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Revista Latitud 21
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Bitácora de viaje

   Bitácora de Viaje LXX

por NellyG 3 agosto, 2026

 

 

Una leyenda urbana de la Guerra Fría cobró vida a principios de los sesenta con aquella crisis de los misiles que estuvo a punto de provocar que en lugar de escribir esta columna, se la enviara a mi editor por señales de humo si es que algo sobrevivía. Stanley Kubrick cooperó con el mito y estableció en su película Doctor Strangelove, esta famosa línea de comunicación entre el Premier de la Unión Soviética y el Presidente de los Estados Unidos. A todo mundo le pareció natural. Era muy lógico que durante la referida crisis nuclear, tanto Kennedy como Krushov se entendieran de una manera directo a través de, sí, un teléfono rojo directo.  Todo perfecto, pero, pequeño detalle: es un mito. La comunicación en aquel entonces era por medio de mensajes encriptados vía telégrafo que podían tardar hasta doce horas. Esa espera le pudo costar su existencia a la especie humana.  Hoy, luego del más eficiente télex vía cable y más adelante por satélite y otros medios directos e inmediatos se evitan retrasos y malinterpretaciones; no hay como entrar a las redes sociales y enterarnos de chismes entre países que antes formaban parte de la hermética política internacional y alimentaban la imaginación de escritores como Ian Flemming.  Dispárenme un Martini con vodka, porfa.

Las líneas directas, teléfonos rojos, hotlines o como les quieras llamar, son clásicas en la narrativa de las relaciones políticas, diplomáticas o empresariales. En México, en los medios de comunicación, siempre se habló de que los dueños de los medios masivos, electrónicos o impresos, tenían una línea directa con Los Pinos (para las nuevas generaciones, fue la residencia oficial del Presidente desde finales de los años treinta, hasta el capricho de 2018). Cuando un periodista editorializaba o daba una nota, la redactaba o se publicaba y ésta no era del agrado del poder,  solía esperarse la “línea” para recordarle al empresario de los medios, que el papel con el que se imprimía, llegaba únicamente de un negocio manejada por el gobierno; que el aire por donde viajan las ondas de radio y televisión, son propiedad de la nación y la emisora o el canal, a menos que perteneciera al Estado, eran concesionadas y ese permiso podía ser revocado.  “Ahí le encargo, querido amigo. Con el ánimo de seguir trabajando juntos, creo que nos entendemos, ¿no cree?” Me imagino a un secretario de Gobernación setentero disparando esa perorata al empresario porque uno de sus periodistas se puso rebelde, se sintió Woodward y Bernstein y quiso probar la libertad de expresión de la que gozaban los colaboradores de Washington Post o New York Times. Luego de tremendo regaño, el colega terminó sus días cubriendo fuentes más asépticas como sociales o espectáculos.  Sí, eran los años aquellos del “calladitos nos veíamos más bonitos” y tanto los titulares de los diarios impresos, como los electrónicos, por lo general llevaban una declaración o una actividad del señor presidente. Los años maravillosos de la dictadura de partido en donde nada salía mal.

Por eso, algunos trasnochados, cultivados en las mañas de esos días, siguen añorando las delicias de la impunidad sin freno y la complicidad matraquera de quienes se ganan la vida informando y que estén dispuestos a morder la jugosa manzana del árbol oficialista. Su labor es hacer circo y desviar balas; guaruras mediáticos, podríamos llamarles. No, no es la primera vez que nos quieren espantar con el petate del occiso. La posibilidad de una “ley mordaza”, desde que las audiencias se volvieron más y más exigentes y comprometidas con la elección de su propio destino, parece por momentos alejarse de la costa merced a un mar de fondo social que arrastra mar adentro el peligro del autoritarismo. Peeeerooooo…

Siempre está el antojo de quienes no tienen llenadera y fueron los segundones en la cadena alimenticia. Al llegar y plantar la bandera, se contagian del peligroso virus de la intransigencia y se olvidan que llegaron gracias a un proceso democrático en donde hablaron las mayorías. A partir de entonces, dejar hablar a éstas es lo que tratan de evitar a toda costa.

