“EL DINERO HUELE BIEN, VENGA DE DONDE VENGA”.
JUVENAL
Hola, soy Juvenal; Decimus Junius Juvenalis, para los más quisquillosos. Fui el último de los poetas satíricos de la Edad de Plata. Tal vez me conozcas por expresiones como “Pan y Circo” o “¿Quién vigila a los vigilantes?” o quizás “mens sana in corpore sano”. Creo que es menester salir de mi retiro para justificar la frase con la que el articulista inicia su tan gustada columna (elogio de mi parte como gentileza para este pobre hombre). El original en latín fue inspirado (aunque lo nieguen mis envidiosos detractores con aburridas disertaciones) en la costumbre de imponer cargas fiscales hasta por respirar que, por lo que veo, dos mil años después, la sociedad actual tiene la manía de preservar. Mucha recaudación, y pocos resultados. Me basé en el emperador Vespasiano, cuando decidió tasar los baños públicos (éramos razonablemente limpios, aunque la esponja de mar con la que nos aseábamos salva sea la parte, era compartida con el compañero de junto que también se esforzaba por deshacerse de la carga extra), su hijo Tito (sí, aquel que arrasó con Jerusalén y puso orden a los rebeldes judíos) le increpó haciéndole ver lo raro e injusto del impuesto. Vespasiano tomó un denario y se lo dio a oler a su ansioso vástago. ¿Huele feo?, preguntó. A nada, respondió el impulsivo muchacho. Entonces, continuó el padre, pecunia non olet. El dinero no huele (traduzco para los hablantes de una de las lenguas producto del latín vulgar). Yo lo arreglé un poquitín. Ya saben que la crítica social y política se me daba muy bien. Es naturaleza humana, tengo entendido y con base en mi experiencia, no hacer gestos a la fortuna cuando llega, aunque tenga orígenes, digamos, poco claros o cuestionables. Dicho lo anterior, regreso el control del papiro al escribiente habitual mientras me vuelvo a mi retiro en el Hades para seguirme burlando. Vuestro turno…
Gracias. En fin. Con el espacio que me queda, recuérdenme nunca utilizar una frase de Fidel Castro; no terminaríamos jamás.
Sin discusión, y desde que se inventó la acumulación de la riqueza y el poder que conlleva, es una cuestión de escrúpulos si la moneda huele mal o no. Desde la antigua Roma y más atrás, la rapacidad ha estado presente, aunque generalizar tampoco sería lo correcto. Cuando el diario vivir de millones de personas se dividió entre la izquierda y la derecha, a veces radical, a veces con matices y alianzas, las cosas se polarizaron aún más. Ambos lados del espectro socioeconómico han probado esa rapacidad y ambos, a pesar de las trampas retóricas e ideológicas, se han dedicado al acaparamiento de bienes. Ya sea de un Estado controlador de los medios de producción (y de comunicación) y por ende de sus ganancias o la libre empresa tomando decisiones hasta en política y libre representatividad, ambos han probado que la ambición estará siempre muy por encima del cuidado del único planeta que tenemos disponible. Como ejemplo, Mr. Trump, que teniendo a su disposición a las mentes científicas más brillantes del mundo con un chasquido digital, sigue manteniendo la postura escéptica sobre el tema comprobado una y otra vez del cambio climático. No es dato trivial que, si el resto del mundo consumiera al ritmo que consume la población de los Estados Unidos, necesitaríamos unos cinco planetas como la Tierra para cumplir con la demanda global. Y la línea se está acercando rápidamente al rojo.
¿Se reduce todo (y perdón por ser un vil reduccionista) a educación, principios y valores?
Me queda claro que detrás de un político corrupto que facilita a empresarios corruptos, y en donde su sistema olfativo para apreciar el mal olor de los billetes y cuentas bancarias sucias, ha sido atrofiado por el exceso de endorfinas, existe un trasfondo familiar en donde la negligencia, la ignorancia y el desdén por el bienestar de la sociedad son el ejemplo cotidiano mientras su pequeña o grande burbuja no tenga grietas; y eso ha sucedido una y otra vez en regímenes tanto de derecha como de izquierda. Finalmente, los partidos políticos que abrazan este tipo de ideologías son tan promiscuos, que, a cada giro del péndulo social, sus sábanas huelen a distintos perfumes; algunos, nauseabundos.
Y en medio… estamos tú, Juvenal y yo.
Confiar en todos es insensato, pero no confiar en nadie es neurótica torpeza. Esta otra frase de nuestro “invitado” del mes, la he colado yo. El año entrante vienen elecciones muy importantes para el país y todavía no entendemos para qué sirve tener una cámara de diputados. Seguimos, porque así le ha convenido a nuestros próceres, viviendo en la inopia intelectual y creyendo que el puesto más importante de un país sano democráticamente, es el Ejecutivo federal. ¿A que no sabías que “primer mandatario” (o mandataria) significa el primero en cumplir con las órdenes del “primer mandante”? En ese tamaño de obscuridad hemos vivido durante siglos. ¿Y quién rayos es ese primer mandante? Pues tú, Juvenal y yo. Por eso el gran equilibrio para no tener Vespasianos que se vuelvan locos y empiecen a querer inventar impuestos hasta por las esponjas de los baños públicos, ha sido dividir el poder entre quien legisla, quien verifica que esa legislación no tenga interpretaciones y sea justa y quien ejecute el mandato de la ley y no se torne en un ejecutor de sus propios caprichos. Independientes unos de otros.
You say you want a Revolution? Well, you know, we all want to change the world…
No. No necesitas armas. Tan solo información. ¿Por qué crees que les ha convenido mantenernos así? Guiño guiño.
Iñaki Manero.
Escena poscrédito: En un lugar de Palenque, Chiapas, cuyo nombre no quiero escribir, hay un curandero que alivia fuertes gripas presidenciales con tos y fiebre en menos de un fin de semana. Prodigioso.

