Bitácora de Viaje  LXXIII

por NellyG

 

 

                                      Un político divide a las personas en dos grupos: en primer lugar, instrumentos; en segundo, enemigos”.

Friedrich Nietzsche.

 

 

Desde la inmensa amplitud del espacio, en donde nosotros no importamos nada, se ha dicho que la Tierra en que vivimos no muestra fronteras políticas. Pero parece que cada día nos empeñamos más en que así sea y desde hace mucho tiempo.  El primer ejemplo que me llega a la mente es la Gran Muralla China, construida por el emperador Qin Shihuangdi doscientos años antes de la Era Común para unificar fronteras y detener el avance de los enemigos. Más político, imposible. Hoy tiene 21, 196 kilómetros de largo. Y no, no se puede ver desde nuestra luna, pero sí, en días claros, se pueden contemplar partes de ella desde la Estación Espacial Internacional. Hoy es Patrimonio de la Humanidad, pero ayer fue el testimonio del enorme ego y el pavor a perder lo conquistado a costa de lo que fuera.

 

Más hacia el oeste (mucho más), en la parte central de Europa, nos encontramos con Berlín, capital de la Alemania unificada. Un país que tuvo que luchar contra enemigos externos e internos. Dos guerras mundiales y de ambas, se levantó. Levantarse no implica hacerlo de la mejor manera. La segunda, por causas históricas entendibles, más no justificables, sumió al mundo en una pesadilla cuyas consecuencias las vemos todavía flotando sobre nuestras cabezas. Tras esta última conflagración, las potencias ganadoras, rivales, pero unificadas en contra de un enemigo común, partieron el país en dos: capitalistas y comunistas. Dos posturas socioeconómicas irreconciliables en sus extremos y sin embargo, estos extremos se llegan a tocar en sutiles coincidencias. Del lado occidental, Estados Unidos, Reino Unido y Francia, presentándose como “mundo libre”.  En la otra esquina, con calzoncillos y guantes rojos, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y satélites conquistados.  Un punto neurálgico establecido en el acuerdo de separación en donde los alemanes, como país perdedor no tenía ni voz, ni voto, fue el de escindir la capital, Berlín, en dos zonas cada una de ellas, administrada de acuerdo con las directrices del concepto económico: libre empresa o el Estado (soviético, desde luego), decidiendo la vida de la población.

 

Ante el exitazo entre los alemanes orientales de tener que vivir con racionamientos y control policiaco hasta para ir al baño, los intentos por pasarse al otro lado, a la zona en donde la variedad abundaba si la podías pagar, no se hicieron esperar. Esta diáspora tuvo su consecuencia radical y muy al estilo estalinista (a pesar de que Stalin había fallecido varios años antes) en 1961 con la erección de un infame muro de 155 kilómetros de longitud por 3.6 de alto.  A diferencia de la Gran Muralla China, no se podía ver desde el espacio, pero sus consecuencias, con el tiempo, sí.  Más de ciento cuarenta personas murieron acosadas por sus fosos, alambres de púas, sistemas de alarma, perros entrenados, caídas fatales, abatidos por guardias orientales ante la desesperación de querer cruzar y ejercer el legítimo derecho de una vida mejor y ver a sus seres amados a quienes años antes les llegó el fin de la guerra del otro lado de la línea.

 

Mr. President… Tear down that wall!

 

Ronald Reagan y su famoso discurso frente a la puerta de Brandenburgo el 12 de junio de 1987, retando al premier ruso Mikhail Gorbachev de que probara sus reformas (a regañadientes) de transparencia (glasnost) y reforma (perestroika).

El fracaso económico de la Unión Soviética que tardaron treinta años en reconocer (los chinos se tardaron mucho menos y pusieron manos a la obra), provocó que individuos convencidos de las bondades de la Revolución “proletaria” como “Gorbie” (ya saben, los gringos le ponen hipocorísticos a todos), aceptaran que era el momento de una apertura. Además, estaban perdiendo el control, por lo mismo, de sus países satélites inscritos en el infame Pacto de Varsovia. En el pasado, esta baja de popularidad se controlaba con tanques y sangre; ahora, era el momento de un cambio por parte de alguien más joven que las momias del Kremlin. Entre el 9 y el 10 de noviembre de 1989, una orden superior confusa y mal entendida, provocó el portazo de la frontera; miles de alemanes, jóvenes la mayoría, desataron su furia contra el bloque de hormigón y vergüenza. Para el tres de octubre de 1990, al contrario de la brutalidad de Bismark del siglo XIX, esta Alemania abrazaba a sus padres, sus hijos y sus abuelos, respirando paz.

Desde la inmensa amplitud del espacio, en donde nosotros no importamos nada…  en noches despejadas se puede ver Berlín iluminada. Así como Madrid, Roma o Londres. Pero, si te fijas, la capital de la Alemania reencontrada, cuenta una historia muy particular y cada quién que saque sus propias conclusiones. La luz de lo que en su momento fue la parte prosoviética de la entonces Alemania Democrática, tiene un brillo distinto que contraste con su imagen en el espejo geopolítico, la Alemania llamada entonces Federal. La historia de este país admirable, a pesar de la unificación y de la transformación que generó en el mundo como fichas de dominó, sigue presentando cicatrices que literalmente se pueden ver desde lejos, a 400 kilómetros de altura. Hay quienes, existiendo heridas graves en su propia tierra, producto de la polarización entre hermanos, por miopía convenenciera, ni teniéndolas a un palmo de nariz son capaces de reconocerlas. Como decía mi madre, “si es un alacrán, seguro te pica”.

 

 

Iñaki Manero.

 

Escena poscrédito: Ahí viene la Calavera Garbancera, la que se polvea la cara pretendiendo ser lo que no es. Y no, su corazón no está precisamente a la izquierda.