Lo último que muere

por Redacción

En medio de la mayor celebración de la cristiandad, la Semana Santa, el mundo fue agredido, golpeado y asaltado de nuevo en nombre de Dios, en nombre de Alá. En la mañana del 22 de marzo de 2016, Bruselas, la capital de Bélgica y de la Comunidad Europea, se sacudió por dos atentados terroristas en los que murieron cerca de 40 personas y más de 200 resultaron heridas. Uno de los más sangrientos ataques terroristas en la historia de Bélgica. Los asaltos ocurridos en la terminal del Aeropuerto de Bruselas y en una estación del metro de la misma ciudad, han dejado sin padres a algunos hijos y han dejado sin hijos a algunos padres. ISIS se atribuye la autoría con orgullo por ser simplemente portadores de la voluntad de Alá, el uno y el único.

No puedo evitar sentir un nudo en la garganta cuando leo estas noticias, pues como diría Ernest Hemingway, no somos una isla sino somos un continente. Cada ser humano es parte de la misma humanidad de la que yo soy parte y, una agresión a cualquier ser humano, es una agresión a mí humanidad. No puedo evitarlo. Tiene que ser así.

Y en medio de este caos mundial, dos aspectos me confunden y me llenan de rabia e impotencia. El primero, que sigan cometiéndose estas barbaries en nombre de un Dios. Que haya gente que se atreva a utilizar el nombre de Dios para matar y destruir. Que sigan utilizando al Señor como el autor intelectual de semejantes actos, únicamente concebibles por un ser maligno, por una mente enferma. Y el segundo aspecto, que tanto o más me ofusca, es el solo hecho de pensar que tengo que aceptar estos actos terroristas como algo normal y común de nuestra existencia y de nuestro existir. Esto simplemente es inaceptable.

Entonces, ¿Qué debemos de hacer? En primer lugar alzar la voz, como en este momento lo hago a través de esta columna para decir NO AL TERRORISMO. Y no nada más pensarlo y sentirlo, pero decirlo y predicarlo. Si se trata de luchar, lucharemos entonces contra el terrorismo, pero alzando la voz y pidiendo y exigiendo que se unan las naciones y los gobiernos del mundo en esta lucha por la humanidad.

Tal vez veamos muy lejanos estos actos de nuestro país y de este paraíso llamado Cancún y si es así, lo entiendo, pues la afortunada consecuencia de haber sido colonizados y evangelizados por los españoles del siglo XVI, es haber heredado de los Reyes Católicos nuestras convicciones religiosas que alejan el Islam de nuestra cultura.  Pero en un mundo globalizado como el que hoy vivimos, 500 años más tarde, es solo cuestión de horas, cuestión de días para que esto nos alcance, que este cáncer nos invada.

Empecemos entonces por hacer conciencia nosotros y en nuestro círculo de influencia, de que semejantes barbaridades ofenden a la humanidad y por lo tanto deben salir y alzar la voz en contra del Terrorismo, hasta el punto que humille y avergüence a cualquier individuo que participe o pretenda participar en esto. Por que en realidad, lo que más me aterroriza, mi mayor temor, no es la posibilidad de una bomba que explote en algún lugar cercano a mi persona o de algún ser querido, lo que verdaderamente me aterroriza, es una actitud pasiva que siga contemplando estos agravios a nuestros hermanos y que no exprese, al menos, su indignación. Por que mientras persista un ser humano en este mundo, la esperanza será lo último que muera.

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