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Revista Latitud 21
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El futuro del sur de Quintana Roo

por NellyG 1 julio, 2026

 

Durante décadas, los gobiernos de Quintana Roo han hablado de lograr un equilibrio económico entre el pujante norte y el rezagado sur del estado. Recuerdo bien cuando se proponía detonar el desarrollo del sur a través del campo, e incluso mediante la creación de proyectos para la producción de camarón de exportación. Hubo esfuerzos, sin duda, pero la mayoría quedó en promesas con pocos resultados tangibles.

Sin embargo, considero que en los últimos años el sur ha comenzado a transformarse, transitando de ser una región centrada en la burocracia a convertirse en un verdadero polo de turismo, vivienda y comercio. Esta realidad se debe a las gestiones de los últimos gobiernos estatales, al interés del gobierno federal y, sobre todo, a la apuesta de inversionistas nacionales y extranjeros que sí vieron en el sur una gran oportunidad.

Vale la pena destacar la llegada a la capital del estado de marcas nacionales, restaurantes y tiendas de autoservicio que cumplieron un anhelo importante para los chetumaleños.

Asimismo, resalta el crecimiento de Bacalar, Mahahual y toda la franja costera, donde han surgido nuevos tipos de hospedaje enfocados en la cercanía con la naturaleza. Hoy, cientos de turistas de distintas nacionalidades disfrutan de las bellezas de esta región. En años recientes, el gobierno estatal ha invertido a través del Fideicomiso Crucerista, apoyando la infraestructura, la seguridad y la creación de un fondo para atender desastres naturales como huracanes. En pocos meses comenzaremos a ver los resultados de estas inversiones, fundamentales para la competitividad de la zona.

También destacan la remodelación del aeropuerto de Chetumal y las obras relacionadas con el Tren Maya.

Finalmente, me refiero al proyecto más ambicioso de la región: Mahahual. Hace algunos años, un grupo de empresarios encabezado por la familia Hamui invirtió en lo que hoy se conoce como Costa Maya, un importante puerto de cruceros que recibe cerca de 1.5 millones de pasajeros al año. Hoy en día, prácticamente todas las principales navieras utilizan este puerto.

No obstante, la zona enfrenta un crecimiento acelerado, en muchos casos desordenado y con importantes carencias, resultado de la falta de inversión en años anteriores. La comunidad de Mahahual requiere mayor acceso a agua potable, drenaje e infraestructura de calidad, además de modernizarse para responder al incremento en la llegada de cruceros.

En octubre de 2024, Royal Caribbean Group presentó en Palacio Nacional un nuevo proyecto que contemplaba la adquisición del puerto y el desarrollo de un parque acuático con un ambicioso plan para la región. Sin embargo, el proyecto enfrentó oposición por parte de grupos ambientalistas desde el inicio, en parte por una comunicación insuficiente.

Hoy existe una ventana de oportunidad para relanzar Mahahual. Los gobiernos federal y estatal han convocado a analizar cómo impulsar un proyecto acorde con las nuevas circunstancias, incorporando las voces de la comunidad.

Quintana Roo necesita un Mahahual renovado, que se convierta en un símbolo del desarrollo del sur y permita, ahora sí, consolidar una región verdaderamente pujante.

Ojalá que así sea.

 

 

Reingeniería del entorno social

por NellyG 1 julio, 2026

 

Trabajemos en nuestro entorno social y hagamos una reingeniería total de esas personas que nos rodean.

Soltar no siempre es fácil. A veces llega alguien a nuestra vida y la mueve: sus atenciones impactan, su carisma agrada y, sobre todo, nos sentimos bien compartiendo con esa persona. Pero las señales no tardan en aparecer, esas banderas rojas que debemos aprender a observar y considerar para salir de una relación cuando ya no conviene. Las personas llegan, dicen una enseñanza y, a veces, se retiran; otras veces seguimos aferrados a un vínculo por hábito, miedo o dependencia. En ese punto, el verdadero reto es decidir retirarnos con dignidad.

Primero, el cuerpo suele avisar. Si sabemos escuchar, descubrimos que detrás de la alegría de compartir, puede haber una sensación rara: una señal de que algo no está alineado con nuestro bienestar. El cuerpo habla cuando ya es hora de partir, cuando conviene cambiar de posición, buscar nuevos aprendizajes y mirar hacia nuevas aventuras. Reconocer estas sensaciones es un acto de autoconocimiento y respeto por uno mismo.

