El título puede sonar un poco discriminatorio, pero refleja una realidad: muchas empresas consolidadas, con al menos diez años de operación, están dirigidas por hombres y mujeres cuyas edades rondan los cincuenta años. Casualmente, soy una de ellas. Empezaré por establecer algunos hechos. Nosotros somos una generación de transición. Nos tocó presenciar la llegada del teléfono celular, de las computadoras personales y de internet, y hemos intentado mantener el paso frente a cada avance tecnológico.
En nuestras empresas hemos contratado a personas más jóvenes que nos han ayudado a comprender e implementar herramientas digitales para mejorar la productividad. Pero —y es un gran PERO— ahora nos encontramos frente a la inteligencia artificial. He tomado varios cursos de Chat GPT y ya sentía que empezaba a entenderlo y a obtener resultados muy buenos. Pero ahora me salen con que ya está obsoleto y que hay que usar Claude. ¡Por Diossss! ¿Y ahora por dónde empiezo?
Hablando con varios de mis coetáneos, también empresarios, descubrí que muchos estamos como “chícharo en jarro”, frase de mi abuela que utilizaba para describir la desproporción entre un entorno macro y un asunto micro.
Corremos a conferencias con títulos tan rimbombantes como: “Lleva tu negocio a la era digital con IA”, “Lleva tu negocio de cero a cien en tres días con inteligencia artificial” o uno de los más enigmáticos: “Elimina la contratación y logra que tu negocio opere con IA”.
Aún no me he topado personalmente con una empresa que funcione sin personas, aunque, si uno cree en los miles de anuncios que aparecen en Instagram, TikTok o en cualquier plataforma utilizada para mantenerse conectado con las redes sociales, esas empresas ya existen. Dicen que operan mediante “agentes”; es decir, entes virtuales capaces de ejecutar los procesos que se les encomiendan. Estoy segura de que esto puede ser real, pero ya quiero ver que llamen a un agente para que cambie la tarjeta electrónica del aire acondicionado. El agente podrá explicarte cómo cambiarla, pero todavía no tiene manos para hacerlo.
¿Qué nos espera?
La verdad es que me siento un poco perdida en un mar de información, cursos, gurús digitales y afirmaciones que pueden ser verdaderas, exageradas o completamente falsas. Me queda claro que estamos presenciando otro gran cambio y estoy segura de que nos adaptaremos, como lo hemos hecho durante todos estos años. Lo que me preocupa es quién —o qué— dirigirá las empresas del mañana.
¿Será un ente virtual?
Ese ente podrá tener una inteligencia extraordinaria, pero me preocupa que dejen de priorizarse el apoyo entre las personas, el trabajo en equipo y la confianza en el crecimiento personal y profesional.
¿Qué nos espera a las empresas del futuro?
Tengo muchas dudas, pero pensemos, por ejemplo, en lo siguiente: un agente de inteligencia artificial tiene costos de software, integración e infraestructura. Además, puede cometer errores graves. Sin embargo, también ofrece ventajas muy atractivas: opera continuamente, puede atender varios procesos al mismo tiempo, no renuncia, no exige ascensos, no toma vacaciones, no pierde la motivación y puede mejorar con cada proceso que ejecuta. Nos encontramos, sin duda, ante una alternativa muy apetecible para realizar tareas generales como redactar un contrato, crear una presentación, analizar un estado financiero, preparar una política, diseñar un procedimiento, investigar una regulación o traducir un documento.
Las herramientas que hemos creado los seres humanos siempre han tenido el propósito de facilitarnos la vida. Pero ahora estamos frente a una herramienta que, además de ayudarnos, comienza a reemplazarnos.
¿Nos reinventaremos? Estoy segura de que sí.
Lo único que me produce un miedo inmenso es que, históricamente, cada vez que hemos creado algo para hacer el bien, también hemos encontrado la manera de utilizarlo para hacer el mal.
Ojalá nuestros nuevos agentes desarrollen una conciencia orientada hacia la creación y una ética verdaderamente inalterable. Eso sí sería un avance espectacular.
