The Dark Horse
Ricardo Hinojosa
Consultor en Gobierno Corporativo
rhinojosa@hhasociados.org
The Dark Horse
Ricardo Hinojosa
Consultor en Gobierno Corporativo
rhinojosa@hhasociados.org
Uno de los espejismos en los que no conviene entretenerse al implementar un programa de Gobierno Corporativo es pensar que los efectos positivos se podrán identificar a simple vista desde el minuto uno. Es decir, que implementar un consejo de administración y sus comités es garantía por sí mismo de que en el próximo cuatrimestre la empresa tendrá más utilidad operativa, más posicionamiento en el mercado y habrá generado ahorros operativos notables. Si bien estos son escenarios posibles, la causa y el efecto no siempre son tan claros y los nodos no tan fáciles de conectar.
El impacto que pueda tener el modelo de la empresa dependerá de la calidad de información y propuestas que se tengan de parte del cuerpo directivo. Si bien el modelo dejará el terreno plano para que los accionistas puedan atender temas de mejora y dialogar sobre las posibles acciones a tomar, la calidad del proceso creativo que se lleve durante las sesiones será clave para definir el rumbo del negocio.
Una herramienta que resulta útil previo a implementar cualquier tipo de proyecto (especialmente uno de alta dirección) es realizar un diagnóstico preliminar de la situación actual de la empresa en términos de control interno. El alcance del diagnóstico ha sido tema de debate entre conocidos del giro y hasta el momento sigue siendo “al gusto del chef”, por decirlo de alguna manera. Al final el diagnóstico es una radiografía de la organización evaluada bajo ciertos criterios, la clave es contra qué nos estamos comparando y qué estamos buscando. Es decir, las métricas que se obtengan durante el proceso sólo serán relevantes en función de la Visión de la empresa.
Durante el proceso de planificación estratégica la reflexión anterior se vuelve clave; de todos los objetivos que buscamos lograr ¿cuál es realmente la prioridad de la empresa? La palabra prioridad se volvió plural hasta los 90s durante la revolución industrial y se popularizó la noción de tener más de una prioridad. Debemos evitar caer en esta referencia circular y sintetizar un motivo en común para todo el negocio, que todas las áreas se identifiquen con ello y que todos los esfuerzos vayan en esa directriz. Un signo de madurez durante un proceso de planificación estratégica es tener identificado el costo de oportunidad del plan propuesto, es decir, al decidir hacer A, estoy decidiendo tácitamente no hacer B, C, D, etcétera; así las estrategias no se contradicen entre sí y el objetivo global del negocio no se vuelve una paradoja. Por ejemplo, si lo que busca un director es incrementar las ventas y posicionamiento en el mercado, una estrategia para robustecer la documentación que se requisitó al cliente previo a la venta va a jugar en contra del objetivo, a pesar de que hacerlo tenga beneficios en control de expediente. Caso contrario, si lo que se busca es control, es una idea que funciona y la satisfacción del cliente pasa a segundo plano. Digamos que you can’t have your cake and eat it too. Una distinción que puede resultar útil lograr diferenciar entre precisión y exactitud.
Al evaluar los resultados de un procedimiento lo primero que podemos buscar es obtener siempre lo mismo; haciendo un símil con un tiro con arco, la precisión sería dar siempre en el mismo lugar, indistinto de su cercanía con el centro del tablero (bullseye). Como regla de dedo, lo primero que debemos hacer es estandarizar el procedimiento para tener siempre el mismo resultado y partir de ese punto para calibrar con las mejoras necesarias para acercar lo más posible al objetivo (exactitud). Pocas ocasiones he escuchado en talleres de planificación estratégica la reflexión ¿tenemos certeza de que, realizando lo mismo, nuestro proceso nos da el mismo resultado?, es decir, ¿qué tanto podemos anticipar el resultado o qué tanto le estamos pegando a la piñata con los ojos vendados? en este caso es preferible un resultado no deseable pero constante, a uno deseable donde no tengamos la certeza de que en la siguiente iteración lo obtendremos de la misma manera.
En perspectiva, un diagnóstico a nivel empresa es una buena práctica antes de implementar un modelo de alta dirección, siempre y cuando tengamos definida la Visión de la asamblea de accionistas y los principales objetivos, para no caer en “medir por medir” y que se vuelva más complicado de lo necesario el conocer la raíz del problema. En otra entrega de esta columna me gustaría profundizar sobre las herramientas de análisis que facilitan encontrar esta causa raíz, por el momento con transmitir que debemos buscarla lo considero suficiente. Si nos apresuramos, o bien, nos tomamos a la ligera el tema del diagnóstico preliminar, podemos terminar por cansarnos de “pelear” contra los efectos y no contra la causa, lo cual puede resultar ineficiente -o lo que para mí es peor- poco elegante.
Dicen que si encuentras una empresa familiar que haya sobrevivido a la cuarta generación, puedes pedir un deseo.
Cuando pensamos en gobierno corporativo nos viene a la mente la bolsa de valores, asambleas de accionistas de grandes firmas, corporativos de talla internacional y procedimientos legales complejos; en pocas ocasiones, por no decir que en ninguna, lo relacionamos con una empresa familiar con miembros involucrados en las operaciones y un objetivo en común: crecer su patrimonio y que el negocio trascienda de generación en generación.