 

¿Qué debería tomar en cuenta para saber si hay que retirarnos?

1) Priorizarse sin culpa. Poner en primer lugar nuestra propia integridad y valores. Nadie debe estar por encima de nuestra dignidad y de lo que consideramos correcto para nuestra vida.

2) Evitar cargas ajenas. No carguemos con problemas que no nos corresponden; cada historia tiene su propio peso y responsabilidad.

3) ¿Es una prioridad para la otra persona? Si para esa persona no somos parte de su lista de prioridades, ¿qué espacio ocupamos en esa relación?

4) ¿Somos parte de su historia o solo nos inserta en la suya? Es clave preguntar quién cuenta la narrativa: ¿hay reciprocidad y presencia en ambos sentidos, o solo una dirección de interés?

5) Escuchar al sentir y al cuerpo. Analizar detalles de nuestra emoción y de nuestra fisiología puede revelar si, aunque nos sintamos bien a ratos, la relación no favorece nuestro crecimiento personal.

 

Soltar no significa desentenderse; significa elegir con conciencia activar la autonomía de nuestra vida. Reconocernos como protagonistas de nuestra historia implica decidir cuándo preservar nuestra salud emocional y cuándo avanzar hacia horizontes que fomenten nuestro desarrollo, nuestras fronteras y nuestros valores.

Cierro con una idea clave: soltar no es rendición, es una estrategia de cuidado. Cuando reconocemos las señales, podemos agradecer lo aprendido, agradecer la experiencia de la interacción y, aun así, seguir adelante con propósito. La vida es un camino de aprendizaje continuo, y cada paso hacia adelante es una decisión que protege nuestra dignidad y abre la puerta a relaciones y proyectos que realmente nos nutren.

 

 

El Distrito Financiero: una oportunidad para transformar a Cancún

por NellyG 1 julio, 2026

 

 

Por Dr. Sergio Anguiano Soto

 

Cancún ha demostrado durante más de cinco décadas que puede competir entre los destinos turísticos más importantes del mundo. Sin embargo, el siguiente paso en su evolución económica no debe depender únicamente del turismo. La creación de un Distrito Financiero puede convertirse en una oportunidad para diversificar la economía y posicionar a la ciudad como un centro de negocios y servicios para el Caribe.

La idea resulta atractiva porque aprovecharía fortalezas que Cancún ya posee: conectividad aérea internacional, infraestructura hotelera, una ubicación estratégica y una marca reconocida globalmente. Además, permitiría atraer inversiones, empresas nacionales e internacionales y generar empleos mejor remunerados para profesionistas y jóvenes egresados de las universidades.

Pero un Distrito Financiero no puede reducirse a la construcción de edificios modernos. Para que sea exitoso requiere planeación urbana, movilidad eficiente, transporte público de calidad, infraestructura hidráulica, conectividad digital, seguridad y certeza jurídica para la inversión. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse únicamente en un nuevo desarrollo inmobiliario con un nombre atractivo.

El crecimiento de Cancún ha sido acelerado y, en muchos casos, desordenado. La congestión vial, la presión sobre los servicios públicos y las desigualdades entre las zonas de mayor desarrollo y las colonias populares evidencian que la ciudad necesita una estrategia integral de desarrollo, no proyectos aislados.

Si el Distrito Financiero se concibe como parte de una visión metropolitana de largo plazo, puede representar un paso importante para fortalecer la competitividad de Cancún y reducir su dependencia económica del turismo. Pero si no se acompaña de inversiones en movilidad, infraestructura y calidad de vida, difícilmente cumplirá las expectativas que hoy genera.

Cancún tiene la oportunidad de convertirse no sólo en la capital turística de México, sino también en un referente regional para los negocios, la innovación y los servicios financieros. El éxito del proyecto dependerá menos de la altura de sus edificios y más de la solidez de la visión que lo haga posible.

