Bitácora de Viaje LXVI

por NellyG

 

 

                      ¿Qué? ¿Piensas que el feminismo significa odiar a los hombres?»

  • Cindy Lauper

 

No era un día igual a otros. La rutina podría mentir en cualquier momento. Cada viaje tiene sus momentos que lo hacen único, aunque el proceso sea el mismo. Esta vez tocó levantarse temprano en domingo, reunirse con los compañeros del trabajo, abordar camioneta y tirar por la carretera hasta nuestro destino final. A veces avión, a veces, no. Pero el tema es el mismo: llegar a la ciudad en turno, registrarnos en un hotel, comer, verificar que todo esté listo en el lugar de la transmisión, de regreso al hotel, cenar, preparar la información del día siguiente, leer, dar las buenas noches a la familia vía remota e intentar dormir unas horas para estar listos a las 5:30 de la mañana, ser transportados al lugar fijado y hacer lo que nos toca hacer acompañado de ingenieros, coordinadores, productores y todos aquellos involucrados en que el programa salga bien y el cliente quede satisfecho. Más de veinte años. Hay risas, contratiempos, anécdotas para reír y aprender. Siempre y cuando, claro, quieras aprender.

Ese domingo fue ocho de marzo.  Estaba fresco el episodio que mostró la vulnerabilidad del Estado mexicano luego de la muerte del Mencho Oseguera; los latigazos violentos de la bestia que recordaba que todavía estaba viva y que seguía pudriendo la vida en cerca del 70 por ciento del territorio nacional. Por lo mismo, tuvimos mucho cuidado ese día a la hora de tomar carretera hacia Guanajuato; capital de una entidad federativa castigada por la corrupción, el abandono y la violencia del crimen organizado. También, por otro lado, se conmemoraba (que no festejaba) el Día Internacional de las Mujeres (que no “de la mujer”). Desde que publiqué en redes sociales, a media autopista, argumentos claros y tomados del feminismo sobre por qué no se debe felicitar a ninguna mujer en ese día, sino más bien aprovecharlo como un espacio de reflexión, análisis, reconocimiento, acompañamiento, toma de conciencia por parte de sociedades y gobiernos, inmediatamente, aparecieron las reacciones. Algunas de apoyo al comentario y otras, las menos, pero muy virulentas y frenéticas, de insultos, descalificaciones, burlas, similares y conexos, provenientes de ambos sexos y géneros. Normal. En este trabajo, uno tiene que mutar a piel de cocodrilo, de otro modo, vivirías cortándote las venas. Pero es buen termómetro para saber qué tanto hemos avanzado o retrocedido en dejar de normalizar a la mujer como accesorio masculino y qué piensa la gente a favor o en contra.

Llegando a la laberíntica ciudad capital del estado, como es mi costumbre, me perdí en calles, edificios, gente. Sabía que en unas horas, al igual que en muchas otras urbes del país y del mundo, habría manifestación de distintas colectivas feministas (no, no me importa usar el llamado “lenguaje inclusivo”, aunque tenga todavía algunas dudas). La manifestación comenzó después de las cuatro de la tarde por la misma avenida, gritando consignas, pintando muros con spray. Algunas mostrando el rostro, otras, las más aguerridas, no. Todo supervisado de manera muy discreta por mujeres policía del municipio. Regresé a mi hotel, a pocas calles, para recargar la batería del teléfono. Salí cuando anochecía, el nutrido grupo estaba de regreso rumbo a su punto de partida en el icónico Teatro Juárez, joya del porfiriato. Las consignas, los cantos y gritos, ahora eran más fuertes, más agresivos, más contestatarios. Mujeres de todas edades: niñas, ancianas, gestantes en una ola morada ante la mirada de turistas y gente local con diversas e interesantes reacciones. Desde el aplauso mayoritario, hasta la confusión o el simple desestimar el movimiento con gestos de burla.

Me dedico al periodismo (no sé si me puedo llamar periodista, pero a eso me dedico) y reportar es parte de mi trabajo. Comencé a grabar audios y videos. Cuando llegaron y se concentraron en las escalinatas del Juárez, la intensidad creció; las oradoras con megáfonos y los brazos alzados. Aprendí que los hombres no podemos ser feministas; tan solo acompañamos en silencio y en ocasiones, si lo requieren, contenemos emocionalmente. Nada más. Al acercarme a las escalinatas y grabar la historia completa, entre grupos pacíficos y violentos, la cámara de mi teléfono era bloqueada por manifestantes que me obstruían una y otra vez la vista con pancartas. Ante mi insistencia de tomar video, una mujer se plantó frente a mí, otras dos en mis flancos y percibí una cuarta detrás. Una me pidió el celular, otra se acercó amenazadoramente. Guardé el teléfono, les mostré mi identificación de prensa y con señas les dije “ahí muere”, alejándome despacio de la zona cero hacia la multitud mientras me sentía vigilado, incómodo, perseguido, señalado, amenazado; y de fondo, consignas, estallido de petardos, reivindicación, revolución.

He estado en situaciones de peligro durante estos treinta y tantos años de carrera, cubriendo zonas de narcos, polleros, incendios, homicidios. Y sí, en todos he tenido miedo y me he sentido vulnerable. Soy humano. Pero esta vez, fue distinto. Luego del shot de adrenalina y frustración y gracias a mi feminista de cabecera, comprendí y ordené lo que hacía tanto ruido en mi cabeza. Miedo, rabia, frustración, incomodidad, vulnerabilidad, señalamiento, es lo que sienten cientos de miles, tal vez millones de mujeres en todo el mundo, diariamente. Yo lo experimenté unos segundos. Ha sido una de las mejores lecciones de mi vida. Gracias a esas cuatro mujeres por mostrarme en instantes, milenios de incomprensión, miedo, malos tratos, indiferencia, incluso, por parte de su propio género. Hasta mediados de 2025, treinta mil mujeres han desaparecido o no han sido localizadas en el país. Diez son asesinadas diariamente por el hecho de ser mujeres; de ahí que se creara la figura de feminicidio. La brecha salarial frente a los hombres es mayor al 35 por ciento; el 71 por ciento de la carga laboral no remunerada, recae en ellas e incluso, los investigadores históricamente evitan hacer estudios médicos con ratas hembra por el tema hormonal; por lo mismo, muchos medicamentos no funcionan igual en mujeres que en hombres. Los ejemplos son infinitos y atroces. Pero pomposamente crean gabinetes con “perspectiva de género”. Cuota de género, más bien. ¿Qué pasará el año entrante? Nada y lo mismo, tristemente. Nos horrorizamos de la pesadilla de algunos regímenes extremistas musulmanes en su trato a las mujeres y no queremos mirar que en las sierras de Guerrero, Chiapas o Oaxaca, hay niñas intercambiadas por caballos y  guajolotes. Esas niñas pasan a ser propiedad de viejos sexagenarios que las violarán a placer dejándolas embarazadas a los 13 años. Pero no, déjenlos, son “usos y costumbres” de nuestros orgullosos pueblos originarios.

He vivido el mejor momento de inseguridad, zozobra y vulnerabilidad de mi vida. Lo aprecio, lo guardo por siempre, lo aprendo y lo comparto. Gracias.

 

Iñaki Manero.

 

Escena poscréditos: ¿Cuántas mastografías, cuántas quimioterapias, cuántas vacunas contra el VPH, cuántas becas para niñas de muy escasos recursos se estarán comiendo en forma de jugosos filetes Díaz Canel y el resto de gordos revolucionarios, producto de la copercha del bienestar?