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Iñaki Manero

  • Bitácora de viaje
  • Por Iñaki Manero
  • Comunicador
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Bitácora de Viaje XXXI

por NellyG 1 febrero, 2023

 

 

LA FORMA MÁS EFECTIVA DE DESTRUIR A LAS PERSONAS ES NEGAR Y BORRAR  SU PROPIA COMPRENSIÓN DE LA HISTORIA.

-GEORGE ORWELL

 

Frecuentemente he pensado en el tema.  Desde niño, incluso.  Alguien me robó la idea más adelante e hizo con ello una película retadora: “Truman Show” (sí, Jim Carrey sabe actuar). Cuando tuve la confianza suficiente para externar mi duda existencial, me di cuenta que no era el único que percibía algo que no marchaba bien con el orden que me habían platicado sobre el universo. En mi (¿paranoia?) jugaba con la idea de que todo lo que me ha pasado desde el inicio de mis recuerdos hasta la fecha, ha sido minuciosamente coreografiado y orquestado; pero no me refiero a esa presentación que algunos hacen de Dios como un gran titiritero. El asunto es más íntimo. Tú y solo tú eres el objeto de una investigación realizada por inteligencias sin prisa o con una percepción del tiempo decididamente distinta a la tuya.  Mi experiencia infantil, juvenil, adulta. Mis afectos, mis reacciones de alegría, ira, odio, perdón. Mis amores y rupturas. Mis viajes. Nada ha sido real. Un profesional equipo de efectos especiales se ha encargado de maquillar y dar forma hasta convencerme, convertirlo en cotidianidad. En otra variante paranoica, pudiera ser que el engaño comenzó esta mañana y todos los recuerdos fueron implantados. ¿Quién podría afirmar lo contrario? El hinduísmo le llama Maya, apariencia, ilusión. Nada es real; todo está en tu cabeza.

AFUERA…  AFUERA TÚ NO EXISTES, SÓLO ADENTRO…

– CAIFANES.

 

Claro, las hermanas Wachowski siguieron alimentando esta antiquísima idea oriental de vivir en una realidad prefabricada y siniestra. Muchos se preguntan sobre la veracidad del aquí y el ahora. La misma física cuántica de la mano de Heisenberg, abre la puerta con su incertidumbre subatómica dejando la incógnita de si esta realidad que estoy viviendo ha sido así siempre o tengo esa impresión y hace cinco minutos era otra cosa completamente diferente de la que no tengo recuerdo porque fui “reseteado” por fuerzas incomprensibles, parafraseando a Hamlet, “… más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que han sido soñadas en tu filosofía”.

Pero dejemos estas angustias existenciales y volvamos a la certidumbre cotidiana de que estamos en un aquí y en un ahora. En 1944, la película “Gaslight” arrolló en taquilla, recibió siete nominaciones para los premios de la Academia de Hollywood. No les “espoilearé” mucho la trama; si acaso, una breve sinopsis, porque la cinta es un refrito de otra película inglesa y ésta, a su vez, de una exitosa obra de teatro. Una pareja de recién casados (Ingrid Bergman/Charles Boyer), quienes apenas llevaban un par de semanas de conocerse, se van a vivir a una vieja casona propiedad de la difunta tía de la esposa. Con el tiempo, comienzan a suceder cosas extrañas, como que las lámparas iluminadas por gas, muy al estilo del siglo XIX, bajan su intensidad de luz de manera inexplicable y extraños sonidos parecen provenir del ático. Y aquí es donde el thriller psicológico se empieza a desenvolver con toda la maestría del director George Cukor. El marido insiste en que todo tiene su origen en la imaginación de su cónyuge, hasta que ella misma va dudando de su salud mental. No les cuento el resto porque vele la pena que busquen desesperadamente esta joya, pero más o menos, los más avispados ya irán imaginando de qué voy con todo esto. Unos treinta años más tarde, la ciencia que estudia la conducta humana haría un acertado homenaje nombrando con el título de la cinta a un abuso psicológico que nos desnuda de pies a cabeza. Hoy, “gaslighting” se refiere a una forma de manipulación mediante el manejo torcido de la realidad por gente muy hábil. Por lo general, llevan el engaño a una refinada forma de arte que toma su tiempo, como el esposo de la protagonista (Charles Boyer), intentando convencerte de que hiciste o dijiste o pensaste lo que en realidad nunca sucedió. Sí, la mayoría de las víctimas son mujeres, pero también funciona en el mundo de los negocios, las extorsiones telefónicas o por mensaje de texto (en donde terminas creyendo que quien se hizo pasar por tu lejano primo de Tijuana era quien decía ser porque poseía información que nadie más tenía. Mentira; tú se la proporcionaste y jamás te diste cuenta). Y también y allá vamos, en…

