Competir sin atajos

por ahernandez@latitud21.com.mx

 

La polémica por el examen de admisión de la UNAM trasciende por mucho una discusión tecnológica. No se trata únicamente de determinar si algunos aspirantes utilizaron Inteligencia Artificial para obtener una ventaja indebida o si la universidad deberá repetir la prueba. Lo que realmente está en juego es la confianza en el mérito como punto de partida para formar a quienes dirigirán el país en las próximas décadas.

Por primera vez en su historia, la UNAM aplicó completamente en línea su examen de ingreso a licenciatura. Lo que buscaba ampliar el acceso para miles de jóvenes terminó convirtiéndose en una controversia nacional, tras resultados considerados atípicos, la suspensión temporal de inscripciones y la instalación de una Comisión Técnica que revisará la validez del proceso.

Pero el verdadero problema no es la tecnología.

La Inteligencia Artificial no decidió hacer trampa. Fueron personas quienes optaron por utilizarla para obtener un beneficio que no habían ganado con preparación. La IA es una herramienta; el dilema sigue siendo profundamente humano.

Durante años hemos repetido que la educación es la base del desarrollo. Sin embargo, pocas veces pensamos en el momento donde ese desarrollo comienza a construirse: el ingreso a las universidades. Ahí empieza la formación de quienes dentro de algunos años diseñarán hospitales, impartirán justicia, crearán empresas, investigarán nuevas tecnologías o tomarán decisiones desde el servicio público.

No estamos hablando únicamente de estudiantes. Estamos hablando de los futuros líderes de México.

Si el acceso a esa formación se contamina por el fraude, el daño no solo alcanza a quienes fueron desplazados injustamente. También compromete la calidad del capital humano que sostendrá la economía, las instituciones y la competitividad del país.

La competitividad no comienza cuando llega una inversión o se inaugura una obra de infraestructura. Empieza mucho antes, en las aulas donde se forman las personas que harán posible ese crecimiento. Ninguna economía puede aspirar a ser más productiva si normaliza que el esfuerzo vale menos que el engaño.

Las naciones más competitivas comparten un rasgo fundamental: confían en sus instituciones y en sus procesos de selección. Las empresas invierten donde encuentran talento; las universidades generan conocimiento cuando el mérito prevalece; la innovación prospera cuando las oportunidades dependen de las capacidades y no de los atajos.

El caso de la UNAM deja además una lección inevitable. La Inteligencia Artificial llegó para quedarse y transformará prácticamente todas las profesiones. El desafío no consiste en combatirla, sino en aprender a utilizarla con responsabilidad. Debe potenciar el aprendizaje, no sustituirlo; ampliar capacidades, no reemplazar el esfuerzo.

Quizá la universidad determine que hubo irregularidades, quizá repita el examen o quizá valide la mayor parte de los resultados. Cualquiera que sea la decisión, el episodio ya dejó una advertencia: la mayor amenaza no es la Inteligencia Artificial, sino la tentación de convertirla en un instrumento para debilitar el mérito.

Porque el examen más importante no era el de admisión a la UNAM. Es el que México presenta como sociedad para decidir si quiere construir su futuro sobre el conocimiento, la honestidad y la preparación, o sobre los atajos que, tarde o temprano, terminan pasándole la factura a la competitividad del país.