El valor de un pato

por ahernandez@latitud21.com.mx
  • Carta de la editora
  • Nelly García
  • ngarcia@latitud21.com.mx

 

En otros tiempos, un personaje simpático se quedaba en la memoria colectiva. Hoy, apenas se vuelve tendencia, la primera pregunta ya no es por qué nos hizo sonreír, sino cuánto vale; alguien intenta registrarlo como marca y un tercero ya está diseñando la playera, la taza y la gorra. Bienvenidos a la economía de la viralidad.

El Pato Merlín es el ejemplo perfecto. En plena fiebre mundialista pasó de ser un ave con una camiseta de la Selección Mexicana caminando con sus dueños en la Ciudad de México a convertirse en protagonista de redes sociales, invitado a la conferencia presidencial y, ahora, en un expediente del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI). Su propietaria ya inició el procedimiento para proteger legalmente el nombre y la identidad comercial del personaje, demostrando cómo un fenómeno viral puede transformarse, en cuestión de días, en un activo económico.

Y la decisión tiene toda la lógica del mundo.

Porque las emociones venden. Cuando un personaje logra instalarse en el imaginario colectivo deja de ser un simple fenómeno de internet para convertirse en un activo comercial. Ahí entra el IMPI, cuya función es proteger legalmente los signos distintivos que cumplen con los requisitos establecidos por la ley.

En otras palabras, el IMPI no registra un pato. Registra el valor económico que una historia llegó a construir.

La lección empresarial es enorme. Mientras muchas compañías invierten millones intentando crear una marca memorable, las redes sociales demostraron que, a veces, basta un instante auténtico para generar un fenómeno nacional. Pero ese instante también tiene fecha de caducidad. Lo viral corre a la velocidad del algoritmo; la protección legal, en cambio, requiere estrategia y paciencia. Registrar una marca deja de ser un trámite para convertirse en una decisión de negocios.

Sin embargo, donde aparece una oportunidad económica también suele surgir un debate incómodo.

Diversas organizaciones animalistas han advertido que el éxito del Pato Merlín podría provocar una moda poco responsable: personas que decidan comprar un pato simplemente porque “se ve bonito” o porque quieren tener su propio Merlín. Ya ocurrió con los dálmatas tras “101 Dálmatas”, con los huskies después de “Game of Thrones” y con especies como erizos, hurones o reptiles que un día fueron tendencia y después terminaron en centros de rescate.

El merchandising tiene límites cuando el protagonista respira.

Una cosa es comercializar una ilustración o un personaje inspirado en una mascota. Muy distinta es convertir al propio animal en una herramienta permanente de promoción. El marketing moderno presume de conectar emocionalmente con las personas; precisamente por eso también debería asumir una responsabilidad ética sobre los seres vivos que utiliza para generar esa conexión.

Quizá el verdadero aprendizaje del caso Merlín no esté únicamente en el registro de una marca. Está en entender que vivimos una época donde la propiedad intelectual, la economía digital y la responsabilidad social ya no caminan por separado.

Porque registrar una marca protege un negocio. Pero proteger aquello que dio origen a esa marca —en este caso, un ser vivo— habla mucho más de la clase de empresarios y consumidores que aspiramos a ser.

Al final, el Mundial terminará, llegará otra tendencia y aparecerá el siguiente fenómeno viral. La pregunta es si seguiremos reaccionando con la velocidad del clic… o con la madurez que exige convertir una buena historia en una buena marca, sin olvidar que algunas historias, antes que productos, siguen teniendo corazón. O, en este caso, alas.