Política.  En 2018, el Oxford English Dictionary, el más completo y veraz de la lengua inglesa, eligió “gaslighting” como su palabra del año. No por capricho; el éxito y sobrevivencia de una voz radica en su vigencia y repetición. Los calificativos, que a veces son verbos, necesitan, como los virus y bacterias, un huésped, una diana hacia dónde apuntar, y el personaje que hizo revivir la palabra en el mundo anglosajón por su delirante narrativa no era otro sino el presidente en turno de los Estados Unidos de Norteamérica: Donald Trump.  Como si llevara el manual populista al pie de la letra (en realidad si tiras pa’la derecha o pa’la izquierda es irrelevante), el multimillonario color naranja dio cátedra de cómo “voltear la tortilla” culpando a todo mundo de sus propios yerros, haciéndose la víctima y lanzando promesas desencadenando el aplauso rabioso de su base dura de votantes compuesta mayoritariamente por WASPS (anglosajones blancos protestantes). Su discurso de odio, victimización y revanchismo tuvo consecuencias trágicas tiempo después con el intento de una pandilla de adoctrinados de asaltar ni más ni menos que el Capitolio, sede del poder legislativo norteamericano. Sí, triste ejemplo que afianza el significado de una palabra. Te lo digo Juan pa’ que lo entiendas…

Hoy, si dudaban de la versatilidad del vocablo o del alcance de la aplicación, no necesitas ser Truman o Neo o el personaje que interpretó Ingrid Bergman (quien por cierto, ganó el Oscar por su actuación) para vivirlo plenamente.  Hoy, todos los días, siempre habrá un sinvergüenza empeñado en hacernos creer que todos somos culpables de los males de la relación, la empresa, la comunidad, el país, el planeta.  Ellos, como dirigentes, son víctimas inocentes e impolutas de conjuras, complots, maleficios y malas vibras, y como buenos vendedores de aire caliente, terminas comprando su delirio. La luz ilumina hasta que se acaba el gas de la lámpara. Bien lo puso Calderón de la Barca:

“Sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende.”

Iñaki Manero.

 

 

Bitácora de viaje XXX

por NellyG 30 diciembre, 2022

LA VERDAD ES LO QUE ES, Y SIGUE SIENDO VERDAD AUNQUE SE PIENSE AL  REVÉS.

– ANTONIO MACHADO.

 

Se han tragado toda la carne picada. Eso decía un comunicado en inglés en aquel 1943. El engaño, llamado “Operación Mincemeat”, había sido un éxito y a cruzar los dedos o cualquier otra forma de pensamiento mágico para atraer algo más que buena suerte y que ese anzuelo fuera lo suficientemente firme. El tiempo les dio la razón a los aliados. La Alemania de Hitler cayó en el garlito y la invasión de Sicilia, primer paso para la conquista de la bota itálica, la caída de Mussolini y el resquebrajamiento del nacionalsocialismo fue un éxito. Todo gracias a un cadáver… y a una mentira. El alto mando británico se inventó al comandante William Martin de la Marina Real; le crearon una personalidad, aficiones, gustos, hasta novia, y lanzaron su cadáver desde un submarino cerca de las costas de Huelva, en España, país en el papel neutral, pero erizado de espías del eje; Franco haciendo proezas de geopolítica luego de que la Luftwaffe germana le ayudara a ganar la Guerra Civil. El “actor” que encarnó al desafortunado personaje de William Martin fue alguien todavía más desastrado: un entonces desconocido de 34 años que había muerto de neumonía, se dice debido a una reacción química al haber ingerido veneno para ratas; presuntamente un intento de suicidio que tuvo éxito. El cuerpo fue sacado de la morgue sin consultar con los posibles familiares, si es que alguien pudo reclamar en algún momento al occiso. Todo en el más absoluto sigilo. Una mentira fue el inicio del fin del dominio que duraría, según los panfletistas del Tercer Reich, mil años.

La historia humana –y la historia natural también– está plagada de engaños, medias verdades, medias mentiras. Se dice que los macedonios disfrazaban a sus caballos con trompas y orejas grandes para que los elefantes de los ejércitos indios los confundieran con crías y no los dañaran; también está la charada que se jugaron médicos italianos inventando una enfermedad contagiosísima que mataba en cuestión de horas para evitar que agentes de la Gestapo ingresaran a hospitales buscando judíos y salvando así muchas vidas que habrían terminado en algún campo de exterminio. Busque usted y encontrará cientos de ejemplos. Algunos chuscos y otros francamente escalofriantes. Una versión del póker es hacer un farol e intentar convencer a los demás jugadores de que se tiene cierta combinación de cartas para así especular. Puede parecer inocente, pero en partidas entre verdaderos apasionados, el hacer alguna trampa en los juegos de azar ha terminado en la nota roja.

