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Arturo Medina

  • En línea directa
  • Periodista, Director NITU.mx
  • email:arturo@nitu.mx
  • Twitter @Arturo_Medina_G

El talón de Aquiles 

por ahernandez@latitud21.com.mx 1 julio, 2026
  • En línea directa
  • Arturo Medina Galindo
  • Periodista, Director NITU.mx • arturo@nitu.mx
  • Twitter @Arturo_Medina_G

 

En la carrera global por la atracción de capitales, el Caribe Mexicano cuenta con ventajas competitivas envidiables: conectividad aérea de primer orden, infraestructura hotelera de clase mundial y una marca destino imbatible. Sin embargo, en el balance financiero de cualquier corporativo que opera en Quintana Roo, existe un lastre silencioso que amenaza la rentabilidad y frena la llegada de nuevas inversiones de alto valor: el costo y la intermitencia del suministro de energía eléctrica.

Para la industria de la hospitalidad, los centros comerciales y los desarrollos de usos mixtos, el recibo de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ya no es un gasto operativo más; se ha convertido, en muchos casos, en el segundo costo más gravoso para las empresas, solo por debajo de la nómina. En una región donde el termómetro no da tregua y la refrigeración y el aire acondicionado son condiciones de supervivencia del negocio, la política energética se vuelve una variable estrictamente económica.

Cifras que restan competitividad

La península de Yucatán ha padecido históricamente una condición de “isla energética” debido a su distancia de los principales centros de generación del país y a la saturación de las líneas de transmisión. Aunque proyectos recientes como las plantas de ciclo combinado en Mérida y Valladolid, así como el gasoducto Cuxtal-Mayakan, prometen aliviar el déficit de generación a mediano plazo, la realidad inmediata del empresariado local sigue marcada por tarifas comerciales e industriales que están entre las más altas del país.

Operar bajo la Tarifa de Demanda Industrial en Media Tensión GDMTO o GDMTH en el sureste implica un costo por kilovatio-hora ($kWh$) que erosiona los márgenes de ganancia en comparación con destinos turísticos competidores en el Caribe global o el propio norte de México. A esto se suma el costo oculto pero devastador de los apagones y las variaciones de voltaje. Para un hotel de 500 habitaciones o un centro comercial, un corte de energía no programado implica pérdidas millonarias en equipos quemados, activación de plantas de emergencia basadas en diésel (lo que dispara la huella de carbono) y, lo peor, el daño reputacional ante un turismo de lujo que exige estándares de continuidad impecables.

La urgencia de la transición 

y la generación distribuida

La solución al estrangulamiento energético de la región no puede depender exclusivamente de los presupuestos públicos ni de los tiempos de la burocracia federal. El verdadero motor de cambio radica en la apertura y la certidumbre para la inversión privada en esquemas de sustentabilidad.

Actualmente, el límite legal para la Generación Distribuida —la capacidad de empresas y hoteles para generar su propia energía mediante paneles solares sin necesidad de una planeación compleja de la CRE— está topado en los $500\text{ kW}$ ($0.5\text{ MW}$). Para las dimensiones de la infraestructura actual en Cancún y la Riviera Maya, este techo es completamente obsoleto. Elevar este tope a $1\text{ MW}$ o más, como ha exigido el sector empresarial de manera unánime, permitiría a las grandes propiedades hoteleras y desarrollos comerciales mitigar su dependencia de la red pública, estabilizar sus costos operativos a largo plazo y cumplir con los criterios ESG (Environmental, Social, and Governance) que hoy exigen los fondos de inversión internacionales.

Balance editorial: Menos discursos, 

más transmisión

Garantizar la viabilidad económica de Quintana Roo para los próximos veinte años requiere entender que la energía limpia y barata es tan vital como la promoción turística. La iniciativa privada local ha demostrado estar lista para invertir sus propios recursos en infraestructura fotovoltaica y sistemas de almacenamiento de energía de última generación (baterías); lo que falta es un marco regulatorio que deje de ver al capital privado como un adversario y lo asuma como el aliado estratégico que es.

