversiones tardan más en concretarse y el consumo empieza a moderarse. No ocurre de golpe ni se siente igual para todos, pero sus efectos terminan filtrándose poco a poco en la vida cotidiana.

Para una ciudad como Cancún, donde buena parte de la actividad económica depende del turismo, el consumo y la confianza, esto cobra todavía más relevancia. Cuando hay menos certidumbre económica en México o en los mercados internacionales, los proyectos se vuelven más prudentes, las expansiones se piensan dos veces y el empleo puede resentirse, aunque no siempre de forma evidente.

De hecho, los números laborales muestran algo interesante —y al mismo tiempo preocupante—: en México hay más personas ocupadas, sí, pero una buena parte de ese crecimiento está ocurriendo desde la informalidad y el autoempleo. Es decir, más personas están trabajando, pero no necesariamente en condiciones más estables o con mayores ingresos.

Dicho de otro modo: no siempre tener empleo significa vivir con mayor tranquilidad financiera.

A esto se suma otra noticia que, aunque suena lejana, merece atención. Las calificadoras internacionales redujeron la perspectiva y calificación de la deuda soberana mexicana. Traducido al español cotidiano: perciben mayores riesgos hacia adelante para las finanzas del país.

No es motivo de alarma ni significa una crisis automática. México sigue siendo un país con grado de inversión y eso sigue siendo una fortaleza. Pero cuando aumenta la percepción de riesgo, pedir dinero suele volverse más caro. Y eso puede reflejarse en créditos hipotecarios, financiamientos, tarjetas o préstamos empresariales más costosos.

También puede impactar en la inversión, en el tipo de cambio y eventualmente en los precios. Porque cuando el dinero cuesta más y el entorno se vuelve incierto, la economía suele moverse con mayor cautela.

Quizá la gran lección de este momento económico es entender que las finanzas personales no viven separadas de la economía nacional. Pensar que lo que pasa en Banxico, en Hacienda o en las calificadoras no tiene nada que ver con nuestra vida cotidiana es un error frecuente.

Sí tiene que ver.

Por eso, en tiempos donde la economía avanza más despacio, vale la pena recuperar algo que muchas veces olvidamos cuando las cosas parecen ir bien: cuidar la deuda, fortalecer el ahorro, evitar compromisos financieros excesivos y tomar decisiones con más visión de largo plazo.

Porque aunque la economía de un país se mida en porcentajes, la tranquilidad financiera de las personas sigue midiéndose, casi siempre, en certezas.   

Repensar el crecimiento

por ahernandez@latitud21.com.mx 30 abril, 2026
  • Carta de la Editora
  • Nelly García
  • ngarcia@latitud21.com.mx

 

Durante años hablamos del cambio climático como si fuera una amenaza lejana, una conversación reservada para foros internacionales o para especialistas que medían cifras imposibles de traducir a la vida cotidiana. Hoy esa distancia desapareció. Basta salir a la calle para entender que el clima ya cambió: las temperaturas que se han sentido en el Caribe durante estas últimas semanas, con sensaciones térmicas cada vez más agresivas, son un recordatorio de que la naturaleza dejó de enviar señales discretas para comenzar a imponer nuevas reglas.

Y en una región como Cancún, donde la prosperidad depende del equilibrio entre ciudad, turismo y entorno natural, esa realidad debería preocuparnos mucho más de lo que a veces admitimos.

A la par de esta ola de calor, los pronósticos para la temporada de ciclones en el Atlántico vuelven a encender alertas. Algunos de los primeros modelos para 2026 anticipan una temporada con al menos 13 tormentas con nombre, seis huracanes y dos de gran intensidad, suficientes para recordar que no hace falta una temporada récord para poner en riesgo a una ciudad costera. Porque en destinos como el nuestro, un solo fenómeno puede ser suficiente para exhibir años de rezago urbano, fragilidad ambiental y decisiones postergadas.

Lo verdaderamente inquietante no es solo la fuerza de los huracanes, sino la manera en que las ciudades han crecido ignorando durante demasiado tiempo sus propios límites. La expansión urbana desordenada, la reducción de áreas verdes, la presión sobre manglares, el exceso de concreto y una movilidad basada casi por completo en el automóvil han convertido a muchas ciudades costeras en espacios más vulnerables al calor, a las lluvias extremas y a las inundaciones. El clima extremo no se genera únicamente en la atmósfera; muchas veces también se multiplica desde el suelo que transformamos.

Cancún conoce bien esa contradicción. Una ciudad construida alrededor de un paraíso natural que, al mismo tiempo, ha exigido cada vez más a sus ecosistemas para sostener su crecimiento. Por eso la entrada en operación del Puente Lagunar Nichupté representa algo más que una nueva obra de infraestructura. Sus 11.2 kilómetros sobre el sistema lagunar buscan reducir hasta 45 minutos de traslado entre la ciudad y la zona hotelera, además de ofrecer una ruta alterna en caso de emergencia. En términos de movilidad, puede convertirse en un alivio importante para una ciudad que lleva años atrapada en su propio éxito.