No sabía si en esta temporada en donde lo políticamente correcto es “tirar buena onda” debería escribir sobre positivas intenciones, pero obras son amores y no buenas razones, dijera Lope de Vega y Carpio en el título de su comedia. Se puede ser crítico sin desearle muertes horribles a quienes, según tú, atentan contra la vida, la estabilidad, física, emocional, intelectual o económica de la sociedad buscando el enorme beneficio de los menos sobre los demás. Más allá de discutir si existe utilidad de la mentira y el engaño en la construcción social y en el estado de cosas como lo conocemos y preservar cierta estabilidad en el estilo de vida o en el desorden mental de un mentiroso compulsivo cuya conducta va más allá de un compromiso o una promesa de decir la verdad sino de un tratamiento medicamentoso para aliviarlo (o aliviarla) de ese peso que conscientemente no quiere seguir cargando,  la falsedad ha sido el material con el que se edifica la cultura política. A pesar de las toneladas de evidencias en su contra, el falsario instalado en altos puestos de dirección pública sigue empecinado en sus argumentos sabedor de que teniendo mayoría, una importante base le seguirá creyendo. Por ejemplo, en lo más presente y de acuerdo con una investigación de la consultora política SPIN, hasta el 31 de agosto pasado, el presidente de México habría hecho más de 61 mil declaraciones falsas en las, entonces, 684 conferencias mañaneras. De ser correctos estos números y comprobables en todos los casos, no hay razón para dejar de ocultar la verdad hasta unos días antes de finalizar 2022. Es más, ha vuelto a prometer abasto de medicamentos para todos. Cosa que viene haciendo en los últimos años sin cumplir. Insisto, de ser cierta la investigación, ¿estamos ante un mentiroso compulsivo?

Lo dudo.  Estamos ante un político mexicano de cepa que hace honor a la memoria de sus colegas desde 1821 hasta la fecha. Sí, política y mentira podrían ser sinónimos, no una consecuencia de la otra. El siquiera pretender insinuar que el Ejecutivo miente, habría sido suficiente como para cerrar una radiodifusora o dejar de suministrar papel para un diario apenas hace 40 años. Con todo y las mentiras actuales, y lo dejo como una nota de esperanza políticamente correcta para estas fechas, poder escribirlo, decirlo al aire, gritarlo, manifestarlo sin las consecuencias habituales salvo las rabiosas negaciones y deslindes de culpa desde el mañanero púlpito presidencial, complementando el sainete, es un avance. No se rían, no lo escribí el 28 de diciembre. El otro lado, el universo obscuro, el callar voces y plumas por ejercer un servicio a la verdad, ha corrido a cargo de un crimen organizado que, es cierto, ha recibido por parte del gobierno que prometió cuidarnos (a todos) abrazos del bienestar en lugar de acción firme de la justicia con la ley en la mano.   Hablando de ley, en estos momentos estoy en modo emoji con la mano en la cara sin poder creer que haya quien se trague el cuento de que la plagiada fue la magistrada Yazmín Esquivel. Which means…  el plagiario, Edgar Báez viajó en el tiempo, de 1986 al año siguiente para “fusilarse” la tesis de la víctima. La tesis DeLorean, que le llaman. ¿En manos de quién han estado tantos fallos judiciales?

Por cierto, el héroe ficticio de la Segunda Guerra Mundial William Martin que engañó al poderoso y tenebroso aparato nazi, fue enterrado con honores en aquel 1943 en Huelva ante la presencia del vicecanciller británico en España. Recientemente, a la lápida, se le colocó un anexo especificando “GLYNDWR MICHAEL SIRVIÓ COMO EL MAYOR WILLIAM MARTIN, RM”. Invito a mis navidades a Sir Francis Bacon para que nos ilustre con un esperanzador: “La verdad es hija del tiempo, no de la autoridad.”  Ánimo y bendiciones para todos.

Iñaki Manero.

 

 

 

BITÁCORA DE VIAJE XXIX

por NellyG 1 diciembre, 2022

 

 

“HE LLEGADO A LA CONCLUSIÓN DE QUE LA POLÍTICA ES DEMASIADO          SERIA PARA DEJARLA EN MANOS DE LOS POLÍTICOS”.

Charles de Gaulle.

 