El crecimiento vertical de Cancún, el éxito comercial de la Avenida Huayacán y los megaproyectos en Puerto Cancún y la Riviera Maya demandan una red eléctrica robusta y redundante. Si aspiramos a seguir jugando en las grandes ligas del turismo y los negocios, las autoridades deben garantizar certidumbre jurídica para la coinversión en transmisión. De lo contrario, el costo de la luz seguirá ensombreciendo el brillante futuro económico de nuestro estado.  

El talón de Aquiles

por NellyG 1 julio, 2026

 

  

En la carrera global por la atracción de capitales, el Caribe Mexicano cuenta con ventajas competitivas envidiables: conectividad aérea de primer orden, infraestructura hotelera de clase mundial y una marca destino imbatible. Sin embargo, en el balance financiero de cualquier corporativo que opera en Quintana Roo, existe un lastre silencioso que amenaza la rentabilidad y frena la llegada de nuevas inversiones de alto valor: el costo y la intermitencia del suministro de energía eléctrica.

Para la industria de la hospitalidad, los centros comerciales y los desarrollos de usos mixtos, el recibo de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ya no es un gasto operativo más; se ha convertido, en muchos casos, en el segundo costo más gravoso para las empresas, solo por debajo de la nómina. En una región donde el termómetro no da tregua y la refrigeración y el aire acondicionado son condiciones de supervivencia del negocio, la política energética se vuelve una variable estrictamente económica.

Cifras que restan competitividad

La península de Yucatán ha padecido históricamente una condición de «isla energética» debido a su distancia de los principales centros de generación del país y a la saturación de las líneas de transmisión. Aunque proyectos recientes como las plantas de ciclo combinado en Mérida y Valladolid, así como el gasoducto Cuxtal-Mayakan, prometen aliviar el déficit de generación a mediano plazo, la realidad inmediata del empresariado local sigue marcada por tarifas comerciales e industriales que están entre las más altas del país.

Operar bajo la Tarifa de Demanda Industrial en Media Tensión GDMTO o GDMTH en el sureste implica un costo por kilovatio-hora ($kWh$) que erosiona los márgenes de ganancia en comparación con destinos turísticos competidores en el Caribe global o el propio norte de México. A esto se suma el costo oculto pero devastador de los apagones y las variaciones de voltaje. Para un hotel de 500 habitaciones o un centro comercial, un corte de energía no programado implica pérdidas millonarias en equipos quemados, activación de plantas de emergencia basadas en diésel (lo que dispara la huella de carbono) y, lo peor, el daño reputacional ante un turismo de lujo que exige estándares de continuidad impecables.

 

La urgencia de la transición y la generación distribuida

La solución al estrangulamiento energético de la región no puede depender exclusivamente de los presupuestos públicos ni de los tiempos de la burocracia federal. El verdadero motor de cambio radica en la apertura y la certidumbre para la inversión privada en esquemas de sustentabilidad.

Actualmente, el límite legal para la Generación Distribuida —la capacidad de empresas y hoteles para generar su propia energía mediante paneles solares sin necesidad de una planeación compleja de la CRE— está topado en los $500\text{ kW}$ ($0.5\text{ MW}$). Para las dimensiones de la infraestructura actual en Cancún y la Riviera Maya, este techo es completamente obsoleto. Elevar este tope a $1\text{ MW}$ o más, como ha exigido el sector empresarial de manera unánime, permitiría a las grandes propiedades hoteleras y desarrollos comerciales mitigar su dependencia de la red pública, estabilizar sus costos operativos a largo plazo y cumplir con los criterios ESG (Environmental, Social, and Governance) que hoy exigen los fondos de inversión internacionales.

Balance editorial: Menos discursos, más transmisión

Garantizar la viabilidad económica de Quintana Roo para los próximos veinte años requiere entender que la energía limpia y barata es tan vital como la promoción turística. La iniciativa privada local ha demostrado estar lista para invertir sus propios recursos en infraestructura fotovoltaica y sistemas de almacenamiento de energía de última generación (baterías); lo que falta es un marco regulatorio que deje de ver al capital privado como un adversario y lo asuma como el aliado estratégico que es.

El crecimiento vertical de Cancún, el éxito comercial de la Avenida Huayacán y los megaproyectos en Puerto Cancún y la Riviera Maya demandan una red eléctrica robusta y redundante. Si aspiramos a seguir jugando en las grandes ligas del turismo y los negocios, las autoridades deben garantizar certidumbre jurídica para la coinversión en transmisión. De lo contrario, el costo de la luz seguirá ensombreciendo el brillante futuro económico de nuestro estado.

