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Iñaki Manero

  • Bitácora de viaje
  • Por Iñaki Manero
  • Comunicador
  • Twitter @inakimanero Facebook @inakimanerooficial IG:  Inaki_manero  

Bitácora de Viaje LXIX  

por NellyG 1 julio, 2026

Bitácora de Viaje LXIX

 

                             UN PATO, VIENE CANTANDO ALEGREMENTE, CUAC, CUAC…

-Joao Gilberto

 

Animalero he sido toda la vida. Tú dirás. Viviendo en un rancho y viendo en la tele documentales de Marlin Perkins, Félix Rodríguez de la Fuente, Ramón Bravo o Jaques Cousteau (esos cuates sí eran influencers de verdad), uno aprende a amar, conocer y respetar. De niño devoraba las enciclopedias que juntaba semana a semana de Salvat y otras editoriales; a aquellos libros sobre animales y océanos de Time-Life con increíbles fotos y datos que apuraron de forma cuántica mis ansias por aprender a juntar los sonidos de las letras para saber de qué se trataba tanta maravilla y comenzar la aventura de leer. La vida siempre ha sido mi gran misterio a resolver nunca (incongruencia intencional) y tal vez esa característica de que algo, desde un tardígrado, hasta una ballena azul, o si se quiere, de un champiñón hasta una secuoya (que por cierto, pertenecen a reinos separados), intercambien gases, se muevan, se alimenten, se reproduzcan; ese conjunto de actividades individuales, desde el nacimiento, hasta el tánatos, es lo que a tantos ha sugerido la posibilidad de que seamos diseño de alguna inteligencia inescrutable. Lo cierto es que, hasta ahora, lo que somos, es una chiripa, una casualidad, una coincidencia de factores que nos hace únicos.

Distancia correcta a nuestra estrella, tamaño, composición química de la atmósfera y tierra, agua, luz, rayos UV (gracias, Carl Sagan), actividad sísmica y volcánica, formación de continentes y mares. Somos producto de una serendipia. Unos grados más o menos, y yo no estaría escribiendo esto y tú no lo estarías leyendo. ¿Te das cuenta de lo increíblemente valiosa que es la vida? Despertar cada mañana, respirar (gracias, Pau Donés), ir al baño, sentir hambre, saciarla, sentir sed, saciarla, enfermarnos, curarnos, sonreír, fruncir el ceño, caminar, padecer ese estado de estupidez transitoria llamado enamoramiento por la acción de ciertas drogas en nuestro cerebro. Da miedo buscar más allá ante tanta perfección, pero hasta ahora, llegamos al mismo impasse, al punto muerto.

De ahí en adelante, especulamos y nos matamos por probar que mi amigo imaginario es mejor que el tuyo o, de plano, no hay, habido, ni habrá tal amigo imaginario y estamos totalmente solos pero con nosotros mismos. La vida, dicen algunos científicos, ha sido el gran error del universo. Por eso, es tan delicada y en ocasiones tan resistente.  Estaremos tal vez esperando la llamada de ET que nunca llegará.

En algún momento, alguien nos vendió la idea hace miles de años (idea por cierto fusilada de otros), que somos, los seres humanos, los reyes de la creación. Cierto, somos la evolución cerebral más alta, pero nos la compramos, de que eso nos da carta blanca para torcer, parasitar, depredar, asolar a nuestro antojo. Somos una especie más dentro del orden taxonómico; incluso tenemos una ficha biológica con reino, clase, orden, familia, género o especie, igual que la que podría tener un percebe. Estamos basados en el carbón igual que un plátano o una cucaracha. Y no, no se ha podido probar científicamente la existencia de un alma divina. Sigue siendo una forma de confortar nuestra evolucionada autopercepción de que algún día ya no estaremos más. Así que, no, no somos tan especiales, ni tan divinos, ni tan perfectos.

Eso sí, la corteza prefrontal apuntaría a una consciencia mayor y mejor de nuestro entorno y la responsabilidad de cuidarlo para asegurar la sobrevivencia. Por lo menos, el resto de los animales con los que compartimos el planeta, tienen un desarrollado instinto de autopreservación; incluso el pasto emite una llamada de emergencia cuando lo están cortando por medio de señales químicas para advertir a otros pastos del peligro (infodumping: es el, para nosotros, agradable olor al césped recién cortado).  Nosotros talamos, cortamos, hacemos fracking, depredamos, contaminamos, envenenamos en el nombre de la civilización; bonita forma de enmascarar la rapacidad tanto de derecha, como de izquierda.