-¿Vas a ir a la marcha?- Era la pregunta que se escuchaba aquí y allá en oficinas, cafés, bares, grupos de chat en Whatsapp y demás.  Sin duda, la curiosidad, el deseo, la ansiedad; sí, el morbo, la inseguridad, la duda. Por primera vez en cuatro años, la liga estirada estaba dando muestras de fatiga. Como esa estructura que en los pernos mal puestos llevaba una bomba de tiempo. Y así ha sido con este sainete que ya se eternizó en actos. Dos semanas atrás, el morning show presidencial, entre sermones, canciones, chistes, ironías, dedicaba el tiempo pagado por los contribuyentes a denostar, criticar, descalificar la planeación de una actividad de legítima libertad social pasando a otra etapa de un libreto permanentemente cambiante.  La comedia es dirigida, escrita (tal vez; no me consta), por un hombre que precisamente se arropó en la libertad de reunión y manifestación para invadir las calles. Un hombre que hizo de la movilización social, la protesta, el paro, la resistencia civil (no tan pacífica), literalmente un modo de vida; poco se le ha sabido de otro trabajo además del de Jefe de Gobierno y Jefe de Estado que no tenga que ver con actividades partidistas.  Quien le provocó embolia a una de las ciudades más grandes del mundo taponando esa arteria principal llamada Reforma y causando pérdidas para los primeros 15 de 47 días que duró el “ejercicio de libertad”, por más de 3 mil millones de pesos y el peligro de cierre para más de 900 restaurantes de los nueve mil calculados entre las entonces delegaciones políticas Miguel Hidalgo y Cuauhtémoc. Salió bueno el chistecito, diría mi madre y todo por un acto reivindicatorio a un fraude electoral que nunca se comprobó y que fue verificado por visores internacionales y ciudadanos voluntarios, de todas las filias políticas, que se prestaron a ser funcionarios de casilla. No sé ustedes, pero llamarle fraude al esfuerzo de miles de mexicanos que atendieron, orientaron, contaron votos, armaron paquetes y los sellaron, es mentarles la madre y llamarle corruptos a tantos mexicanos y mexicanas que sacrificaron su descanso por honrar la democracia. Desde luego que habrá escépticos, y es sano. Pero quien acusa, está obligado a probar y hasta ahora, en ambos procesos electorales en los que participó el ahora, por fin para él, presidente, sus pruebas de fraude se resumen a cajas vacías, puercos y gallinas. Tan buen candidato ha sido, que hasta la fecha no se le ha olvidado.

¿Para qué hacer una marcha?

Volvamos a la pregunta inicial. ¿Qué marcha y para qué?  Contexto: el jefe del Ejecutivo envió una iniciativa al Congreso para hacer una Reforma Electoral al Instituto Nacional Electoral y otros asuntos de capital importancia para la vida cívica del país, como por ejemplo, adelgazar el número de diputados y senadores.  ¿Para qué? Como dijera el gran Mimo Mexicano, “ahí está el detalle, chato”.  Y tal vez un juego perverso sea el centro del asunto: en la propuesta presidencial,  a la letra, nunca se propone desaparecer el instituto ni quitarle autonomía.  Claro, esto es a la letra. ¿Por qué o para qué cambiar? Para que no haya corrupción en futuras elecciones.  ¿Ha habido corrupción desde que a principios de los 90, el gobierno federal dejó de tener injerencia en la realización de comicios? Nunca se ha probado. O tal vez la percepción a conveniencia; cuando los resultados nos han favorecido, como en esa avalancha de votos del 2018, fue una luna de miel. Cuando el desgaste normal de un gobierno comenzó a encender alarmas sobre la popularidad y el partido en el poder perdió media Ciudad de México, tal vez ahí, se rompió el encanto. Hoy, el Instituto Nacional Electoral debe cambiar de nombre. ¿Cambiar el nombre -pienso en pregunta retórica- equivaldría a la costumbre de algunas especies de marcar su territorio? Ciertamente, reitero, en la iniciativa enviada al Congreso, misma que en el momento de escribir lo que mis queridos amigos leen, está en proceso de análisis, no se advierte modificación alguna, salvo adelgazar un presupuesto considerado excesivo en gastos del Instituto. Pero no adelantemos vísperas; no es de la noche a la mañana y tiene que recorrer todo un camino legislativo. Si esta propuesta no pasa, hay un plan B.  Siempre hay un plan B.

El domingo 13 de noviembre, cerca de medio millón de ciudadanos hicieron una marcha pacífica en defensa del INE; la sociedad civil, por primera vez en mucho tiempo, le arrebató la agenda al presidente de la República; éste no tardó mucho en convocar a otra para el domingo 27, en un  arrebato que francamente podría convertirse en ejemplar para ilustrar algún capítulo sobre poca o nula inteligencia emocional. Nadie es más popular que yo, porque L´Etat c´est moi. El presidente de México organizando una marcha en defensa y apoyo al presidente de México.   Nadie llena el Zócalo de la Ciudad; sólo yo.

– ¿Fuiste a la marcha? –  Era la pregunta que se escuchaba aquí y allá…  Lunes 14 de noviembre. Tal vez lo más difícil de digerir fue que una movilización ciudadana sin el músculo del Estado, le quitara reflectores al rey de las marchas, plantones y manifestaciones.  En este momento es viernes 25 de noviembre. El pretexto para revivir este acto profundamente echeverrista/lópezportillista es festejar los “avances de la transformación” junto al “pueblo bueno” que llegará por cualquier medio posible a la cita en Paseo de la Reforma. Claro, todos por voluntad propia. Quien imagine otra cosa es adversario, enemigo de la Patria, fifí, aspiracionista. Rancio maniqueísmo de manual, qué caray.