 

Corto circuito

por ahernandez@latitud21.com.mx 2 junio, 2026
  • En línea directa
  • Arturo Medina Galindo
  • Periodista, Director NITU.mx • arturo@nitu.mx
  • Twitter @Arturo_Medina_G

 

El Caribe Mexicano vive una paradoja tan deslumbrante como peligrosa. Por un lado, las páginas de economía y los discursos oficiales celebran con justa razón un dinamismo envidiable: récords históricos en conectividad aeroportuaria, expansiones hoteleras de gran turismo, un acelerado crecimiento inmobiliario vertical y macroobras federales que reconfiguran el territorio.

Sin embargo, detrás de esa fachada de prosperidad e imán de capitales, subyace una realidad estructural que amenaza con fundir los fusibles de la confianza empresarial: una red de transmisión y distribución eléctrica que opera al límite de sus capacidades.

Para un inversionista institucional, un fondo de infraestructura o un desarrollador corporativo, la certidumbre energética dejó de ser un servicio básico; hoy es una variable crítica de riesgo financiero. En el ecosistema de negocios actual, un apagón en Cancún, Playa del Carmen o Tulum no representa una simple e incómoda intermitencia doméstica; significa la parálisis total de sistemas operativos, la pérdida de cadenas de frío, el daño irreversible a equipos de alta tecnología y, fundamentalmente, un golpe demoledor a la reputación de un destino que se vende al mundo como premium. 

El costo de esta vulnerabilidad ya actúa como un “impuesto oculto” que las empresas absorben mediante la compra obligada de plantas de emergencia a base de diésel, seguros más caros y reguladores industriales. La pregunta en las mesas de análisis de los grandes capitales ya no es cuánto terreno hay disponible, sino si habrá suficiente energía para encender el proyecto.

Ante la gravedad del diagnóstico, que costó pérdidas millonarias en las temporadas altas previas, el gobierno federal y estatal han tenido que abandonar la retórica de la autosuficiencia para activar una estrategia de contención de daños. El anuncio coordinado entre la Secretaría de Energía, el Cenace y el gobierno de Quintana Roo para integrar los llamados powerships —centrales eléctricas flotantes operadas por la firma turca Karpowership— es la prueba más fehaciente de que la emergencia ya no se puede ocultar. 

El despliegue inminente de una embarcación con capacidad de 250 megawatts (MW), acompañada de una terminal de gas natural licuado, es una medida audaz e indispensable para librar el pico de demanda de este verano. No obstante, el sector empresarial debe leer esta solución con claridad: es un respirador artificial, una respuesta táctica y de corto plazo para “salir del paso” mientras se consolidan los proyectos de fondo.

La verdadera solución al riesgo de inversión radica en que el portafolio de proyectos de infraestructura de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) aterrice en tiempo y forma en la península. El plan de “Justicia Energética” y los compromisos de expansión de la Red Nacional de Transmisión contemplan inversiones importantes para la modernización y ampliación de subestaciones en Cancún y Chetumal, la instalación de cientos de nuevos transformadores y proyectos de energía limpia en evaluación, como la central fotovoltaica Los Girasoles en el estado. El reto es que los tiempos de la burocracia federal y la ejecución técnica de la CFE avancen a la misma velocidad vertiginosa con la que el sector privado levanta complejos residenciales y hoteleros.

Quintana Roo no puede permitir que su éxito inmobiliario y turístico se convierta en su propio verdugo por falta de planeación urbana y energética. Las licencias de construcción y las factibilidades ambientales deben alinearse estrictamente a capacidades reales de suministro, y no a promesas en papel. La llegada de los buques generadores alivia la presión inmediata en los tableros de control, pero la competitividad a largo plazo del estado exige una agenda público-privada permanente. 

Los inversionistas exigen certezas, no paliativos flotantes. Si la federación quiere seguir cosechando las divisas que esta tierra genera, la modernización definitiva de la red eléctrica de última milla en el Caribe Mexicano no es negociable; es la única forma de evitar que el futuro de la región se quede a oscuras.   

