Tulum sin Illuminati 

por NellyG

 

 

Si eres cancunense, seguramente conoces el significado de la palabra “tuluminati”.

Cuando Tulum se convirtió en un destino internacional, sofisticado y frecuentado por el jet set, nació algo más que una moda: surgió un estilo de vida, una identidad arquitectónica, gastronómica y social que todos querían experimentar.

“¡Me encanta tu outfit tuluminati!” o “¡Tu casa está súper tuluminati!” eran expresiones que describían esa mezcla de elegancia relajada, naturaleza, exclusividad y espíritu bohemio.

Tulum estaba de moda. Todos querían estar ahí. Fiestas de música electrónica, restaurantes extraordinarios, hoteles boutique, arquitectura espectacular y una comunidad joven, cosmopolita y vibrante. Era la promesa de unas vacaciones super ‘instagramables’.

Luego llegó el auge inmobiliario, compremos en Tulum para rentar nuestras propiedades en plataformas de rentas vacacionales, ¡Será un buen negocio! y los desarrolladores respondieron construyendo edificios maravillosos en calles sin pavimentar, sin drenaje, sin agua y, algunas veces, sin electricidad.

La estética rústico-selvática vendía perfectamente. La falta de infraestructura se disfrazaba de sustentabilidad; la precariedad, de conexión con la naturaleza.

Los precios alcanzaron niveles extraordinarios. Hoteles, restaurantes, terrenos y departamentos prometían rentabilidades espectaculares. Inversionistas nacionales y extranjeros apostamos por el destino.

Y de pronto… ¡puff!

Hoy Tulum nos duele y mucho; es un ejemplo perfecto de cuando una marca turística puede deteriorarse si las ambiciones desmedidas (tanto de inversionistas como de servidores públicos) no son controladas.  Faltó la capacidad institucional para establecer regulaciones, planeación urbana y proveer seguridad.

Los números anunciaron este desastre: la ocupación hotelera cayó casi nueve puntos porcentuales en los primeros siete meses de 2026 respecto al mismo periodo de 2025. El mercado inmobiliario enfrenta sobreoferta y la conectividad aérea poca, muy poca.

Pero el verdadero fracaso está en nosotros mismos como comunidad:

¿Cómo se pretende vender exclusividad cuando faltan servicios básicos? ¿Cómo hablar de ecología mientras el crecimiento urbano amenaza los acuíferos y la selva? ¿Cómo justificar tarifas exorbitantes cuando existen denuncias de extorsión policial, problemas de seguridad y obstáculos para acceder a las playas?

Y sobre todo, ¿cómo sostener un posicionamiento turístico basado en experiencias extraordinarias cuando la experiencia real deja de corresponder al precio?

Tulum confundió lujo con encarecimiento, sustentabilidad con decoración selvática y crecimiento desordenado con desarrollo.

Empresarios, autoridades, residentes, inversionistas y CIUDADANOS (en mayúscula porque somos todos) fuimos parte de este desorden.

¿Tiene remedio?

Sí, pero no mediante otra campaña publicitaria.

Se necesita recuperar seguridad, ordenar el desarrollo inmobiliario, garantizar infraestructura, proteger los ecosistemas, transparentar permisos y reconstruir la confianza del visitante.

Para los turistas no existe la palabra ‘caro’; eso aparece cuando lo que se promete no se cumple, cuando existe una decepción en las expectativas…

A veces confundimos el éxito con el crecimiento infinito. Y cuando algo prospera, en lugar de proteger aquello que lo hizo extraordinario, comenzamos a explotarlo hasta agotarlo. ¡Qué tragedia! Ojalá mis palabras sirvan de reflexión y nos ayuden a motivar un cambio. ¿Nos unimos?