Evolución en México del sistema penitenciario

por NellyG 1 julio, 2026

 

 

Al fin, después de muchos años, se logró la configuración del Derecho Penitenciario como materia autónoma, no sólo en lo académico, sino en lo práctico; naturalmente, se trata de la culminación de la justicia penal, la ejecución de la pena de prisión y sus implicaciones. En consecuencia, debió ser una materia de estudio obligatoria posterior al Derecho Procesal Penal. Actualmente, lo relativo a la pena de prisión es parte toral del Derecho de Ejecución Penal; pero no es el todo.

El Derecho Penitenciario transitó por dificultades para ubicarlo como una materia puramente penal; ha sido integrado al Derecho Social, porque las personas privadas de la libertad se encuentran casi como regla general y no como excepción en situación de vulnerabilidad; también fue integrado al Derecho Administrativo y peor aún, lo hermanaron a la seguridad pública. En la academia universitaria, el Derecho Penitenciario surgió y se quedó como una materia optativa/opcional, como si en la práctica, la justicia penal concluyera con el dictado de una sentencia.

No solo resulta complicado todo lo relacionado a la prisión; aunado a lo casi nada atractivo en términos económicos que resultan los procedimientos de ejecución penal para los postulantes, pues según sus propias palabras, las personas privadas de la libertad “no pagan”; cuestión que repercute directamente en el desinterés por tomar la defensa de este tipo de asuntos, estudiar, investigar y publicar sobre la materia.

El Derecho Penitenciario era de por sí una materia joven en México, según el abogado Alberto Garduño, quien se adentra al tema y opina acertadamente que su nacimiento se identificó con la promulgación de la Ley que Establece las Normas Mínimas sobre Readaptación Social de Sentenciados, publicada en el Diario Oficial de la Federación del 19 de mayo de 1971, resultado del trabajo temerario de Sergio García Ramírez para adaptar las “Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de los Reclusos” a la realidad nacional. Lo anterior, no significa que incluso en la historia nacional más antigua haya habido antecedentes de la aplicación de la pena de prisión.

Cabe recordar que las “Reglas Mínimas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de los Reclusos” fueron aprobadas el 31 de julio de 1957 por el Consejo Económico y Social de la Organización de las Naciones Unidas y fueron el resultado del Primer Congreso de las Naciones Unidas sobre Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente.

Posteriormente, la Reforma Constitucional en Materia de Justicia Penal y Seguridad Pública de 18 de junio de 2008 aparentó traer novedades y progresos en materia penitenciaria con las modificaciones al artículo 18 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, destacando la previsión de los medios penitenciarios para lograr la reinserción social:

respeto a los derechos humanos, el trabajo y la capacitación para el mismo, la educación, la salud y el deporte.

Sin embargo, fue durante el lapso entre 2006 y 2012, en la etapa más obscura del Derecho Penitenciario, cuando la situación de por sí difícil del Sistema Penitenciario Federal, los sistemas locales y la normatividad, se agravó, quedando un caos caracterizado por la corrupción y la impunidad. Un periodo tristemente célebre por las variaciones en los niveles de seguridad penitenciaria, destacaron el uso de la máxima seguridad, los contratos de prestación de servicios y las “cárceles privadas”; el incremento en el número de instituciones penitenciarias, algunas de las cuales se pagaron y no se terminaron.

En 2016 pareció encenderse una luz en el panorama penitenciario, con la aparición en el orden jurídico nacional de la Ley Nacional de Ejecución Penal (DOF 16 de junio de 2016); con ella, el Congreso de la Unión cumpliría con la obligación derivada de una reforma al artículo 73 constitucional, de legislar en materia de ejecución de penas; lo destacado de la nueva ley fue la aparición del Juez de Ejecución Penal. Un texto normativo recordado por su inicio de vigencia escalonado y por dejar fuera la criminología, tan necesaria para la atención integral de las personas privadas de la libertad.

A la fecha, la política penitenciaria integral sigue ausente; a pesar de que la Estrategia Nacional de Seguridad Pública aprobada por el Senado de la República (DOF 16 de mayo de 2019) tiene entre sus objetivos la “Recuperación y dignificación de los Centros Penitenciarios”. A finales de julio de 2021, el titular del Poder Ejecutivo Federal anunció la elaboración de un “Decreto en favor de la población privada de su libertad por delitos del fuero federal sin sentencia, tortura y adultos mayores en casos particulares”; una medida benéfica, pero aislada.