Corto circuito

por NellyG 1 junio, 2026

 

 

Por: Arturo Medina Galindo

 

El Caribe Mexicano vive una paradoja tan deslumbrante como peligrosa. Por un lado, las páginas de economía y los discursos oficiales celebran con justa razón un dinamismo envidiable: récords históricos en conectividad aeroportuaria, expansiones hoteleras de gran turismo, un acelerado crecimiento inmobiliario vertical y macroobras federales que reconfiguran el territorio.

Sin embargo, detrás de esa fachada de prosperidad e imán de capitales, subyace una realidad estructural que amenaza con fundir los fusibles de la confianza empresarial: una red de transmisión y distribución eléctrica que opera al límite de sus capacidades.

Para un inversionista institucional, un fondo de infraestructura o un desarrollador corporativo, la certidumbre energética dejó de ser un servicio básico; hoy es una variable crítica de riesgo financiero. En el ecosistema de negocios actual, un apagón en Cancún, Playa del Carmen o Tulum no representa una simple e incómoda intermitencia doméstica; significa la parálisis total de sistemas operativos, la pérdida de cadenas de frío, el daño irreversible a equipos de alta tecnología y, fundamentalmente, un golpe demoledor a la reputación de un destino que se vende al mundo como premium.

El costo de esta vulnerabilidad ya actúa como un «impuesto oculto» que las empresas absorben mediante la compra obligada de plantas de emergencia a base de diésel, seguros más caros y reguladores industriales. La pregunta en las mesas de análisis de los grandes capitales ya no es cuánto terreno hay disponible, sino si habrá suficiente energía para encender el proyecto.

Ante la gravedad del diagnóstico, que costó pérdidas millonarias en las temporadas altas previas, el gobierno federal y estatal han tenido que abandonar la retórica de la autosuficiencia para activar una estrategia de contención de daños. El anuncio coordinado entre la Secretaría de Energía, el Cenace y el gobierno de Quintana Roo para integrar los llamados powerships —centrales eléctricas flotantes operadas por la firma turca Karpowership— es la prueba más fehaciente de que la emergencia ya no se puede ocultar.

El despliegue inminente de una embarcación con capacidad de 250 megawatts (MW), acompañada de una terminal de gas natural licuado, es una medida audaz e indispensable para librar el pico de demanda de este verano. No obstante, el sector empresarial debe leer esta solución con claridad: es un respirador artificial, una respuesta táctica y de corto plazo para «salir del paso» mientras se consolidan los proyectos de fondo.

La verdadera solución al riesgo de inversión radica en que el portafolio de proyectos de infraestructura de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) aterrice en tiempo y forma en la península. El plan de «Justicia Energética» y los compromisos de expansión de la Red Nacional de Transmisión contemplan inversiones importantes para la modernización y ampliación de subestaciones en Cancún y Chetumal, la instalación de cientos de nuevos transformadores y proyectos de energía limpia en evaluación, como la central fotovoltaica Los Girasoles en el estado. El reto es que los tiempos de la burocracia federal y la ejecución técnica de la CFE avancen a la misma velocidad vertiginosa con la que el sector privado levanta complejos residenciales y hoteleros.

Quintana Roo no puede permitir que su éxito inmobiliario y turístico se convierta en su propio verdugo por falta de planeación urbana y energética. Las licencias de construcción y las factibilidades ambientales deben alinearse estrictamente a capacidades reales de suministro, y no a promesas en papel. La llegada de los buques generadores alivia la presión inmediata en los tableros de control, pero la competitividad a largo plazo del estado exige una agenda público-privada permanente.

Los inversionistas exigen certezas, no paliativos flotantes. Si la federación quiere seguir cosechando las divisas que esta tierra genera, la modernización definitiva de la red eléctrica de última milla en el Caribe Mexicano no es negociable; es la única forma de evitar que el futuro de la región se quede a oscuras.

 

La cancelación de la Travesía Sagrada

por NellyG 30 abril, 2026

La cancelación de la Travesía Sagrada Maya no es solo un golpe al calendario turístico de Quintana Roo; es un síntoma de una fractura profunda entre la gestión cultural, el marco jurídico y la realidad empresarial. Tras años de remar contra la marea para rescatar una tradición olvidada, hoy los remos se detienen frente a un tribunal. Lo que nació como un esfuerzo por dignificar nuestro pasado se encuentra hoy atrapado en una red de disputas sobre derechos de autor, comercialización y la propiedad de lo inmaterial.