Ante los ojos y oídos del mundo hiperconectado, las extorsiones del pasado hacia la prensa y la expresión libre de las ideas tuvieron que hacerse más, mucho más sutiles. Es cierto que inteligentemente para evitar baños de sangre (aunque tuvieron resbalones que los exhibieron como el 68 y el 71), el sistema abría válvulas de escape cuidadosa e inteligentemente situadas que a su vez, mantenían al pueblo de buen humor y alejado de los temas coyunturales con los caricaturistas políticos, los programas radiofónicos y televisivos de Lechuga y Salinas o desde antes, las arengas y los sabrosos sketches cómicos de monologuistas como Jesús Martínez “Palillo” y las carpas.  Era esa  sagacidad de la dictadura de partido que nunca tuvieron otros gobiernos totalitarios menos imaginativos y que recurrían frecuentemente a la desaparición, la tortura, la masacre. No quiere decir que los nuestros nunca llegaron a esos extremos, pero para mantener la paz social que tanto presumieron durante casi setenta años, había que echar mano de otras herramientas.

Hay un relevo generacional, ni qué dudarlo. Esta transición deja la herencia de los viejos que vivieron el antiguo régimen heredando a los nuevos las añejas tretas y las modificándolas para adaptarse al formato de los presentes y futuros votantes que garantizarán la sobrevivencia del “Reich” por los siglos de los siglos.  Y un reto es callarnos la boca sin que parezca que nos callan la boca. Si no te pueden maicear y hacerte pasar al lado obscuro, siempre estará el desprestigio ante el foro nacional de un programa mañanero diseñado para vender espejitos, difamar, victimizarse, soltar a la jauría dogmatizada de la granja y hacerte pedazos.  Mientras lo disfrazamos como “derechos de las audiencias”.  Aunque, sin duda, todavía está el recurso romántico y en alguna jefatura de redacción sonará un hipotético teléfono rojo.

 

IÑAKI MANERO

 

Escena poscrédito: Dicen que esos dos andan buscando sentarse en otra banca de la colonia Tabacalera. El mal no muere, solo se transforma.

 

 

Bitácora de Viaje LXIX  

por NellyG 1 julio, 2026

Bitácora de Viaje LXIX

 

                             UN PATO, VIENE CANTANDO ALEGREMENTE, CUAC, CUAC…

-Joao Gilberto

 

Animalero he sido toda la vida. Tú dirás. Viviendo en un rancho y viendo en la tele documentales de Marlin Perkins, Félix Rodríguez de la Fuente, Ramón Bravo o Jaques Cousteau (esos cuates sí eran influencers de verdad), uno aprende a amar, conocer y respetar. De niño devoraba las enciclopedias que juntaba semana a semana de Salvat y otras editoriales; a aquellos libros sobre animales y océanos de Time-Life con increíbles fotos y datos que apuraron de forma cuántica mis ansias por aprender a juntar los sonidos de las letras para saber de qué se trataba tanta maravilla y comenzar la aventura de leer. La vida siempre ha sido mi gran misterio a resolver nunca (incongruencia intencional) y tal vez esa característica de que algo, desde un tardígrado, hasta una ballena azul, o si se quiere, de un champiñón hasta una secuoya (que por cierto, pertenecen a reinos separados), intercambien gases, se muevan, se alimenten, se reproduzcan; ese conjunto de actividades individuales, desde el nacimiento, hasta el tánatos, es lo que a tantos ha sugerido la posibilidad de que seamos diseño de alguna inteligencia inescrutable. Lo cierto es que, hasta ahora, lo que somos, es una chiripa, una casualidad, una coincidencia de factores que nos hace únicos.

Distancia correcta a nuestra estrella, tamaño, composición química de la atmósfera y tierra, agua, luz, rayos UV (gracias, Carl Sagan), actividad sísmica y volcánica, formación de continentes y mares. Somos producto de una serendipia. Unos grados más o menos, y yo no estaría escribiendo esto y tú no lo estarías leyendo. ¿Te das cuenta de lo increíblemente valiosa que es la vida? Despertar cada mañana, respirar (gracias, Pau Donés), ir al baño, sentir hambre, saciarla, sentir sed, saciarla, enfermarnos, curarnos, sonreír, fruncir el ceño, caminar, padecer ese estado de estupidez transitoria llamado enamoramiento por la acción de ciertas drogas en nuestro cerebro. Da miedo buscar más allá ante tanta perfección, pero hasta ahora, llegamos al mismo impasse, al punto muerto.

De ahí en adelante, especulamos y nos matamos por probar que mi amigo imaginario es mejor que el tuyo o, de plano, no hay, habido, ni habrá tal amigo imaginario y estamos totalmente solos pero con nosotros mismos. La vida, dicen algunos científicos, ha sido el gran error del universo. Por eso, es tan delicada y en ocasiones tan resistente.  Estaremos tal vez esperando la llamada de ET que nunca llegará.

