Bitácora de viaje XXXIV

por NellyG

EVERYBODY WAS KUNG FU FIGHTING…

-Carl Douglas.

 

– Mira nomás cómo llegaste.  ¡Ay, Juan!  ¡Te sacaron el mole!

– Sí, ma, fue uno de cuarto.

-¿Te defendiste?

– Sí, ma. Pero era gordo y estaba muy grandote.

-Pero, ¿le pegaste?

– Sí, ma, pero creo que no le dolió.

– Acuérdate que tú nunca debes buscar pleito, pero si te buscan, te encuentran. Ándale, límpiate el morro y vete a comer. Ni modo, hijo, así es la vida.

Y… escena.

 

Poco más o menos así. Yo iría en primero de primaria y ésa fue mi experiencia más temprana de hacerle al Charles Bronson y confrontar a un grandulón que se había metido en la fila de la tiendita de la escuela. Sin contar el golpe en la nariz que me acertó Paco Ríos en el kinder. Ahí comenzó mi primer encuentro con la violencia escolar, circa 1970.

Y como dicen, “de ahí para el real”.  Es común (de ninguna manera recomendable), el famoso “tirito” dentro y fuera de las instalaciones escolares.  Una afrenta, un recordatorio materno, una alusión a la hermana, una diferencia sobre quién ganó la canica de quién y había que lavar el oprobio en el campo del honor; por lo general, unas calles más allá de la escuela, un callejón, tal vez una zona poco transitada en dónde organizar el ring de estilo libre; la calle de los madrazos. Empujones, descalificaciones, hasta que hay uno que decide soltar el primer golpe mientras ambos son azuzados por  el improvisado público propio o extraño.  El numerito finalizaba hasta que uno de los dos caía al piso o espetaba el ya clásico “ahí muere”.  El campeón, henchido de orgullo, festejaba con la cocacola de la victoria; el perdedor era consolado por sus camaradas mientras se internaba en las sombras; no fuera que la niña que le gustaba se enterara de la tragedia. Hemos normalizado esta escena hasta la náusea y habrá quien lo explique con argumentos antropológicos. No le faltará razón, pero eso no abona mucho a liberarnos del sambenito de depredadores peligrosos, competitivos. Con razón compartimos el 90 por ciento de afinidad genética con los chimpancés, criaturas capaces incluso de provocar guerras entre hordas; enfrentamientos que incluyen el secuestro, el brutal homicidio (e infanticidio), violación y hasta canibalismo incluído. No es raro el asesinato político contra el jefe de un clan que no es bien mirado. Siempre existe un Skaar para darle continuidad al eterno drama de Hamlet. Instinto, territorialidad, etcétera.  Pero los lóbulos prefrontales del cerebro, como dice el clásico, tienen otros datos.

Nuestra masa encefálica sigue siendo una caja de sorpresas, pero ya conocemos lo suficiente como para saber que en su forma moderna ha sufrido una serie de adiciones (upgrades, dirían los hoteleros) con el tiempo.  Una gran cebolla, con capas que nos cuentan la historia de cómo nos hemos ganado la vida hasta la actualidad. Complejo reptil, zona límbica, neocortex. Todavía en la cotidianidad, expresamos estos aullidos primarios que se abren paso a través de millones de años queriendo resurgir.  El agresivo hombre de negocios parapetado detrás de un enorme escritorio para hacer distancia y el empleado retador que se planta frente a él e inclina su cuerpo lo más posible para intentar intimidarlo, son simplemente recreaciones modernas del león joven probando suerte contra el león viejo. ¿Por qué estando varias personas en un ascensor todos miramos hacia arriba o hacia abajo o, bendito Steve Jobs, nos hacemos tontos con la pantalla de un celular sin señal? Para evitar, dicen los neurofisiólogos, la invasión del espacio vital; muy necesario para definir dos posturas principales imprescindibles para la sobrevivencia: pelea o escape.

Hoy, esta especie de homínido ha pasado por mucho y en ese mucho, tal vez el azar, tal vez la necesidad, han tenido que ver esculpiendo el perfil conductual como el mar esculpe la costa. Lo que para los primos chimpas puede excusarse como proceso evolutivo que, como dicen los etólogos, funciona para pasar los mejores genes y asegurar la perpetuidad, en ti y en mí, puede ser condenable y en la mayoría de las sociedades humanas, hay leyes que advierten de castigos. Somos y hemos sobrevivido a pesar de ese pasado salvaje gracias a la evolución de esa corteza prefrontal y a la escritura, que permite recordar códigos de convivencia convertidos en leyes. Con bestias que se la pasan comparando el tamaño de sus penes transmutados en misiles para competir sobre quién lo tiene más grande (el misil), de no contar con tratados y tribunales internacionales neutrales, este tercer planeta desde hace mucho se habría convertido en bonita y decorativa bola de fuego celestial.

Y toda esta reflexión surgió por un inocente “tirito” afuera del colegio que podría esconder una realidad siniestra. Más de dos mil años de escuelas de filosofía tanto orientales como occidentales han servido de poco; la ansiedad por el poder, el control, la demostración del ego desmedido se siguen exhibiendo y apenas nos damos cuenta o queremos aceptar que el génesis se haya en ese humilde origen de la sociedad: la familia. El bully, el narco, el político corrupto, el megalómano genocida, el tirano, el pirata, el jefe resentido y acomplejado, el unineuronal que acelera para no dejarte pasar cuando tú pones la direccional indicando que te cambiarás de carril,  no fueron hechos en laboratorio o por generación espontánea; la mayoría de ellos salieron de una casa; otros, los menos, no la tuvieron. Suficiente evidencia, señor juez, para probar mi alegato: somos el irremediable reflejo de lo que pasa y lo que no pasa en casa.  El ser humano triunfador y el fracasado que siempre busca culpables en los otros son moldeados y sus instintos maximizados o atemperados por el ejemplo. Así que, la próxima vez que escuchemos monstruosidades como el de la niña que golpeó con una piedra a su compañera de escuela nada más porque era la que destacaba en clase y a la postre le causó la muerte, o a los que amarraron a su condiscípulo para torturarlo sin piedad tan solo por ser afeminado, o los bomberos que masacraron perritos a hachazos por pura diversión,  tal vez queramos buscar el origen de la podredumbre no en el reflejo, sino en la fuente; no es difícil seguir los mendrugos de pan.

En algún lugar del subconsciente, mi madre sigue aplacando al chimpancé que quiere venganza. Gracias, ma.

Iñaki Manero

 

 

Iñaki Manero
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