Competir en tiempos desafiantes

por ahernandez@latitud21.com.mx
  • Carta de la Editora
  • Nelly García
  • ngarcia@latitud21.com.mx

 

Hay señales que conviene mirar con atención antes de que se conviertan en tendencia, y en el Caribe Mexicano, la más reciente llegó desde Tulum: Aeroméxico suspendió sus operaciones en el Aeropuerto Internacional Felipe Carrillo Puerto, una decisión que se suma a los ajustes de otras compañías y confirma que la conectividad responde, antes que nada, a la demanda.

No es un dato menor para Quintana Roo si vemos que Tulum pasó de movilizar 107 mil 751 pasajeros aéreos en enero a 47 mil 353 en junio, mientras que su zona arqueológica registró en el primer trimestre una caída de 33.1% en visitantes. En paralelo, empresarios de la zona han reportado ocupaciones particularmente bajas y una reducción en la actividad de comercios y servicios.

Pero sería un error pensar que se trata solamente de Tulum; es innegable que Cancún, nuestro principal motor turístico, también atraviesa una etapa de menor movimiento. En septiembre el aeropuerto registró una de sus cifras más bajas en años recientes, mientras que entre enero y agosto acumuló una reducción de 5.7% en pasajeros frente al mismo periodo de 2025. En agosto, además, el tráfico internacional cayó 15%.

La fotografía hotelera tampoco deja mucho margen para la complacencia. En la segunda mitad de septiembre, la ocupación promedio del Caribe Mexicano fue de 48.5%, con diferencias importantes entre destinos: Cancún alcanzó 53.9%, Riviera Maya 44.8% y Tulum 42.3%, mientras Holbox y Costa Maya apenas superaron 30%.

La temporada baja siempre ha existido. Lo que está cambiando es la dimensión del reto y, sobre todo, la necesidad de dejar de asumir que la siguiente temporada alta resolverá automáticamente lo que ocurre en los meses de menor demanda.

Quintana Roo necesita vender más que habitaciones y conectividad aérea; necesita ampliar las razones para venir, permanecer más tiempo y regresar. Turismo de naturaleza, cultura, gastronomía, bienestar, reuniones, deporte, entretenimiento y experiencias vinculadas con las comunidades pueden contribuir a repartir mejor la demanda entre destinos y durante más meses del año.

Y esa diversificación debe alcanzar también a la economía, porque el turismo seguirá siendo el gran motor, pero depender de una sola industria para sostener empleo, consumo, inversión y miles de familias siempre implica una vulnerabilidad. Los polos de desarrollo, los servicios especializados, el sector financiero, la economía creativa y nuevas actividades productivas pueden complementar esa vocación turística.

Hay, además, una discusión que merece especial atención: la competitividad. En un momento de menor demanda, encarecer la llegada al destino requiere mucho más que un análisis recaudatorio. La propuesta federal de elevar 35.8% el Derecho de No Residente ha generado preocupación entre los hoteleros, quienes advierten sobre el efecto acumulado de tarifas aéreas, tipo de cambio y otros costos sobre la decisión de viaje.

El argumento empresarial merece escucharse: si Quintana Roo compite por asientos de avión y visitantes con otros destinos, el precio final importa. Y más aún cuando los empresarios señalan que los recursos del DNR no están destinados a promoción turística, precisamente cuando la industria reclama mayor capacidad para atraer demanda.

No se trata de alarmarnos por una temporada baja ni de convertir cada ajuste de una aerolínea en una señal de desastre; se trata de leer los datos a tiempo. Quintana Roo tiene infraestructura, marca, conectividad y una oferta que ningún otro destino del país puede replicar exactamente. El reto está en transformar esas ventajas en una estrategia capaz de sostener la actividad cuando los aviones no llegan llenos y los hoteles no están cerca de su máxima ocupación.

La temporada alta llegará. La verdadera pregunta es qué estaremos haciendo cuando vuelva a bajar.