Al finalizar estas líneas, finaliza también una rola de la combativa irlandesa Sinead O’Connor, quien sentencia:

A través de sus propias palabras,

Serán expuestos.

Y adquirieron un severo caso de

El Traje Nuevo del Emperador…

Iñaki Manero.

BITÁCORA DE VIAJE XXVIII

por NellyG 1 noviembre, 2022

                                                   

   NO TODO ASUME UN NOMBRE. ALGUNAS COSAS VAN MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS.

                  – Alekandr Solzhenitsyn

   Mi nombre es Juan Ignacio Manero Monte; hijo de Josefina Monte Aja, del mero Tlalnepantla, Estado de México, y de Enrique Manero Berasategui, digno representante del Bocho, Bilbao, España. Esos son nombres oficiales; los que aparecen en los papeles, en las identificaciones, en los certificados y te acompañan en esta idea de controlarlo todo, desde la cuna, hasta el sepulcro. Pero no necesariamente es el nombre con el que quieres que la gente te recuerde y te haga parte de su vida. Por ejemplo, Bob Dylan fue registrado como Robert Zimmerman; el Dylan es por su afinidad al poeta galés Dylan Thomas. Si escribo Félix Fernández, probablemente muchos lo identifiquen con ese gran portero del Atlante y de la Selección Mexicana de futbol y nada más. Pero si les digo que, en su forma corta, así se llamaba en realidad el primer presidente de México, Guadalupe Victoria, más de uno que se haya dormido en esa clase de historia de nuestro país, levantará la ceja. Desde Voltaire hasta Elton John, el cómo quieres ser recordado, es en la mayoría de los casos, un asunto personal.

En mi caso, nací en la muy conservadora sociedad mexicana de los sesenta, así que de nada valieron las peticiones de mi padre tanto a la Iglesia como al Registro Civil, para ser bautizado como Iñaki. No, no. Si no está en el Santoral Católico, ni en fe de bautismo ni en acta de nacimiento. Mi tía madrina Carmela zanjó el asunto de manera práctica: Entonces que se llame con el equivalente “en cristiano”: Ignacio. Y ya de pilón, con el Juan por delante pa’ que amarre. Sin embargo, en lo sucesivo, la única persona que me llamaba así y cuando llegaba a casa a las 5 de la mañana, era mi desvelada madre. Escuchar este nombre compuesto, para mí, siempre fue motivo de inquietud que antecede a la tormenta de regaños y castigos ejemplares. No se desgasten llamándome Juan, Juanito, Ignacio, Nacho o cualquier combinación de los anteriores si me quieren saludar por la calle. Simplemente mi mente no decodifica lo escuchado como personal. No volteo. Cada quien lleva el nombre que elige para la batalla diaria. Como dijera Cyrano antes de morir, sería el sello de mi grandeza. 

Por lo mismo, empeñar el nombre, con el que te identificas, en prenda de cualquier promesa o condicionar su permanencia al cumplimiento de la misma, es algo grave; Clío, la musa de la historia, en ese momento se alista para registrarlo todo grabado en piedra, en la gloria o la vergüenza.

Dinamarca, desde luego, no es México. Ni en historia, ni en cultura, ni en situación geográfica, ni en meteorología, población, política, economía, ni en…

El sistema de salud de Dinamarca es uno de los mejores del mundo. El país destina un 11 por ciento de su PIB al presupuesto de salud y con cobertura universal. No nada más en el papel, sino en los hechos, ya que no solamente es el aspecto médico, sino también complementado por calidad de vida y empleo. Coincide también con el puesto número 11 en la lista de PIB per cápita comparado con 196 países. En el 99 por ciento de la población, el paciente tiene a un médico especialista asignado en atención primaria. El sistema es gratuito (desde luego, se mantiene con los impuestos de los contribuyentes, pero la calidad y celeridad en el servicio, es un punto extra para afirmar que ese dinero está bien invertido) y los centros de salud pública no están centralizados; los médicos y directores de los centros son autónomos; ellos se encargan y se hacen responsables de la administración de los hospitales y consultorios; no solamente en consulta, cirugía, farmacias, tratamientos, sino también en contratos y salarios.  Esto reduce la hiperburocratización (¿me inventé la palabra?) del sistema y cada paciente cuenta con una tarjeta sanitaria que puede presentar no únicamente en la clínica, sino en la farmacia de su elección para recoger el medicamento. La receta, electrónica, se encuentra en sus dispositivos móviles y en una base de datos general. Todas las historias clínicas de pacientes son fácilmente verificables en una red universal hospitalaria y con un sistema llamado WebReq de análisis clínicos. Consultas que se realizan para recetas, entrega de resultados o seguimiento de tratamientos, son vía telefónica; esto evita las aglomeraciones. Si el paciente por razón de discapacidad o estar en fase terminal no puede acudir a consulta, existe desde luego, la telemedicina, muy útil en estos años pandémicos o la atención domiciliaria. (¿Alguien recuerda el “Médico en tu Casa” en el sexenio chilango de Miguel Mancera?). Los municipios proveen de todo lo necesario para que el paciente se encuentre lo más cómodo y lo más cercano a una atención hospitalaria de primer nivel. Muy importante: más del 90 por ciento del abasto de medicamentos y tratamientos está garantizado, y el aeropuerto de Copenhague no ha sido bloqueado por desesperados padres de familia exigiendo las quimios de sus hijos que por derecho les corresponden.  

