Desazón empresarial: el peso de invertir en México

por NellyG

 

En México se habla mucho de crecimiento, de inversión, de empleo y de bienestar social. Se repiten cifras, se celebran indicadores y se presume estabilidad económica porque el dólar no aumenta (ya no es referencia). Sin embargo, quienes todos los días abrimos una oficina, pagamos nóminas, enfrentamos inspecciones, cumplimos regulaciones, financiamos operaciones y tratamos de sostener fuentes de trabajo, vivimos una realidad mucho más dura, compleja y hasta cierto punto triste.

Muchos empresarios mexicanos atravesamos una etapa de profunda presión (o depresión). Saben que participo en cámaras empresariales, y en mi experiencia compartida con otros empresarios, grupos de trabajo nacionales e internacionales y conversaciones constantes con quienes están emprendiendo, creando o aportando, escucho las frases que nos llevan a la misma sensación de desazón. Algunos podrán decir que esta información es “de oídas”; sin embargo, cuando las mismas preocupaciones se repiten una y otra vez en distintos sectores, regiones y tamaños de empresa, dejan de ser simples comentarios y se convierten en señales de una realidad empresarial que mereciera ser escuchada.

Durante años, los empresarios de este país hemos construido empresas con esfuerzo, riesgo y responsabilidad. Hemos cumplido con regulaciones municipales, estatales y federales; hemos pagado impuestos, cuotas obrero-patronales, permisos, licencias, verificaciones, renovaciones, derechos y obligaciones de todo tipo. Hemos sostenido empleos incluso en momentos difíciles como en la pandemia del COVID, huracanes y, ahora, crisis de inseguridad. Nos sentimos abrumados, por favor necesitamos que nos escuchen y de verdad empiecen a echarnos una manita.

El aumento de regulaciones y obligaciones administrativas se ha convertido en una pesadilla sumamente costosa. Deben pensar cuando establecen una regulación que cada nuevo trámite implica tiempo, personal, asesoría, costo y riesgo de sanción. Cada reforma o nueva disposición exige adaptación. Y cuando estos cambios se acumulan, se pierden muchos recursos que deberían usarse para vender, innovar, atender clientes o mejorar procesos. Sobrevivir un exceso de cumplimiento normativo es exactamente lo contrario a apoyar el crecimiento económico de un país.

Y como si eso no fuera suficiente, viene el aumento al salario mínimo, la ampliación de los días de vacaciones, las obligaciones patronales y las reformas en materia laboral. Aclaro que, sin duda, se tiene una buena intención social. Nadie puede estar en contra de que vivamos mejor. El problema es que muchas de estas decisiones se toman sin considerar la capacidad del sistema para absorberlas.

En la cadena económica hay una realidad inevitable: las empresas no siempre pueden trasladar esos aumentos al precio final de sus productos o servicios inmediatamente. Hay contratos firmados a largo plazo, compras y competencia irregular. El mercado no siempre permite subir precios en la misma proporción; entonces, esa diferencia sale directamente de la utilidad. Y cuando la utilidad desaparece, también desaparecen la reinversión, el crecimiento, la contratación y, eventualmente, la propia empresa.

Hoy muchas empresas mexicanas se financian con proveedores. Esta no es una práctica sana, pero se ha vuelto frecuente. Se alargan pagos, se negocian plazos, se estiran líneas de crédito comerciales y se genera una cadena negativa: una empresa no paga a tiempo porque sus clientes tampoco le pagaron; el proveedor presiona porque también tiene nómina; el banco presta caro o no presta; y la autoridad cobra sin considerar el flujo real de la operación. Así se va formando una presión dolorosa que no aparece en las estadísticas, pero se siente real… muy real.

En regiones como Cancún, esta situación se vuelve aún más sensible. Nuestra economía depende en gran medida del turismo. Cuando hay publicidad negativa, inseguridad percibida, menor llegada de visitantes o incertidumbre económica, el impacto es un gancho al hígado que dobla a cualquier empresa. Y de pronto empezamos a escuchar frases como: “es momento para compradores”. Ahora sí estamos en problemas, porque el que compra, aunque sea una oportunidad, lo hará evaluando estabilidad, certeza, reglas claras y posibilidad razonable de retorno. Hoy muchos empiezan a mover capital hacia otros mercados. Eso no significa falta de compromiso con México; es sentido común financiero.

Enfrentar a empresarios contra trabajadores es una narrativa profundamente equivocada. La empresa y el trabajador forman parte del mismo barco. Si la empresa crece, puede pagar mejor. Si la empresa se asfixia, todos pierden. El trabajador pierde su trabajo, el empresario pierde su patrimonio, el gobierno pierde recaudación y el país pierde competitividad.

La desazón empresarial nace de la sensación de que cumplir cada vez cuesta más, producir cada vez es más difícil y opinar sobre ello tiene consecuencias. Callarnos no está resolviendo nada.

México, ¡por favor escúchanos!, hablamos las pequeñas y medianas empresas que sostenemos nóminas, arriesgamos la piel y enfrentamos todos los días absurdas regulaciones.

Los empresarios en México somos los ‘Avengers’; nos arriesgamos por todos, en un sentido figurado, pero necesitamos ayudita por favor.