Mientras el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá entra en revisión, México sigue atrapado en una discusión superficial: aranceles, reglas de origen, migración. Pero la verdadera negociación ocurre en otro nivel, uno más profundo y determinante: la certeza jurídica.
Estados Unidos no está revisando un tratado. Está rediseñando su arquitectura productiva global. El nearshoring no es una tendencia, es una decisión estratégica. Y en ese tablero, México debería ser el principal beneficiario.
Podría estar captando entre US$35,000 y US$50,000 millones adicionales de inversión extranjera directa al año. Hoy apenas se mantiene en niveles de US$36,000–40,000 millones, con un alto componente de reinversión. Es decir: no estamos creciendo, estamos reciclando.
La diferencia entre el potencial y la realidad no es menor. Es estructural.
Hoy, una empresa global —y en particular una empresa estadounidense— ya no toma decisiones únicamente con base en costos, talento o ubicación. Toma decisiones con base en el riesgo. Pero no en abstracto, sino en cómo ese riesgo se manifiesta en México.
Ese riesgo se evalúa en cinco dimensiones concretas: la jurídica, donde la pregunta es si la inversión puede defenderse ante cambios de criterio; la política, donde las reglas pueden modificarse con cada ciclo electoral; la social, donde el entorno puede aceptar o rechazar un proyecto; la ambiental, donde una inversión puede detenerse o encarecerse por regulación o presión; y la operativa-cultural, donde muchas veces no existe alineación entre autoridades, comunidad y empresa.
México sigue siendo competitivo en costo, ubicación y talento. Pero en estas dimensiones, el mensaje que se está enviando es inconsistente.
Reformas al Poder Judicial, ajustes fiscales, cambios en materia aduanera y criterios variables en la aplicación de instrumentos como la Ley de Amparo han generado un entorno donde la ley deja de ser certeza y se convierte en interpretación. Y en inversión, la interpretación es riesgo.
Un aumento de apenas 1% en la percepción de riesgo puede elevar el costo de capital hasta en 150 puntos base. En proyectos de gran escala, eso no es técnico: es la diferencia entre avanzar o retirarse.
Casos recientes en sectores estratégicos —incluyendo turismo e infraestructura— han reforzado esta percepción. No necesariamente por el fondo de las decisiones, sino por la falta de previsibilidad en su ejecución. Hoy, un proyecto en México no termina cuando se autoriza; empieza una etapa de exposición.
Hoy, el inversionista no teme entrar a México. Teme no poder predecir lo que va a pasar después de haber entrado.
Esa es la señal que se está enviando al mundo. Y esa señal no se queda en el sector privado; llega directamente a las mesas de negociación. Porque en la lógica de Estados Unidos, la certeza jurídica no es un discurso: es una condición operativa.
Ahí está el punto crítico: México quiere capturar el nearshoring, pero al mismo tiempo eleva el riesgo percibido de invertir. Esa contradicción debilita su posición justo en el momento en que más debería fortalecerla.
Corregir el rumbo no requiere más promoción, sino decisiones. Implica garantizar reglas claras y consistentes desde el Poder Judicial, la Secretaría de Gobernación y el Congreso; dar estabilidad fiscal y regulatoria desde la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y el Servicio de Administración Tributaria; construir una política industrial y logística coherente desde la Secretaría de Economía y la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes; y profesionalizar la gestión social y ambiental de los proyectos desde la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y los gobiernos locales. Pero, sobre todo, implica alinear el discurso con la realidad: no basta con atraer inversión, hay que garantizar que permanezca.
La diferencia es brutal. Si México corrige estas variables, puede capturar más de US$300,000 millones adicionales en inversión en la próxima década. Si no lo hace, el riesgo no es dejar de crecer, sino volverse irrelevante en la mayor reconfiguración económica de los últimos 30 años.
El nearshoring no se asigna por intención. Se gana por confianza. Y hoy, esa confianza es exactamente lo que está en juego.
¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos.
