No hay peor ciego que el que no quiere ver

Eduardo Albor
ealbor@latitud21.com.mx

Ya son doce meses

Ya es un año desde aquel día histórico, primero de julio del 2018. 

La mayor jornada electoral en la historia de Mexico.

Unas elecciones que, por primera vez, no fueron impugnadas, discutidas ni cuestionadas por nadie, como lo habían sido todas las de los últimos 108 años.

Un claro ganador. Un nombre. Una persona. Un solo partido. Nada qué impugnar.

Como las apariciones de la Virgen Morena en 1531, así se nos apareció Morena ese día. Ese partido de mexicanas y mexicanos, de priistas, panistas y  perredistas.

Ese primero de julio se confirmó lo que muchos ya sabíamos, que a partir del primero de diciembre tendríamos un presidente disruptivo, un presidente de todos y de nadie. Un presidente que siempre quiso ser presidente pero que no quiere actuar como presidente. Que no sabe que ganó la Presidencia. Que solo hace lo que sabe hacer, ser candidato.

El candidato Andrés Manuel López Obrador fue elegido por la gran mayoría de la masa electoral, más de 50% de los votantes apostaron por él ese día, pero a partir del primero de diciembre el candidato dejó de ser candidato para convertirse en el Presidente de Mexico y de todos los mexicanos.

El presidente de los mexicanos buenos y de los malos, de los mexicanos pobres y de los ricos, de los mexicanos blancos y de los morenos, de los fifís y de los fufús. De todos. Eso nosotros lo sabemos, pero parece que él no lo sabe.

Y a siete meses de haber rendido protesta como Presidente de Mexico, recordamos hoy esa jornada electoral que llevara a la Presidencia a Andrés Manuel. Desafortunadamente no tenemos nada que celebrar, excepto la madurez política del pueblo mexicano, pero que queda opacada por la inmadurez política de los políticos. ¡Qué pesar!

El balance, desafortunadamente, no es positivo. Tal vez no sean corruptos, pero sí incompetentes. No sé qué sea peor. Sigo pensando que la corrupción, pero eso no quiere decir que la incompetencia no sea lo suficientemente mala como para causar tantos o peores daños que la misma corrupción.

Desde el punto de vista empresarial y de los inversionistas, nada produce mayor desaliento que la incertidumbre. Y ese desaliento ya se empieza a reflejar en los signos vitales de nuestro país. Un decrecimiento en momentos en que la economía de nuestro principal socio comercial se encuentra en un buen momento y no consigue contagiarnos. Pero supongo que los números de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico y del Fondo Monetario Internacional están todos equivocados, porque los números del presidente son otros y son los correctos.

El sol no se tapa con un dedo, pues como diría mi mamá, que siempre tiene un dicho para cada hecho: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Supongo que eso aplica a todos. También a mí y también a ustedes. A todos. 

Ni hablar. Feliz verano 2019. 

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