Bitácora de Viaje LXIX  

por NellyG

Bitácora de Viaje LXIX

 

                             UN PATO, VIENE CANTANDO ALEGREMENTE, CUAC, CUAC…

-Joao Gilberto

 

Animalero he sido toda la vida. Tú dirás. Viviendo en un rancho y viendo en la tele documentales de Marlin Perkins, Félix Rodríguez de la Fuente, Ramón Bravo o Jaques Cousteau (esos cuates sí eran influencers de verdad), uno aprende a amar, conocer y respetar. De niño devoraba las enciclopedias que juntaba semana a semana de Salvat y otras editoriales; a aquellos libros sobre animales y océanos de Time-Life con increíbles fotos y datos que apuraron de forma cuántica mis ansias por aprender a juntar los sonidos de las letras para saber de qué se trataba tanta maravilla y comenzar la aventura de leer. La vida siempre ha sido mi gran misterio a resolver nunca (incongruencia intencional) y tal vez esa característica de que algo, desde un tardígrado, hasta una ballena azul, o si se quiere, de un champiñón hasta una secuoya (que por cierto, pertenecen a reinos separados), intercambien gases, se muevan, se alimenten, se reproduzcan; ese conjunto de actividades individuales, desde el nacimiento, hasta el tánatos, es lo que a tantos ha sugerido la posibilidad de que seamos diseño de alguna inteligencia inescrutable. Lo cierto es que, hasta ahora, lo que somos, es una chiripa, una casualidad, una coincidencia de factores que nos hace únicos.

Distancia correcta a nuestra estrella, tamaño, composición química de la atmósfera y tierra, agua, luz, rayos UV (gracias, Carl Sagan), actividad sísmica y volcánica, formación de continentes y mares. Somos producto de una serendipia. Unos grados más o menos, y yo no estaría escribiendo esto y tú no lo estarías leyendo. ¿Te das cuenta de lo increíblemente valiosa que es la vida? Despertar cada mañana, respirar (gracias, Pau Donés), ir al baño, sentir hambre, saciarla, sentir sed, saciarla, enfermarnos, curarnos, sonreír, fruncir el ceño, caminar, padecer ese estado de estupidez transitoria llamado enamoramiento por la acción de ciertas drogas en nuestro cerebro. Da miedo buscar más allá ante tanta perfección, pero hasta ahora, llegamos al mismo impasse, al punto muerto.

De ahí en adelante, especulamos y nos matamos por probar que mi amigo imaginario es mejor que el tuyo o, de plano, no hay, habido, ni habrá tal amigo imaginario y estamos totalmente solos pero con nosotros mismos. La vida, dicen algunos científicos, ha sido el gran error del universo. Por eso, es tan delicada y en ocasiones tan resistente.  Estaremos tal vez esperando la llamada de ET que nunca llegará.

En algún momento, alguien nos vendió la idea hace miles de años (idea por cierto fusilada de otros), que somos, los seres humanos, los reyes de la creación. Cierto, somos la evolución cerebral más alta, pero nos la compramos, de que eso nos da carta blanca para torcer, parasitar, depredar, asolar a nuestro antojo. Somos una especie más dentro del orden taxonómico; incluso tenemos una ficha biológica con reino, clase, orden, familia, género o especie, igual que la que podría tener un percebe. Estamos basados en el carbón igual que un plátano o una cucaracha. Y no, no se ha podido probar científicamente la existencia de un alma divina. Sigue siendo una forma de confortar nuestra evolucionada autopercepción de que algún día ya no estaremos más. Así que, no, no somos tan especiales, ni tan divinos, ni tan perfectos.

Eso sí, la corteza prefrontal apuntaría a una consciencia mayor y mejor de nuestro entorno y la responsabilidad de cuidarlo para asegurar la sobrevivencia. Por lo menos, el resto de los animales con los que compartimos el planeta, tienen un desarrollado instinto de autopreservación; incluso el pasto emite una llamada de emergencia cuando lo están cortando por medio de señales químicas para advertir a otros pastos del peligro (infodumping: es el, para nosotros, agradable olor al césped recién cortado).  Nosotros talamos, cortamos, hacemos fracking, depredamos, contaminamos, envenenamos en el nombre de la civilización; bonita forma de enmascarar la rapacidad tanto de derecha, como de izquierda.

Un ejemplo a botepronto (término futbolístico, ahora que está de moda): si continuamos permitiendo la extinción de las abejas (y otros muchos insectos, aves o mamíferos polinizadores), seguiremos siendo jalados cada vez más por la gravedad del abismo. Tan solo las abejas son responsables del 75 por ciento de los cultivos alimentarios en el mundo. Jitomate, tomate, chile, frijol, calabaza, cacao, aguacate, café, guayaba, ciruela, papaya, durazno, manzana, sandía, melón, fresa… La marchanta del mercado estaría muy solita en su puesto vendiendo prácticamente… nada. Un murcielaguito es responsable de que probablemente hoy salgas con amigos y te eches un par de tequilas entre pecho y espalda.

¿Ves que la vida en todas sus manifestaciones es hermosa y no solo por el sentido estético de una flor o el vuelo de un albatros? La vida, en su diseño, en su función, es hermosa porque nada, ni una mosca, ni una hiedra, salen sobrando del diseño original. ¿Diseño de quién o de qué y para qué? No pierdas el tiempo en preguntas ociosas. Tiempo es lo que no tenemos, lo que en realidad no existe. O ya me hizo efecto el verano o este mezcal que me trajeron de Oaxaca está buenísimo, pero quise compartirte, porque tú y yo y toda el arca de Noé, vamos juntos en una canica que gira a 1,670 kilómetros por hora y se desplaza a 107,280 kilómetros por hora en una sincronización perfecta.

Si estás de acuerdo conmigo…

Entonces, ¿por qué carajos amarrarle a un pato una playera de la selección nacional de fútbol como si fuera camisa de fuerza impidiendo que extienda sus alas? Quémenme en leña verde si quieren, pero eso es maltrato animal.

Iñaki Manero

 

Escena poscrédito: Fuerza, Venezuela.