Pero la pregunta de fondo va más allá del puente mismo.

La verdadera discusión es si esta obra será parte de una visión integral de ciudad o si quedará como una solución aislada dentro de un modelo que sigue creciendo sin corregir sus desequilibrios. Porque mejorar la movilidad también es una decisión ambiental: menos horas en tráfico significan menos emisiones, menos combustible desperdiciado y menos presión sobre una ciudad que ya resiente el peso de su densidad.

El desafío exige una respuesta compartida. Los gobiernos deben planear con visión de largo plazo, proteger humedales, invertir en transporte público eficiente y dejar de considerar al medio ambiente como un obstáculo administrativo. La iniciativa privada necesita asumir que la sostenibilidad dejó de ser un discurso reputacional para convertirse en una condición de permanencia. Y la sociedad debe entender que el cuidado del agua, el reciclaje, la reforestación urbana y la reducción de la huella de carbono ya no son gestos simbólicos, sino actos de supervivencia colectiva.

Las ciudades costeras no pueden seguir creciendo como si el clima de hace treinta años siguiera existiendo.

Porque el calor que hoy nos agota y los ciclones que cada año amenazan con mayor intensidad no son únicamente fenómenos naturales: son también el reflejo de lo que durante demasiado tiempo decidimos no cambiar.   

Entre la presión global y la oportunidad local

por ahernandez@latitud21.com.mx 1 abril, 2026

Carta de la Editora

Nelly García

ngarcia@latitud21.com.mx

 

A sus 56 años, Cancún se encuentra en un punto que combina madurez con incertidumbre. Pocos destinos en el mundo pueden presumir una evolución tan acelerada: de proyecto turístico a motor económico nacional, de promesa caribeña a marca global consolidada. Sin embargo, el contexto actual exige algo más que inercia; demanda visión, estrategia y capacidad de adaptación en tiempo real.

Hoy, el entorno internacional no es menor. Las tensiones geopolíticas, particularmente el conflicto que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán, comienzan a reflejarse en variables que impactan directamente al turismo: volatilidad en los combustibles, presión inflacionaria, ajustes en las tasas de interés y una creciente cautela en el gasto de los viajeros. Para un destino profundamente conectado con los flujos internacionales, estos factores no son ajenos, son determinantes que pueden modificar temporadas completas.

A ello se suma un cambio en el comportamiento del viajero global. Hoy no solo busca sol y playa, sino experiencias más personalizadas, sostenibles y seguras. En ese terreno, Cancún enfrenta un doble desafío: mantener su liderazgo como destino masivo y, al mismo tiempo, sofisticar su oferta para responder a nuevas expectativas sin perder competitividad frente a otros destinos del Caribe y el mundo.

Y aun así, Cancún ha demostrado una y otra vez su resiliencia. No es la primera crisis que enfrenta ni será la última. Huracanes, crisis financieras, pandemias y fluctuaciones económicas han puesto a prueba su capacidad de reacción. La diferencia radica ahora en cómo se interpreta el momento: como una amenaza coyuntural o como una oportunidad para evolucionar estructuralmente. Porque si algo ha quedado claro, es que el modelo tradicional, centrado casi exclusivamente en el turismo, necesita fortalecerse a partir de la diversificación económica.

En ese sentido, la reciente 89 Convención Bancaria, celebrada precisamente aquí, dejó señales relevantes. La presencia de líderes del sector financiero, autoridades y empresarios no solo puso a Cancún en el centro de la conversación nacional, sino que también delineó algunos de los retos más urgentes: acceso al financiamiento, impulso a las pymes, digitalización, nearshoring y certidumbre para la inversión. Temas que, aunque suenan estructurales, tienen un impacto directo en la competitividad del destino y en su capacidad de generar valor más allá del turismo.

El mensaje es claro: no basta con atraer turistas, hay que construir un ecosistema económico más robusto. Uno que permita que el crecimiento no dependa únicamente de la ocupación hotelera, sino de una red de valor más amplia que incluya tecnología, servicios especializados, logística, infraestructura y talento local. La diversificación no es una opción, es una condición para sostener el crecimiento en el mediano y largo plazo.

En paralelo, el aniversario 56 de Cancún también invita a una reflexión más profunda sobre su identidad. ¿Qué sigue para un destino que ya lo ha logrado casi todo en términos de posicionamiento? La respuesta no está en crecer por crecer, sino en crecer mejor: con sostenibilidad, con planeación urbana más ordenada y con una visión que equilibre desarrollo económico y calidad de vida para quienes habitan el destino.