Me tomaré la libertad de asumir que todos conocemos una empresa donde los dueños estén enfocados en operar el negocio, i.e. administrar inventarios, atención a clientes, ser el auditor, autorizar los pagos e incluso ser el psicólogo favorito de los colaboradores, lo cual no es que sea incorrecto, es importante para el ambiente de una empresa sentir el involucramiento de los dueños a todos los niveles; sin embargo, se deja vacante un rol de vital importancia: el director general.
Como dijo una vez un ponente en temas de alta dirección al dueño de una cadena de restaurantes “mientras tú estás operando ¿quién dirige tu empresa?”. 10 ml de vinagre le hubieran resultado menos ácidos a mi compañero empresario que heredó el negocio de su padre con más de 20 años de historia y posicionamiento.
Pienso que la falta de sintonía se debe a la traducción de conceptos directivos a una sintaxis donde sea sencillo integrar mejores prácticas a las operaciones diarias de la organización y los empresarios (como mi compañero) puedan identificar la importancia de llevar la dirección de la compañía a ese nivel.
A pesar de que a simple vista no conectemos los conceptos, la estadística indica que el 95% de los negocios familiares no sobreviven a la tercera generación, y eso se atribuye a la falta de mejores prácticas en alta dirección y gobierno corporativo, lo cual es preocupante desde mi punto de vista, ya que de acuerdo a cifras del Banco Mundial, las empresas familiares contribuyen con más del 50% al PIB de cada país, y como resalta el Instituto de Familias Empresarias para México, son el motor silencioso de la economía mexicana, generando cerca del 70% de los empleos.
En otras palabras, es razonable decir que la falta de mejores prácticas de gobierno corporativo y alta dirección enfocadas a empresas familiares influye en la economía no solamente del grupo de empresarios, sino de todos los colaboradores (y sus familias) que dependen de su permanencia.
Como consultor de empresas familiares he identificado que estas encuentran una de las situaciones más desafiantes a nivel negocio: conciliar la visión de los socios accionistas.
Normalmente la preocupación más grande de los fundadores no es a nivel operatividad o de know-how, sino sobre la tan delicada transición que tendrán al pasar la dirección a las siguientes generaciones y se involucran sentimientos encontrados, diferentes personalidades y honestamente un temor por perder aquello por lo que han trabajado por décadas. El grado de complejidad es mayor cuando se trata de dos hermanos con perfiles básicamente opuestos, los miembros de la familia tienen distintas preferencias y ninguna coincide con el negocio que heredan; o bien, un fundador que piensa (y normalmente con justa razón) que sus hijos no están preparados para el reto de dirigir el negocio familiar.
De poco sirve al final tener buenas propuestas de negocio si no se llevarán a cabo por no tener una visión alineada entre los accionistas, si las buenas cifras en estados financieros se ven opacadas por una falta de conciliación de puntos de vista durante las reuniones directivas. El costo de oportunidad a nivel de atención y energía es difícil de exagerar.
Desde luego, cada caso es diferente y con una solución única, sin embargo, pienso que existen pasos a seguir o bien prácticas a integrar que pueden impactar positivamente a estas áreas de oportunidad. En primera instancia es importante descentralizar la toma de decisiones de una sola persona y delegarla a un Consejo donde los miembros puedan exponer sus argumentos, intercambiar puntos de vista, analizar datos y llegar a acuerdos que permitan avanzar en los temas de interés y agregar valor a la organización. También es conveniente separar los asuntos que sean estrictamente familiares de la operatividad de la empresa para que cada tema sea tratado en el foro adecuado. Durante las sesiones procuro que no seamos tan severos con las áreas de oportunidad identificadas ya que en muchas ocasiones los problemas de hoy son las soluciones de ayer y la mejora continua es un ciclo que nunca termina. Es de esperarse encontrar cierta resistencia a la transición por parte de los fundadores, pero esto se puede amenizar respetando dentro de las reglas del Consejo un voto de calidad como criterio de desempate para seguir apalancando el control de la empresa de la visión del fundador, aunque honestamente si las sesiones se llevan correctamente, todos terminan por llegar a un acuerdo.
Recuerdo un momento previo a una sesión de Consejo donde uno de los miembros me compartió que su padre (el fundador) no quería asistir a la sesión porque sabía que entre todos, por así decirlo, lo iban a convencer de tomar una decisión diferente a la que ya tenía predefinida, lo cual me hizo sentido, el efecto de tener la práctica de tomar decisiones en base a acuerdos, y a su vez, orientados por informes de calidad relacionados al tema, es difícil de ignorar y con el tiempo se vuelve evidente en los principales indicadores de la empresa. Implementar este tipo de prácticas permite “despejar” el camino para facilitar la transición entre la dirección de un fundador hacia las siguientes generaciones, enfocando a la organización a la toma consciente de decisiones y permitir el control necesario para que los miembros de la familia se desahoguen del micromanagement y tengan la claridad para entretener la siguiente reflexión: ¿Qué tipo de empresarios quieren ser?, ¿Cuál es su visión como familia empresa?, ¿Qué valores les gustaría que se respeten dentro de la empresa en las siguientes generaciones?, ¿Qué competencias deben desarrollar los miembros de la familia para asegurar el logro de los objetivos?, ¿Qué paradigmas deben cambiar para tener la flexibilidad adecuada para enfrentar semejante reto?, Como empresa, ¿qué los hace únicos en su especie?, ¿De qué están orgullosos, que no les permite cambiar?.