Enero de 2020: el presidente de la República aseguró que el primero de diciembre de ese mismo año el sistema de salud pública funcionaría con normalidad. Medicamentos gratuitos y servicios de calidad como en… Correcto, Dinamarca; aunque también mencionó Canadá y Reino Unido. En poco más de un mes se cumplirán dos años de esa fecha fatal. Juzgue usted.

Noviembre, 2021, el mismo jefe del Ejecutivo, afirmó: “Me dejo de llamar Andrés Manuel si no se distribuyen medicamentos en México”. 

Hace unos días, octubre, 2022, misma persona: “Aceptamos el desafío y el reto y cuando terminemos, vamos a tener sistema de salud de primera; como en Dinamarca”.

Esto me lleva a una reflexión y a una duda.

Tal vez el presidente tenga razón; la culpa es nuestra al no haberle preguntado si tendremos en 2024 el sistema de salud de Dinamarca… del siglo XV.

¿Podemos ir convenciendo al INE para que organice una consulta popular y buscarle nuevo nombre a quien ya lo empeñó y lo perdió en algún rincón de su morning show?

Mientras escucho algo de Reggae (sin ganja), no puedo evitar acudir al enorme gran profeta de Jah:

Bob Marley no es mi nombre. Ni siquiera sé mi nombre aún.

                                 Iñaki Manero.

Bitácora de Viaje XXVII

por NellyG 1 octubre, 2022

                                         

        LA VERDAD ES LO QUE ES, Y SIGUE SIENDO VERDAD AUNQUE SE PIENSE AL

              REVÉS.

                    – Antonio Machado.

   “Te informo que el nutrido contingente se dirige hacia la plancha del Zócalo en donde se prepara el mitin; elementos de la policía capitalina nada más están vigilando la marcha luego de que encapuchados hicieran destrozos y saquearan tiendas de conveniencia a su paso acompañando al grueso de los manifestantes que avanzan gritando consignas de manera pacífica. Volvemos contigo al estudio…”

   No importa cuándo leas esta narración del colega reportero; con sus matices, puede ser en cualquiera de las fechas señaladas como propias para este tipo de muestras de rechazo, condena, exigencia. Amparado desde luego por la Constitución, aunque siempre en constante choque con la garantía de libre tránsito que el mismo compendio de leyes señala. Al momento de escribir estas ideas, se lleva a cabo en Ciudad de México la conmemoración (para algunos será festejo, créanme, de que los hay, los hay), de la matanza de Iguala, Guerrero en su edición número ocho. Los protagonistas tienen ligeros cambios en el elenco: padres de los manifestantes desaparecidos y sus eternos líderes, simpatizantes de corazón como agrupaciones que buscan por los suelos del territorio nacional convertido en espantosa fosa común y desde luego, oportunistas que desde el principio han lucrado con la desgracia y que desde luego les importa un rábano lo que le haya pasado a los estudiantes. Desde el sexenio anterior, esta especie de miserable rémora, se mueve con promesas, reflectores y petición de votos con lo de siempre:  “esclarecer los hechos hasta sus últimas consecuencias, caiga quien caiga” y variaciones sobre el mismo tema.  El desfile se completa con curiosos, periodistas que van a informar y otros que van a aplaudir contando en sus crónicas lo bien organizado que estuvo y lo humanista del gobierno que les permite inundar las calles y avenidas con sus reclamos. Finalmente, salvo que alguien más se me vaya de la memoria, los más bajos en la pirámide: grupos violentos pagados por intereses y agendas secretas con el propósito de desvirtuar marchas de origen pacíficas como las feministas del ocho de marzo. Nadie los detiene, nadie los hace responder, con la ley en la mano, por la colección de delitos perpetrados a su paso y nadie lo hará.  El fantasma del 68 y ahora el espectro de Ayotzinapa, traen una losa muy pesada que podría ser, a la postre, la lápida de muchas carreras políticas. 

