Para generar una planeación estratégica congruente entre la situación actual de la empresa, y las aspiraciones de sus accionistas, se debe considerar como base su misión, visión y valores, los cuales son conceptos que —desde mi punto de vista— se han deteriorado por el uso casual de los mismos y por la concepción de que son prácticamente un requisito a dejar fuera del camino, o bien, se construyen bajo la reflexión privada de que no va a tener implicaciones directas sobre el desarrollo del negocio; que, a lo mucho, serán un complemento enmarcado en las salas de juntas y harán ver a la empresa más seria e institucional.
La misión de una empresa debe de ser clara, incluir una métrica y un motivo. El escritor Donald Miller lo resume en el siguiente modelo: Lograremos X, al hacer Y por el motivo Z, y lo más importante es que debe invitar a la acción. Dicho de otra manera, los miembros de tu equipo deben de poder identificarse con la misión en sus actividades diarias y tener claro que todo lo que ejecutan como parte de su rol influye a que la misión se lleve a cabo.
Existe un incentivo psicológico hacia mantener una misión ambigua, poco específica y difícil de medir dentro de las organizaciones —incluso a nivel personal— porque te otorga la ventaja de no tener claro si lograste o no el objetivo. Es decir, como decía el psicólogo Jordan Peterson, mantener una meta ambigua te sitúa en una posición más cómoda al no cumplirla, la falta de claridad en tu objetivo cubre la falta de calidad de tu resultado. De alguna manera, es permanecer dentro de la zona de confort el no tener claro si cumpliste la meta. Traducido a una empresa: no tener una misión clara que refleje el nivel de ambición de los accionistas es una especie de falta de valentía — por decir lo menos — y llevará a toda la organización a un estado que denomino como nihilismo corporativo, que se puede ejemplificar como la existencia de la siguiente reflexión en la mente de los miembros de la empresa: “haga o no haga, logre o no logre, mi situación en la empresa no cambia”, que a su vez se puede subtitular como “lo que haga o deje de hacer en la empresa, carece de significado”. Salir de este estado es un nudo muy complicado de deshacer y requiere libros al respecto, pero lo que sí puedo resumir, es que el riesgo de que no logren las metas anuales derivado de que los ejecutivos clave se encuentren en este estado es muy alto.
Parte de la solución es confiar en una planificación estratégica que realmente transmita la Misión del negocio y que sea lo suficientemente seductora para que todos los colaboradores se involucren y se “suban al barco” para lograr los objetivos deseados. Además, lograr tener un equipo comprometido a bordo es un lujo —básicamente— que no todos los negocios pueden tener, pero la probabilidad de obtenerlo dado que exista una Misión clara es muy superior a la alternativa.
Al final, pienso que como seres humanos a todos nos cautiva una buena historia, una trama bien planteada en donde nuestra próxima decisión forme parte del desenlace, que lleve implícito un riesgo y a su vez una oportunidad. No es coincidencia que los grandes líderes que han cambiado el paradigma de su campo tengan personalidades excéntricas y siempre de la mano de una ideología que contagia. Aquí la clave será que el cuerpo directivo entienda que dirigir una empresa es algo mucho menos frío de lo que aparenta y se trata más bien de inspirar a personas hacia un bien común.