En ese mismo espíritu de evolución y pausa reflexiva, también vale la pena mencionar los 23 años de nuestra revista, Latitud 21, una plataforma que ha acompañado, documentado y cuestionado el desarrollo de este destino. Más que un aniversario, representa la continuidad de una conversación necesaria sobre hacia dónde vamos y qué tipo de crecimiento queremos impulsar.

Porque al final, Cancún no solo es un destino turístico; es un termómetro económico, un laboratorio de inversión y, sobre todo, un reflejo de cómo México se inserta en el mundo. En tiempos de ruido global, su reto no es resistir, sino anticiparse y redefinirse. Y en esa capacidad de anticipación y redefinición, más que en su historia, está su verdadera oportunidad.   

Inteligencia artificial: aliada estratégica del turismo

por ahernandez@latitud21.com.mx 6 marzo, 2026

 

  • Nelly García
  • ngarcia@latitud21.com.mx
  • Carta de la editora

Durante décadas, el turismo ha evolucionado al ritmo de la tecnología. Primero fue la digitalización de las agencias de viaje, luego las plataformas de reservaciones en línea y más tarde el análisis de datos para entender a los viajeros. Hoy, una nueva transformación está en marcha: la inteligencia artificial. No se trata de una tendencia pasajera ni de una moda tecnológica; se perfila como una herramienta estratégica capaz de redefinir la competitividad de empresas y destinos turísticos como Cancún y el Caribe Mexicano.

La inteligencia artificial ya forma parte de la vida empresarial cotidiana, aunque a veces pase desapercibida. Sistemas que anticipan la demanda hotelera, plataformas que personalizan ofertas de viaje o asistentes virtuales que responden a clientes las 24 horas son apenas algunos ejemplos de cómo esta tecnología se ha convertido en una aliada silenciosa. Para pequeñas y grandes empresas, la IA representa la posibilidad de optimizar procesos, reducir costos operativos y mejorar la toma de decisiones con base en datos reales y no únicamente en la intuición.

En un destino turístico altamente competitivo como Cancún, donde miles de empresas compiten por atraer al mismo visitante internacional, la inteligencia artificial puede marcar la diferencia. ¿Qué hotel entenderá mejor las preferencias del viajero antes incluso de que llegue? ¿Qué restaurante sabrá anticipar los hábitos de consumo de sus clientes? ¿Qué agencia podrá diseñar experiencias más personalizadas y eficientes? La ventaja competitiva, cada vez más, dependerá de la capacidad de interpretar información y transformarla en experiencias memorables.

El potencial es amplio. La inteligencia artificial permite analizar grandes volúmenes de datos para prever temporadas altas y bajas, ajustar tarifas dinámicamente, optimizar inventarios y mejorar la logística de servicios turísticos. También abre la puerta a estrategias de mercadotecnia más precisas, capaces de dirigir mensajes a segmentos específicos de viajeros con una eficacia antes impensable. Para el sector empresarial, esto se traduce en mayor rentabilidad y en decisiones mejor fundamentadas.

Sin embargo, el entusiasmo tecnológico no debe hacernos perder de vista los riesgos. ¿Qué ocurre cuando las empresas dependen demasiado de sistemas automatizados? ¿Estamos preparados para proteger la información personal de millones de visitantes? ¿Cómo evitar que la automatización reduzca el componente humano que distingue a la hospitalidad mexicana?

La inteligencia artificial puede optimizar procesos, pero no puede sustituir la calidez del servicio que caracteriza al turismo en Quintana Roo. El reto consiste en lograr un equilibrio: utilizar la tecnología como soporte sin perder la esencia humana que hace memorable una experiencia de viaje. La confianza del visitante dependerá no sólo de la innovación, sino también de la responsabilidad con la que se utilicen los datos y las herramientas digitales.

Otro desafío importante es la capacitación. La inteligencia artificial no generará beneficios si las empresas no cuentan con personal capaz de comprenderla y aprovecharla. La brecha tecnológica puede convertirse en un factor de desigualdad entre empresas que avanzan hacia la digitalización y aquellas que se quedan atrás. En un entorno globalizado, la competitividad del destino depende también de la modernización de su tejido empresarial.

Más que una amenaza, la inteligencia artificial representa una oportunidad histórica para destinos turísticos consolidados como Cancún. La pregunta no es si la IA formará parte del futuro del turismo, sino qué tan preparados estamos para integrarla de manera inteligente.

En un sector donde la experiencia lo es todo, la tecnología debe servir para conocer mejor al visitante y ofrecerle más valor. La inteligencia artificial no sustituirá al turismo tradicional, pero sí redefinirá la forma en que se compite. Y en esa transformación, quienes sepan usarla como aliada tendrán una ventaja decisiva.   

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