Quintana Roo: competitividad turística frente a debilidad institucional

por NellyG

 

 

Por Uriel Jarquín Gálvez

 

Quintana Roo vuelve a aparecer bien posicionado en los indicadores nacionales de competitividad. El dato merece reconocerse, pero también analizarse sin triunfalismos. Porque una cosa es contar con una economía turística extraordinariamente poderosa y otra muy distinta haber construido instituciones públicas con una fortaleza equivalente.

El Caribe Mexicano posee ventajas excepcionales. Cancún, Riviera Maya, Tulum, Cozumel e Isla Mujeres son marcas internacionales consolidadas durante décadas mediante inversión pública y privada, infraestructura, promoción y, sobre todo, el trabajo cotidiano de miles de personas. Ningún gobierno puede apropiarse de ese éxito histórico como si fuera resultado exclusivo de una administración.

El problema aparece cuando la fortaleza del turismo se utiliza automáticamente como prueba de eficacia gubernamental.

Los datos de septiembre obligan a revisar esa narrativa. La primera semana del mes, la ocupación hotelera se ubicó en 45.8%, frente al 56.1% del periodo comparable de 2025. Es verdad que septiembre pertenece tradicionalmente a la temporada baja, pero precisamente por ello la comparación interanual resulta relevante: la temporada baja de este año comenzó por debajo de la anterior.

No significa que el turismo de Quintana Roo esté en crisis terminal. Afirmarlo sería irresponsable. Pero tampoco resulta serio minimizar una señal que debe analizarse junto con otras variables: conectividad aérea, tarifas, costos del destino, seguridad, movilidad, promoción, sargazo, calidad de los servicios y creciente competencia internacional.

Quintana Roo ya no compite solamente con otros destinos mexicanos. Compite con República Dominicana, Jamaica, Bahamas y numerosos mercados del Caribe y del mundo que buscan al mismo visitante y que también invierten para mejorar su producto turístico.

Ahí aparece la verdadera contradicción: tenemos destinos de clase mundial que conviven con problemas profundamente locales.

Recibimos millones de turistas mientras miles de trabajadores recorren grandes distancias para llegar a sus empleos; presumimos inversiones multimillonarias mientras numerosas colonias enfrentan deficiencias de infraestructura y servicios; hablamos de competitividad mientras persisten problemas de movilidad, inseguridad, crecimiento urbano desordenado y cuestionamientos sobre transparencia y capacidad institucional.

La competitividad no puede medirse solamente contando pasajeros, habitaciones o inversiones. También debe preguntarse cuánto permanece cada visitante, cuánto gasta, qué percepción se lleva y, especialmente, cuánto de la riqueza generada por el turismo termina convirtiéndose en mejores salarios, vivienda, transporte, seguridad, infraestructura y calidad de vida para quienes habitan el estado.

Ese es el punto que el discurso oficial suele omitir: crecimiento turístico no significa automáticamente desarrollo.

Septiembre debe entenderse como una advertencia, no como una sentencia. Quintana Roo conserva enormes fortalezas, pero precisamente por ellas debemos exigir políticas públicas a la altura de su importancia económica.

Las preguntas relevantes son otras: ¿estamos recuperando competitividad frente a nuestros competidores internacionales?, ¿diversificamos suficientemente la economía?, ¿mejoramos realmente la movilidad de Cancún, Playa del Carmen y Tulum?, ¿existe una estrategia estructural contra el sargazo?, ¿estamos fortaleciendo seguridad, transparencia e instituciones?, ¿la prosperidad turística está mejorando la vida de quienes sostienen esta industria?

Los buenos indicadores deben reconocerse, pero no convertirse en propaganda.

Porque un destino exitoso no garantiza por sí mismo un gobierno eficaz. Y el verdadero desafío para Quintana Roo no consiste en presumir el éxito construido durante décadas, sino en demostrar que tiene instituciones capaces de conservarlo.

La competitividad también se pierde. Y cuando un gobierno confunde promoción con resultados, cifras con bienestar y propaganda con desarrollo, puede descubrir demasiado tarde que mientras celebraba sus propios discursos, otros destinos ya estaban compitiendo por los turistas que creíamos seguros.