En algún momento, alguien nos vendió la idea hace miles de años (idea por cierto fusilada de otros), que somos, los seres humanos, los reyes de la creación. Cierto, somos la evolución cerebral más alta, pero nos la compramos, de que eso nos da carta blanca para torcer, parasitar, depredar, asolar a nuestro antojo. Somos una especie más dentro del orden taxonómico; incluso tenemos una ficha biológica con reino, clase, orden, familia, género o especie, igual que la que podría tener un percebe. Estamos basados en el carbón igual que un plátano o una cucaracha. Y no, no se ha podido probar científicamente la existencia de un alma divina. Sigue siendo una forma de confortar nuestra evolucionada autopercepción de que algún día ya no estaremos más. Así que, no, no somos tan especiales, ni tan divinos, ni tan perfectos.

Eso sí, la corteza prefrontal apuntaría a una consciencia mayor y mejor de nuestro entorno y la responsabilidad de cuidarlo para asegurar la sobrevivencia. Por lo menos, el resto de los animales con los que compartimos el planeta, tienen un desarrollado instinto de autopreservación; incluso el pasto emite una llamada de emergencia cuando lo están cortando por medio de señales químicas para advertir a otros pastos del peligro (infodumping: es el, para nosotros, agradable olor al césped recién cortado).  Nosotros talamos, cortamos, hacemos fracking, depredamos, contaminamos, envenenamos en el nombre de la civilización; bonita forma de enmascarar la rapacidad tanto de derecha, como de izquierda.

Un ejemplo a botepronto (término futbolístico, ahora que está de moda): si continuamos permitiendo la extinción de las abejas (y otros muchos insectos, aves o mamíferos polinizadores), seguiremos siendo jalados cada vez más por la gravedad del abismo. Tan solo las abejas son responsables del 75 por ciento de los cultivos alimentarios en el mundo. Jitomate, tomate, chile, frijol, calabaza, cacao, aguacate, café, guayaba, ciruela, papaya, durazno, manzana, sandía, melón, fresa… La marchanta del mercado estaría muy solita en su puesto vendiendo prácticamente… nada. Un murcielaguito es responsable de que probablemente hoy salgas con amigos y te eches un par de tequilas entre pecho y espalda.

¿Ves que la vida en todas sus manifestaciones es hermosa y no solo por el sentido estético de una flor o el vuelo de un albatros? La vida, en su diseño, en su función, es hermosa porque nada, ni una mosca, ni una hiedra, salen sobrando del diseño original. ¿Diseño de quién o de qué y para qué? No pierdas el tiempo en preguntas ociosas. Tiempo es lo que no tenemos, lo que en realidad no existe. O ya me hizo efecto el verano o este mezcal que me trajeron de Oaxaca está buenísimo, pero quise compartirte, porque tú y yo y toda el arca de Noé, vamos juntos en una canica que gira a 1,670 kilómetros por hora y se desplaza a 107,280 kilómetros por hora en una sincronización perfecta.

Si estás de acuerdo conmigo…

Entonces, ¿por qué carajos amarrarle a un pato una playera de la selección nacional de fútbol como si fuera camisa de fuerza impidiendo que extienda sus alas? Quémenme en leña verde si quieren, pero eso es maltrato animal.

Iñaki Manero

 

Escena poscrédito: Fuerza, Venezuela.

 

BITÁCORA DE VIAJE XI

por ahernandez@latitud21.com.mx 1 junio, 2021
  • Por Iñaki Manero
  • Comunicador
  • Twitter @inakimanero Facebook @inakimanerooficial 

Siempre ha sido costumbre del mentiroso,

 de su crédito dudoso, jurar para ser creído.

– Juan Ruiz de Alarcón

Cuenta la anécdota, que un domingo, ya cansado de recorrer las calles de la gran ciudad (lo hacía en domingo porque en su grupo saben que es cuando la gente, por lo general, está en casa), su espíritu le impelía a no cejar en el empeño, en la gran cruzada a la que había prometido dedicar la vida. Se paró frente a la puerta, anudó la corbata, a pesar de los increíbles 30 grados para esa hora de la mañana, limpió juguetonas burbujas de sudor que nacían en las cejas y repitiendo el mantra de siempre, pulsó el timbre, estoico, aún conociendo la respuesta acostumbrada. Para su sorpresa, no hubo reclamo, ni réplica, ni mentada de madre. Con un sonido mecánico, la puerta de lámina se abrió y apareció el rostro afable de una mujer en su mediana edad. Considerando que sería una variación al mismo tema, aunque un poco confundido por la poca resistencia, comenzó el discurso acostumbrado…

   – Buen día, hermana. Soy Juan Pérez, ¿me permite hablarle sobre la Iglesia de…

   – Pase, pase –La mujer no le dejó terminar–. Hace mucho calor. Ha de venir cansado. Venga, entre a su pobre casa. 

