Una leyenda urbana de la Guerra Fría cobró vida a principios de los sesenta con aquella crisis de los misiles que estuvo a punto de provocar que en lugar de escribir esta columna, se la enviara a mi editor por señales de humo si es que algo sobrevivía. Stanley Kubrick cooperó con el mito y estableció en su película Doctor Strangelove, esta famosa línea de comunicación entre el Premier de la Unión Soviética y el Presidente de los Estados Unidos. A todo mundo le pareció natural. Era muy lógico que durante la referida crisis nuclear, tanto Kennedy como Krushov se entendieran de una manera directo a través de, sí, un teléfono rojo directo. Todo perfecto, pero, pequeño detalle: es un mito. La comunicación en aquel entonces era por medio de mensajes encriptados vía telégrafo que podían tardar hasta doce horas. Esa espera le pudo costar su existencia a la especie humana. Hoy, luego del más eficiente télex vía cable y más adelante por satélite y otros medios directos e inmediatos se evitan retrasos y malinterpretaciones; no hay como entrar a las redes sociales y enterarnos de chismes entre países que antes formaban parte de la hermética política internacional y alimentaban la imaginación de escritores como Ian Flemming. Dispárenme un Martini con vodka, porfa.
Las líneas directas, teléfonos rojos, hotlines o como les quieras llamar, son clásicas en la narrativa de las relaciones políticas, diplomáticas o empresariales. En México, en los medios de comunicación, siempre se habló de que los dueños de los medios masivos, electrónicos o impresos, tenían una línea directa con Los Pinos (para las nuevas generaciones, fue la residencia oficial del Presidente desde finales de los años treinta, hasta el capricho de 2018). Cuando un periodista editorializaba o daba una nota, la redactaba o se publicaba y ésta no era del agrado del poder, solía esperarse la “línea” para recordarle al empresario de los medios, que el papel con el que se imprimía, llegaba únicamente de un negocio manejada por el gobierno; que el aire por donde viajan las ondas de radio y televisión, son propiedad de la nación y la emisora o el canal, a menos que perteneciera al Estado, eran concesionadas y ese permiso podía ser revocado. “Ahí le encargo, querido amigo. Con el ánimo de seguir trabajando juntos, creo que nos entendemos, ¿no cree?” Me imagino a un secretario de Gobernación setentero disparando esa perorata al empresario porque uno de sus periodistas se puso rebelde, se sintió Woodward y Bernstein y quiso probar la libertad de expresión de la que gozaban los colaboradores de Washington Post o New York Times. Luego de tremendo regaño, el colega terminó sus días cubriendo fuentes más asépticas como sociales o espectáculos. Sí, eran los años aquellos del “calladitos nos veíamos más bonitos” y tanto los titulares de los diarios impresos, como los electrónicos, por lo general llevaban una declaración o una actividad del señor presidente. Los años maravillosos de la dictadura de partido en donde nada salía mal.
Por eso, algunos trasnochados, cultivados en las mañas de esos días, siguen añorando las delicias de la impunidad sin freno y la complicidad matraquera de quienes se ganan la vida informando y que estén dispuestos a morder la jugosa manzana del árbol oficialista. Su labor es hacer circo y desviar balas; guaruras mediáticos, podríamos llamarles. No, no es la primera vez que nos quieren espantar con el petate del occiso. La posibilidad de una “ley mordaza”, desde que las audiencias se volvieron más y más exigentes y comprometidas con la elección de su propio destino, parece por momentos alejarse de la costa merced a un mar de fondo social que arrastra mar adentro el peligro del autoritarismo. Peeeerooooo…
Siempre está el antojo de quienes no tienen llenadera y fueron los segundones en la cadena alimenticia. Al llegar y plantar la bandera, se contagian del peligroso virus de la intransigencia y se olvidan que llegaron gracias a un proceso democrático en donde hablaron las mayorías. A partir de entonces, dejar hablar a éstas es lo que tratan de evitar a toda costa.
Ante los ojos y oídos del mundo hiperconectado, las extorsiones del pasado hacia la prensa y la expresión libre de las ideas tuvieron que hacerse más, mucho más sutiles. Es cierto que inteligentemente para evitar baños de sangre (aunque tuvieron resbalones que los exhibieron como el 68 y el 71), el sistema abría válvulas de escape cuidadosa e inteligentemente situadas que a su vez, mantenían al pueblo de buen humor y alejado de los temas coyunturales con los caricaturistas políticos, los programas radiofónicos y televisivos de Lechuga y Salinas o desde antes, las arengas y los sabrosos sketches cómicos de monologuistas como Jesús Martínez “Palillo” y las carpas. Era esa sagacidad de la dictadura de partido que nunca tuvieron otros gobiernos totalitarios menos imaginativos y que recurrían frecuentemente a la desaparición, la tortura, la masacre. No quiere decir que los nuestros nunca llegaron a esos extremos, pero para mantener la paz social que tanto presumieron durante casi setenta años, había que echar mano de otras herramientas.
Hay un relevo generacional, ni qué dudarlo. Esta transición deja la herencia de los viejos que vivieron el antiguo régimen heredando a los nuevos las añejas tretas y las modificándolas para adaptarse al formato de los presentes y futuros votantes que garantizarán la sobrevivencia del “Reich” por los siglos de los siglos. Y un reto es callarnos la boca sin que parezca que nos callan la boca. Si no te pueden maicear y hacerte pasar al lado obscuro, siempre estará el desprestigio ante el foro nacional de un programa mañanero diseñado para vender espejitos, difamar, victimizarse, soltar a la jauría dogmatizada de la granja y hacerte pedazos. Mientras lo disfrazamos como “derechos de las audiencias”. Aunque, sin duda, todavía está el recurso romántico y en alguna jefatura de redacción sonará un hipotético teléfono rojo.
IÑAKI MANERO
Escena poscrédito: Dicen que esos dos andan buscando sentarse en otra banca de la colonia Tabacalera. El mal no muere, solo se transforma.
