Alerta temprana (2da. parte)

Por Iñaki Manero

Comunicador

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Cuando despertó, la misma irresponsabilidad compartida entre gobierno y sociedad; permanece desafiante, mirándonos, burlándose. Retando a que demos el primer paso para probarnos que a pesar de tantos milenios, no hemos cambiado mucho cuando el condicionamiento dinosaurio todavía estaba allí”, escribía Tito Monterroso en lo que se conoce como uno de los relatos más cortos de la literatura. O por lo menos, eso dicen los literatos, poco literales, ellos.  Despertamos todos a más de medio año de la pandemia y ésta, a pesar de las maromas dialécticas, sigue instalada. No es, decíamos, la primera ni la última, me temo.  La raza humana (¿todavía se le llama así?) está curtida en este tipo de eventos. Y hoy, cuando se supone que tecnológica y científicamente estamos más y mejor preparados que nunca, es cuando más desamparados, descontrolados y desvalidos nos descubrimos. Sí, despertamos y ahí seguíamos con la que opera en nuestra cultura, nos impide todo tipo de acción y movimiento que no sean dirigidos por un capricho adolescente a cualquier cosa que represente autoridad. En pocas palabras, odiamos que nos digan lo que tenemos que hacer; cualquier cosa es mejor, incluso la horrible muerte en una cama COVID, con intubación integrada por el mismo precio, a darle la razón a un policía, médico o político que ni siquiera es de nuestra familia. Correcto, hay factores que nos hacen vulnerables: el índice de letalidad, más o menos del once por ciento, altísimo a nivel mundial,  por ser una sociedad con garantía de enfermedades preexistentes (diabetes, hipertensión, sobrepeso, etcétera), pero en el fondo, el factor caótico de cada sistema encontrará a su protagonista principal en algo llamado humanidad desbordada atendiendo primero a sus pasiones desmedidas, que al instinto de sobrevivencia que aconseja mesura, paciencia, resiliencia,  capacidad crítica, análisis, atención. Elementos necesarios para decodificar diversas formas de enfrentar un conflicto y actuar en consecuencia. Recién veía, para nada divertido, la grotesca escena de una horda (grupo de primates, nadie se ofenda por favor, pues en la taxonomía eso somos) entrando en tropel a un hipermercado que abría sus puertas con la condición de que los clientes lo hicieran en orden, a distancia, portando cubrebocas y una persona por familia. Ajá.  Fue en Chilpancingo, Guerrero. Pudo ser en Sombrerete, Zacatecas o en Nonoalco, Ciudad de México.  El resultado habría sido el mismo. Bastaron unos segundos de video para fusilar hasta el optimismo más pertinaz. Segundos para que cualquier antropólogo de primer semestre pudiera leer, sin necesidad de análisis gráfico y mareador del epidemiólogo Rockstar de las 19 horas, que la realidad es mucho más distinta y distante de cualquier discurso oficial que por enésima vez dibuja la imagen mental de un vaquero lazando a la vaca “Pandemia” en la charreada del domingo.  No, señor. No se ha domado nada. Segundos de video suficientes para cambiar mi boleto de avión a mi mundo adoptivo, Quintana Roo, para otro día con más calmita, como dirían en mi pueblo.  Queremos seguir pensando y presumiendo que una epidemia es algo que nos pasa por encima, como un camión, un tren, un toro de lidia que salió de ninguna parte en una acción irremediable, inevitable, esperada, apocalípticamente anunciada y por lo mismo, fuera de discusión hacer algo porque “es la voluntad de… (escriba aquí el nombre de su deidad favorita)”.   Cuando pase, cuando el alacrán que vimos venir desde lejos nos haya picado y estemos entre los estertores finales, siempre quedará la revancha de mirar hacia el compadre a unos metros de nosotros con ojos de odio para echarle la mexicanísima culpa por no haber hecho nada. Sí, señor, el deporte nacional se llama cabecear el balón hacia el otro en una suerte de ruleta rusa muy divertida: quien no logre dominar la pelota y redirigirla a otro, a ése se le sacrifica a los dioses de la (des)opinión pública.  Ya habrá quien pague por los pecados de los demás: el policía, el empresario, el secretario, el presidente, el (¡cof, cof! ) comunicador.  Sé que habíamos quedado la vez pasada preguntando cómo vamos a regresar. Hoy, repensando y volviendo una y otra vez a ver la grabación de esa humanidad  corriendo como lemmings al desfiladero, obesos, sin cubrebocas, empujando, derribando por ser los primeros en aprovechar el dos por uno en cualquier cosa que satisfaga el placer de la inmediatez, creo que tenemos tiempo suficiente para una tercera parte.  No importa cuándo leas esto, dicen los memes en redes sociales, el pico de la pandemia será mañana. Entonces, seguimos platicando, sí, con más calmita, mientras el dinosaurio microscópico siga ahí. 

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