   La marcha concluyó hace unos instantes con un “¡Venceremos!” luego del mitin en la Plaza de la Constitución. Cada quien de regreso, sudorosos, extasiados. Ya volverán.  Algunos estuvieron presentes la semana pasada en el ataque al Campo Militar número 1, en Paseo de la Reforma. Ese Campo Militar que si pudiera hablar (tal vez lo haga) contaría, por lo menos, una historia como para quitar el sueño; de cómo estudiantes universitarios fueron llevados ahí, torturados y algunos asesinados y desaparecidos en 1968 por órdenes de autoridades que hoy, para mayor espanto, son ídolos de políticos en el poder del presente, alumnos de lo más rancio y podrido del pasado. De ese capítulo de la serie Me Dueles México que nadie hoy menciona desde Palacio Nacional intitulado “La Guerra Sucia”; cuando se perseguía guerrilleros en la sierra de Guerrero para mantener la paz priísta. Los atrapamos, los torturamos y los desaparecemos.  Se acabó y todos seguimos tranquilos.  Muchos de esos guerrilleros, recordando a Lucio Cabañas, salieron de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa.  Depende de qué lado estés de la narrativa, algunos les llamarán “luchadores sociales” y otros “viles delincuentes terroristas”. Hay algo de cierto en cualquiera de las dos expresiones.  Desde quienes denuncian las desapariciones de compañeros con filiación de extrema izquierda por parte de un sistema que se dice amigo de esa visión social, pero cuyas acciones más bien pertenecen a las paranoias stalinistas o devaneos fascistas, hasta los saqueadores de camiones repartidores de refrescos, papitas y pastelitos o secuestradores de vehículos de pasajeros con todo y chofer para transportarse en sus andanzas gansteriles disfrazados de auténticos luchadores sociales. Si se me permite la hipótesis – y a estas alturas de la demencia nacional todo puede caber -,  ¿sería muy descabellado presumir que exactamente eso es lo que pretenden quienes aprovechan la confusión para clasificar los movimientos estudiantiles pasados, presentes y futuros y sacar la mejor parte? El crimen organizado, lo sabemos, es ingrediente importante. ¿De qué magnitud? Hay una neblina que impide ver con la razón reposada.  Funcionarios de tres niveles de gobierno y en general, servidores del Estado (sí, Estado incluye ejército, marina, ahora guardia nacional, etcétera) involucrados en la detención, desaparición y muy probablemente homicidio. ¿Hasta dónde topan?  Un rompecabezas programado para desorganizarse justo cuando están por insertarse las últimas piezas y comenzar de nuevo.

   Han aparecido nuevos datos y a regañadientes de quienes quieren mantener el caos informativo.  Una filtración a la prensa que pone en entredicho la nueva “verdad histórica” que en esencia, no varía mucho de la anterior.  Es como ver una nueva versión de un clásico del cine que no ofrece mucho para hacerla atractiva. Nada novedoso. Las mismas mentiras, la misma olla con otros grillos mientras se siguen vendiendo como “diferentes”.  Cuatro años para pintar la misma fachada, que ayer era verde, de guinda, pero sigue siendo fachada. “Peña Nieto nos mintió, ahora que no se burlen de nosotros”. Palabras que escucho de los oradores al concluir la parte conmemoración, parte circo de este año.  Jalemos nuestra silla y esperemos cuál será el sabor del atole que nos querrán servir el año entrante. Mientras esperamos, el genial cínico Jacinto Benavente sentencia: “La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande”.  

   Iñaki Manero.

Bitácora de Viaje XVI

por NellyG 2 septiembre, 2022

                                                      

           NO SE DEBE CONFUNDIR LA VERDAD CON LA OPINIÓN DE LA MAYORÍA  

                                                               Jean Cocteau

   En 2014 recibí una llamada del entonces editor de la prestigiada revista Rolling Stone; una publicación que inicia con el nacimiento del gran movimiento contracultural de 1967. Para quien no la conozca o la haya oído mencionar sin ni siquiera hojearla, es muy fácil concluir que por el nombre (referencia obligada a la canción de Dylan y a esa latosa banda londinense), debe tratarse de una revista que aborde temas musicales sobre todo de interés anglosajón. Nada más lejos de la realidad; la revista pretende ser una reivindicación multigeneracional a la necesidad de estar correctamente informado, siendo la música un aspecto del caleidoscopio y no necesariamente un eje central. Hecha la aclaración, como dicen los clásicos, razón de más para haberme sentido sumamente honrado al recibir la invitación para participar en el siguiente número, intentando explicar un trágico galimatías embarrado de corrupción y encubrimiento llamado Ayotzinapa. ¿Sabía en qué me estaba metiendo? No lo recuerdo. El caso es que le entré a la encomienda.