 

El corazón de la disputa

 

Para entender el cese de este evento, y todo el litigio que hoy particularmente envuelve al Grupo Xcaret, debemos mirar hacia la Ley Federal de Protección del Patrimonio Cultural de los Pueblos y Comunidades Indígenas y Afromexicanas, publicada en 2022. Esta legislación, aunque bienintencionada en su origen para evitar el plagio de diseños textiles por marcas extranjeras, ha creado un terreno pantanoso para quienes, en suelo mexicano, buscan difundir la cultura.

El argumento jurídico central que hoy acecha a los empresarios del sector es el concepto de “uso no consentido”. Bajo este marco, cualquier aprovechamiento comercial de elementos que las comunidades consideren parte de su patrimonio debe contar con una consulta previa y un esquema de beneficios compartidos. Sin embargo, surge la pregunta incómoda: ¿Quién es el dueño legítimo de un ritual que fue rescatado del olvido mediante la inversión privada y la investigación histórica?

La ley actual otorga a las comunidades derechos colectivos de propiedad intelectual que son imprescriptibles e inalienables, lo que complica la certeza jurídica para inversiones a largo plazo que utilizan la narrativa histórica como eje central.

 

 

Inversión en riesgo

 

Es imperativo defender a quienes han arriesgado su capital -empresarios serios y comprometidos- que durante décadas han transformado el “producto” maya en una experiencia de clase mundial. No se trata de una simple explotación de símbolos; se trata de una puesta en valor.

Antes de que parques y proyectos turísticos de alto nivel centraran su atención en la Travesía, el ritual era una nota al pie en los libros de historia. Fue el sector privado el que aportó la logística y seguridad para garantizar que cientos de canoeros cruzaran el canal de Cozumel con estándares de seguridad modernos; la investigación académica con la colaboración con antropólogos e historiadores para recrear vestuarios y cánticos con rigor; la promoción internacional para posicionar a la cultura maya en el escaparate global, atrayendo un turismo de mayor poder adquisitivo y sensibilidad cultural.

Cuestionar hoy que no se puede promocionar o usar la cultura maya en estas muestras es desconocer que la cultura es un ente vivo. Si el empresario no puede usar los símbolos de la tierra donde opera -siempre con respeto y dignidad-, entonces se está castigando el sentido de pertenencia y la difusión cultural misma.

Bajo este esquema tendríamos que cuestionar si la cultura está siendo protegida o tomada como rehén.

El riesgo de estos juicios y restricciones es el aislamiento. Si la ley se vuelve tan punitiva que el sector privado decide retirar su apoyo de eventos culturales por temor a represalias legales, el patrimonio corre el riesgo de volver a quedar oculto tras la selva.

El marco jurídico de la Propiedad Intelectual Colectiva debe encontrar un punto medio. La “comercialización de símbolos” no debe verse como un pecado si genera empleos, derrama económica y, sobre todo, si mantiene el interés mundial sobre nuestra región. Los empresarios que han demostrado compromiso social por años no son “piratas culturales”; son aliados estratégicos en la preservación de la identidad.

 

Conclusión

 

Llamamos a la certeza, Quintana Roo no puede permitirse perder la Travesía Sagrada Maya ni otros esfuerzos similares. La autoridad debe ofrecer reglas claras que permitan la coexistencia. Si cerramos la puerta a la iniciativa privada en la cultura, nos quedaremos con un patrimonio intacto, sí, pero invisible y estático.

Es momento de legislar con sentido común: proteger los derechos de las comunidades sin estrangular la libertad de emprendimiento que ha hecho de este estado el motor turístico de México. La cultura maya no es una pieza de museo bajo llave; es un legado que merece ser navegado, compartido y, por qué no, admirado a través de los ojos de quien invierte en su grandeza.