Así, sin alcanzar la madurez suficiente, el Derecho Penitenciario pasó a integrarse al Derecho de Ejecución Penal sin mayor reflexión y sin la perspectiva social y de derechos humanos que debe caracterizar la materia; mientras que su enseñanza se restringió al “estudio” de la ley sobre la materia.

El costo de rebotar

por NellyG 1 julio, 2026

Durante las últimas dos décadas, América Latina ha vivido uno de los mayores péndulos políticos de su historia reciente. Primero giró hacia la izquierda. Hoy parece regresar hacia la derecha. Argentina eligió a Javier Milei. El Salvador consolidó a Nayib Bukele. Estados Unidos regresó a Donald Trump. Ecuador apostó por Daniel Noboa. Chile eligió a José Antonio Kast. Colombia parece encaminarse hacia Abelardo de la Espriella. Para algunos analistas, se trata de una nueva ola conservadora. Para otros, simplemente es un nuevo voto de castigo.

Sin embargo, la verdadera historia no es quién gana la batalla ideológica. La verdadera historia es cuánto nos cuesta seguir rebotando entre modelos mientras los problemas estructurales permanecen sin resolverse.

La izquierda llegó porque existían dolores reales. Millones de personas observaban cómo crecían las economías mientras sus condiciones de vida permanecían estancadas. La desigualdad, la pobreza, la falta de movilidad social, el acceso limitado a educación de calidad y la concentración de oportunidades generaron una sensación de abandono. El mensaje era contundente: si el mercado no lograba incluir a todos, el Estado tendría que intervenir más.

Pero con el paso del tiempo aparecieron nuevos dolores. La inseguridad se convirtió en una de las principales preocupaciones de la región. América Latina continúa concentrando cerca del 8% de la población mundial, pero alrededor de un tercio de los homicidios del planeta. La inversión comenzó a desacelerarse en diversos países. La productividad permaneció rezagada y casi la mitad de los trabajadores latinoamericanos continúa en la informalidad. La ciudadanía volvió a sentirse frustrada.

Entonces apareció una nueva generación de liderazgos prometiendo exactamente lo contrario: menos burocracia, más inversión, más seguridad, más crecimiento y más resultados. La derecha entendió algo que millones de ciudadanos estaban exigiendo: sin seguridad, sin empleo, sin inversión y sin certeza jurídica no existe desarrollo sostenible.

Sin embargo, existe un riesgo que comienza a ser evidente. Así como la izquierda cometió el error de creer que podía distribuir riqueza sin generarla, parte de la nueva derecha parece asumir que puede generar riqueza sin invertir suficientemente en las personas.

Y ahí es donde comienza la discusión verdaderamente importante.

La depresión y la ansiedad generan pérdidas económicas globales superiores a un billón de dólares anuales por reducción de productividad. Diversos estudios muestran que cada año adicional de escolaridad puede incrementar entre 8% y 10% los ingresos futuros de una persona. El economista James Heckman ha documentado que invertir en la primera infancia puede generar retornos sociales de entre siete y trece dólares por cada dólar invertido. Sin embargo, seguimos destinando enormes recursos a corregir problemas que pudieron prevenirse.

Gastamos miles de millones combatiendo delincuencia, adicciones, violencia, reincidencia penitenciaria, abandono escolar y crisis de salud mental. Pero invertimos relativamente poco en fortalecer la familia, la educación temprana, la salud emocional, la reinserción social y la construcción de comunidades resilientes.

El resultado es un círculo vicioso. Los gobiernos aumentan programas asistenciales para atender las consecuencias. Posteriormente aparecen déficits, presiones fiscales y menor crecimiento económico. Después llega una nueva corriente política prometiendo corregir el rumbo. Y el ciclo vuelve a comenzar.

Quizá el mayor error de nuestra generación ha sido creer que debemos elegir entre crecimiento económico o justicia social, cuando en realidad ambas son indispensables. La riqueza sin cohesión social genera resentimiento. La justicia social sin crecimiento termina siendo financieramente insostenible.