   Ocho años después, le sigo entrando. Porque así como los médicos tienen un acuerdo con la vida, los comunicadores lo tenemos con lo más cercano a una descripción de las cosas y sus causas, número uno, y número dos, a una reflexión personal e informada que se le pueda ofrecer a quienes nos hacen el honor de escucharnos, vernos, leernos. Lo que sucedió en Iguala, Guerrero esa noche del 26 de septiembre de 2014 y madrugada del 27, marcó un antes y un después al derecho público a la transparencia y la información; desgraciadamente, a pesar de los discursos, las promesas, fotos y reflectores, poco hay de nuevo para completar las piezas del rompecabezas y también rompecarreras políticas y rompevidas en libertad. Y por lo visto, pinta para ser un caso al que se le agregan, de cuando en cuando,  varios incendios que confunden – ¿intencionalmente? – el acceso a la verdad. 

   Como si leyéramos la sinopsis de una película para decidir si vamos o no al cine un  sábado flojo, la historia podría por encima y en una de tantas variantes, ir como sigue…

   Varios estudiantes de la escuela normal rural Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero, secuestran camiones y exigen ser llevados a la ciudad de Iguala con la intención de seguir su camino rumbo a la Ciudad de México, presuntamente para unirse a la protesta en la conmemoración del 2 de octubre de 1968. Ya en Iguala, deciden ir a boicotear un acto de la esposa del presidente municipal, José Luis Abarca. Son perseguidos por policías municipales; algunos logran escapar, otros son golpeados y arrestados; se dice que uno muere y otro más es llevado al hospital, en donde se recuperaría más tarde.  Corte a…  la confusión, la desinformación y el juego de quién cuenta mejor una mentira para salvar el pellejo político.  Se presume que la policía de Iguala los entrega a sus colegas de Cocula, quienes a su vez, los turnan a miembros del grupo del crimen organizado denominado Guerreros Unidos, rivales acérrimos de los Rojos, con quienes pelean el cultivo y trasiego de la heroína hacia la capital de la República y más allá, tal vez hasta la ciudad de Chicago, en los Estados Unidos.  Es en este microuniverso cuando las cosas comienzan a rodearse de una niebla tóxica, fétida, a donde no pasa la luz. Arranca el baile de las mentiras, porque sería la última vez, luego de esta detención en que se vería a la mayoría de los 43 que oficialmente fueron detenidos por la “ley”.  En caída libre, la suerte de los estudiantes se pierde en la bruma y aquí entran de lleno las “verdades a modo”.  Una línea más o menos lógica relata que los delincuentes los ejecutaron, confundiéndolos con los rivales o presumiendo que entre los jóvenes había infiltrados del grupo antagónico; posteriormente, sus cuerpos  ocultados, quemados, desmembrados, quizás deshechos en ácido… Ante la falta de una eficiente, aseada y profesional verdad jurídica, a la hora de escribir este texto, agosto de 2022, tenemos dos “verdades históricas”.  La primera, producto de las conclusiones a las que llegó la entonces Procuraduría General de la República en el gobierno anterior y por la cual, hoy está iniciando proceso penal su responsable en el momento de los hechos.  Hoy, para evitar que el Ejecutivo meta las manos en la persecución de delincuentes, de Procuraduría pasa a Fiscalía y teóricamente tiene la autonomía que le faltaba a su antepasada.  El resultado: nada valioso. Mucha forma, poco fondo. La verdad histórica presentada recientemente por la Subsecretaría de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, matiza, pero no aclara lo más importante: ¿En dónde están los 41 estudiantes que faltan? Y sí, deja más preguntas que respuestas aclaradas.

   Para no escribir notas a pie de página, dije 41 porque hasta ahora, la nueva verdad histórica no ha desmentido los hallazgos de algunos restos óseos que la Universidad de Innsbruck, en Austria, certificaron como pertenecientes a dos de los desaparecidos.  Ambas conclusiones, la de la administración pasada y la actual (luego de cuatro años de gobierno y de prometer que ahora sí se llegaría hasta el fondo), coinciden en que los muchachos fueron asesinados y sus restos esparcidos. ¿Cuál novedad? O como dicen por ahí, ¿de qué sabor quieren su atole hoy? 

   “Crimen de Estado”, sentencia Alejandro Encinas, subsecretario de Gobernación. Sí, el mismo que, cuando diputado, escondió a un hombre, Julio César Godoy,  acusado de narcotráfico, en su oficina de San Lázaro hasta que pudo jurar como diputado federal y gozar de fuero para posteriormente, luego que la Procuraduría pidiera su desafuero,  desaparecer.  Pero la palabra Estado (así, con mayúscula), tiene mucho margen de movimiento. Puede ser cualquiera de las instituciones que regulan la vida de una sociedad en un territorio soberano: policía, salud, ejército, gobierno…   ¿Son todos o hacemos excepciones a modo?  En la siguiente bitácora, le seguimos entrando porque el diablo, efectivamente, está en los detalles, o tal vez se nos olvidó ponerlo en la lista de presuntos culpables. El 2024 está más cerca cada vez.

               Iñaki Manero.

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