Se sacude el tablero turístico

por NellyG 1 abril, 2026

 

Por: Arturo Medina Galindo

 

 

El inicio de este 2026 ha traído consigo una sacudida de realidad. Durante años, la narrativa del sector en México se ha dividido en dos dogmas aparentemente inamovibles: Quintana Roo es el rey del volumen, pero Baja California Sur —con el magnetismo de Los Cabos— es el monarca indiscutible del valor y el gasto elevado. Sin embargo, los datos más recientes del Sustainable Tourism Advanced Research Center (STARC) de la Universidad Anáhuac Cancún han venido a romper el cristal de la autocomplacencia.

La infografía que hoy analizamos, basada en la Encuesta de Viajeros Internacionales de Inegi, no solo es un gráfico de barras; es un golpe sobre la mesa. En enero de 2026, Quintana Roo se coronó como el estado con el mayor gasto medio por turismo no fronterizo, alcanzando la cifra de 1,563.8 dólares.

 

La incomodidad de los números

No es ningún secreto en los círculos de poder del sector que estas cifras han causado escozor. Se rumora con insistencia que en la Secretaría de Turismo de Jalisco la publicación no cayó nada bien. Y es comprensible: Jalisco, que presume la joya de Puerto Vallarta y una conectividad envidiable, se ubicó en la cuarta posición con 1,206.9 dólares. Una cifra respetable, sí, pero que palidece ante la brecha de más de 350 dólares que le sacó el Caribe Mexicano.

Incluso Baja California Sur, que históricamente ha mirado al resto del país desde la cima del «ticket promedio» gracias a sus villas de ultra-lujo, se vio relegado al quinto puesto con 1,202.3 dólares. ¿Cómo es que el destino que vende exclusividad casi por decreto quedó por debajo de la media quintanarroense? La respuesta no es un error de cálculo, sino una evolución estratégica que muchos se negaban a ver.

 

 

El mito del «All-Inclusive» barato

Durante décadas, los detractores de Quintana Roo han etiquetado al estado como una «fábrica de turistas», un modelo basado en llenar cuartos a base de volumen y pulseras de plástico. Lo que estos números de enero demuestran es que esa etiqueta ya caducó.

La sofisticación de la oferta en Tulum, la consolidación de hoteles boutique de gran lujo en la Riviera Maya y la renovación de la oferta gastronómica y de experiencias en Cancún han logrado algo que parecía imposible: mantener el volumen líder del país y, al mismo tiempo, atraer a un perfil de viajero que está dispuesto a dejar una derrama económica superior a la de cualquier otro rincón de México.

Mientras otros estados se han mantenido en su zona de confort, confiando en su «marca» histórica, Quintana Roo ha entendido que el nuevo turista internacional no sólo busca una cama frente al mar, sino un ecosistema de consumo de alto valor, zonas arqueológicas, espectáculos nocturnos, parques temáticos.

 

Realidad vs. percepción

Es importante recalcar que los datos provienen del Inegi, la fuente oficial por excelencia. Y aunque el propio STARC sugiere tomar la información con cautela debido a que es una aproximación por entidad, la tendencia es demasiado marcada para ignorarla.

El éxito de Quintana Roo no es fortuito. Es el resultado de una infraestructura que no deja de crecer y de una resiliencia que, a pesar de los retos logísticos y de seguridad que a veces acaparan los titulares, sigue siendo el imán principal para el capital extranjero.

Para Nayarit y Yucatán, que ocupan el segundo y tercer lugar respectivamente (1,300.1 y 1,208.4 dólares), el reto es mantener el paso. Yucatán, en particular, demuestra que el turismo cultural y de haciendas puede competir de tú a tú en rentabilidad con los grandes destinos de playa.

 

 

El mercado no tiene favoritos

A los funcionarios y críticos que hoy ven con recelo estas gráficas, habría que recordarles una máxima de los negocios: el mercado es el mejor juez y los números no mienten. Si Jalisco o Baja California Sur desean recuperar el trono del gasto medio, la estrategia no debería ser el cuestionamiento del dato ajeno, sino la reevaluación de su propia oferta.

Hoy, Quintana Roo ha demostrado que se puede ser el líder en cantidad y el líder en calidad. Los 1,563.8 dólares de gasto medio son un mensaje potente al cierre del primer mes del año: el Caribe Mexicano ha dejado de ser sólo «el patio de recreo» del mundo, para convertirse en su principal bóveda de valor turístico. Al final del día, el dinero del mundo está eligiendo el azul turquesa, y contra eso, no hay discurso político que valga.

 

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