   Azorado, obedeció. Tras un patio lleno de plantas en macetas de barro y un michi tomando lánguido el sol, entró a una pequeña pero bien iluminada sala.

   – Ahora viene mi marido. Siéntese, siéntese, por favor. ¿Agüita de limón?

   – Eeeeh…  Sí, por favor, gracias… no quiero que sea una molestia…

   – No, para nada –continuó la señora– es su casa. 

   En un momento, se integró el esposo. De sonrisa franca y mirada comprensiva. Saluda de mano al caminante, se sienta junto a su compañera en el mínimo love seat con estampados de margaritas. Rompiendo lo que un segundo más tornaría en silencio incómodo, la esposa habló:

   – Bien, don Juan. Estamos a sus órdenes…  Por favor, póngase cómodo y cuéntenos. ¿Qué le trae a esta su casa? 

   Juan mira a un lado, mira al otro, mira a la pared y se concentra en el punto en que el tapiz se empieza a desprender. La garganta avisa que no hay saliva para lubricar y toma un trago largo del agua de limón endulzada con piloncillo. Recuperando el habla, alcanza a balbucear…

   – No sé. 

   – Ah, caray. ¿Y eso? –Pregunta el marido con vivo interés. 

   – Es que…  Es que… Ejem.  ¡Es que en todos estos años, no me habían invitado a pasar nunca! ¡Y ahora no sé qué decir! 

   En el momento de escribir estas líneas, 23 de mayo de 2021, a unos días del 6 de junio, se aplazó a seis semanas los primeros resultados del peritaje a la tragedia (¿accidente? ¿incidente?) de la línea 12 del metro de CDMX. A unos días del 6 de junio, la capital del país está por pasar a semáforo verde junto con buena parte del territorio; a unos días del 6 de junio, no se ha terminado de vacunar a mayores de sesenta años, personal médico público y privado, mujeres embarazadas, mujeres y hombres de 50 a 59 o docentes. Ya anunciaron que en julio van de 40 a 49, 30 a 39…  Finalizar el esquema de vacunación para octubre con todo y 18 y más. Se dijo antes del 6 de junio. Hoy, 23 de mayo de 2021, México ha vacunado completamente al 9.1% de su población  https://ourworldindata.org/covid-vaccinations  El eterno gambito de la forma y el fondo o el truco de los espejitos. Bien lo decían los viejos, el que mucho abarca…   Campeche y Nayarit, que ya habían regresado a clases ante la insistencia del gobierno federal, reculan y vuelven a casa ante la presencia de casos. Ciudad de México, más cauta, anuncia el 7 de junio (un día después de las elecciones, pero de manera escalonada y opcional, advirtiendo que al primer infectado, todo para atrás).  

   En una encuesta local, realizada por la compañía norteamericana Morning Consult  https://morningconsult.com/form/global-leader-approval/ cuyos resultados se dieron a conocer hace un par de semanas en la conferencia matutina del presidente, se presumió casi con estridencia retadora, que este resultó el mandatario con mayor aprobación en el mundo. Sí, a unos días del 6 de junio. Alerta de “spoiler”: En realidad se hizo a casi tres mil personas, reitero, de manera local y sobre la popularidad de 13 jefes de Estado. O sea, al .0002 por ciento de la población mexicana le preguntaron sobre la popularidad del 7 por ciento de quienes gobiernan 197 países en el mundo, con una metodología que despierta más dudas que certezas. A unos días del 6 de junio. 

   Todavía parece que fue ayer cuando le escuché a mi abuelo don Belisario decir…  “Qué cierto aquello de que prometer no empobrece y no es lo mismo ser borracho que cantinero”. Amén, don Beli. 

   En un sillón, frente al vaso con agua de limón endulzada con piloncillo, un confundido Juan Pérez sigue sentado sin saber qué decirle al amable matrimonio.   

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