Por eso quizá la próxima gran transformación política no será de izquierda ni de derecha. Será la construcción de una nueva economía política que entienda que la prevención social es una inversión económica. Un modelo que reconozca que cada niño que abandona la escuela, cada joven atrapado por las adicciones, cada familia que se desintegra y cada persona que pierde la esperanza representan no sólo una tragedia humana, sino también un enorme costo para la competitividad de una nación.

La pregunta ya no es si América Latina debe girar a la izquierda o a la derecha. La pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a perder rebotando entre ambas mientras seguimos postergando la construcción de un modelo capaz de generar prosperidad, estabilidad y justicia al mismo tiempo.

Tal vez el verdadero desafío del siglo XXI no sea elegir entre mercado o Estado. Tal vez sea aprender a construir un capitalismo humanista que entienda que la mejor inversión no siempre es la que genera más utilidades inmediatas, sino la que evita que millones de personas se conviertan mañana en un problema que todos terminaremos pagando.

¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos.

 

 

X: Oigres14 |Email:  sergioleon@sergioleon.mx |IG: @sergioleoncervantes

Nihilismo Corporativo

por NellyG 1 julio, 2026

 

 

Para generar una planeación estratégica congruente entre la situación actual de la empresa, y las aspiraciones de sus accionistas, se debe considerar como base su misión, visión y valores, los cuales son conceptos que —desde mi punto de vista— se han deteriorado por el uso casual de los mismos y por la concepción de que son prácticamente un requisito a dejar fuera del camino, o bien, se construyen bajo la reflexión privada de que no va a tener implicaciones directas sobre el desarrollo del negocio; que, a lo mucho, serán un complemento enmarcado en las salas de juntas y harán ver a la empresa más seria e institucional.

La misión de una empresa debe de ser clara, incluir una métrica y un motivo. El escritor Donald Miller lo resume en el siguiente modelo: Lograremos X, al hacer Y por el motivo Z, y lo más importante es que debe invitar a la acción. Dicho de otra manera, los miembros de tu equipo deben de poder identificarse con la misión en sus actividades diarias y tener claro que todo lo que ejecutan como parte de su rol influye a que la misión se lleve a cabo.

Existe un incentivo psicológico hacia mantener una misión ambigua, poco específica y difícil de medir dentro de las organizaciones —incluso a nivel personal— porque te otorga la ventaja de no tener claro si lograste o no el objetivo. Es decir, como decía el psicólogo Jordan Peterson, mantener una meta ambigua te sitúa en una posición más cómoda al no cumplirla, la falta de claridad en tu objetivo cubre la falta de calidad de tu resultado. De alguna manera, es permanecer dentro de la zona de confort el no tener claro si cumpliste la meta. Traducido a una empresa: no tener una misión clara que refleje el nivel de ambición de los accionistas es una especie de falta de valentía — por decir lo menos — y llevará a toda la organización a un estado que denomino como nihilismo corporativo, que se puede ejemplificar como la existencia de la siguiente reflexión en la mente de los miembros de la empresa: “haga o no haga, logre o no logre, mi situación en la empresa no cambia”, que a su vez se puede subtitular como “lo que haga o deje de hacer en la empresa, carece de significado”. Salir de este estado es un nudo muy complicado de deshacer y requiere libros al respecto, pero lo que sí puedo resumir, es que el riesgo de que no logren las metas anuales derivado de que los ejecutivos clave se encuentren en este estado es muy alto.

Parte de la solución es confiar en una planificación estratégica que realmente transmita la Misión del negocio y que sea lo suficientemente seductora para que todos los colaboradores se involucren y se “suban al barco” para lograr los objetivos deseados. Además, lograr tener un equipo comprometido a bordo es un lujo —básicamente— que no todos los negocios pueden tener, pero la probabilidad de obtenerlo dado que exista una Misión clara es muy superior a la alternativa.

Al final, pienso que como seres humanos a todos nos cautiva una buena historia, una trama bien planteada en donde nuestra próxima decisión forme parte del desenlace, que lleve implícito un riesgo y a su vez una oportunidad. No es coincidencia que los grandes líderes que han cambiado el paradigma de su campo tengan personalidades excéntricas y siempre de la mano de una ideología que contagia. Aquí la clave será que el cuerpo directivo entienda que dirigir una empresa es algo mucho menos frío de lo que aparenta y se trata más bien de inspirar a personas hacia un bien común.

 

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