Un ejemplo a botepronto (término futbolístico, ahora que está de moda): si continuamos permitiendo la extinción de las abejas (y otros muchos insectos, aves o mamíferos polinizadores), seguiremos siendo jalados cada vez más por la gravedad del abismo. Tan solo las abejas son responsables del 75 por ciento de los cultivos alimentarios en el mundo. Jitomate, tomate, chile, frijol, calabaza, cacao, aguacate, café, guayaba, ciruela, papaya, durazno, manzana, sandía, melón, fresa… La marchanta del mercado estaría muy solita en su puesto vendiendo prácticamente… nada. Un murcielaguito es responsable de que probablemente hoy salgas con amigos y te eches un par de tequilas entre pecho y espalda.

¿Ves que la vida en todas sus manifestaciones es hermosa y no solo por el sentido estético de una flor o el vuelo de un albatros? La vida, en su diseño, en su función, es hermosa porque nada, ni una mosca, ni una hiedra, salen sobrando del diseño original. ¿Diseño de quién o de qué y para qué? No pierdas el tiempo en preguntas ociosas. Tiempo es lo que no tenemos, lo que en realidad no existe. O ya me hizo efecto el verano o este mezcal que me trajeron de Oaxaca está buenísimo, pero quise compartirte, porque tú y yo y toda el arca de Noé, vamos juntos en una canica que gira a 1,670 kilómetros por hora y se desplaza a 107,280 kilómetros por hora en una sincronización perfecta.

Si estás de acuerdo conmigo…

Entonces, ¿por qué carajos amarrarle a un pato una playera de la selección nacional de fútbol como si fuera camisa de fuerza impidiendo que extienda sus alas? Quémenme en leña verde si quieren, pero eso es maltrato animal.

Iñaki Manero

 

Escena poscrédito: Fuerza, Venezuela.

 

Bitácora de viaje LXVIII

por NellyG 1 junio, 2026

 

 

                            ¡No queremos goles, queremos frijoles!

-Clamor popular, Estadio Azteca, México 86

 

Siendo sobreviviente a dos mundiales jugados en México (70 y 86), considero que mis reflexiones, a menos que aplique la máxima de García Márquez en donde la historia es como la recordamos y no como fue, tienen cierta calidad por lo visto, lo escuchado, lo reído y lo llorado. Al momento de escribir la presente, faltan 19 días para la “justa futbolera” (no saben los malabarismos sin red que hemos tenido que hacer en algunos medios electrónicos para evitar decir “mundial”, “copa del mundo”, “copa FIFA” y un largo etcétera de términos “copyrighteados”. Better safe than sorry, diría mi amigo Jerry de Oregon). Recuerdo la rechifla hace 40 años para Miguel de la Madrid cuando se presentó al partido inaugural en el Azteca (hoy estadio Banorte, pero, who cares?). Dato mata relato, dirían los clásicos y muy fiables urbanos. Un error que ningún jefe de Estado que quiera seguir manteniendo la falacia de su mil quinientos por ciento de popularidad repetiría. Cuando el discurso oficial se estrella ante el arrecife de la realidad, el naufragio es insalvable.  Para cuando leas esto, ya habrán iniciado las hostilidades (me encanta la cháchara de los narradores futboleros) en los tres países sede; nunca en la historia, desde 1930, se había intentado algo así; únicamente Corea-Japón en 2002, en distancias mucho más cortas y en condiciones política y diplomáticamente más aceptables. Aquí hablamos de los tres gigantes de América del norte, algunos más gigantes que otros con diferencias económicas, sociales e ideológicas evidentes. Hace 40 años, México alzó la mano ante la imposibilidad de Colombia de realizar el evento en su territorio; desde 1982, Belisario Betancourt argumentó que el país estaba pasando por una crisis económica y social que le imposibilitaba cumplir con el compromiso. Las FARC por un lado, los narcos por el otro o ambos uno y lo mismo. México, con la paz social ad ovum impuesta por el PRI y la buena relación con los grupos delincuenciales de entonces, permitían que el gobierno, con la llegada de más turistas y más posibles inversiones, pudiera paliar el desastre que había dejado la “docena trágica” entre Echeverría y el descendiente predilecto de Caparroso, José López Portillo y olé.

Ya con el mundial en la bolsa, aunque nunca seguro, el 19 y 20 de septiembre de 1985, las placas tectónicas del Pacífico decidieron hablar y desmentir la escenografía oficialista revelando un sistema corrupto, demagogo, manipulador. Una maquinaria al servicio del engaño y la tranza. ¡No manches! ¿Ya desde entonces? – preguntaría mi compadre el “Cantinas” Quintanar.  Sí claro. Lo de hoy es una bolsita con las mismas mañas, pero con empaque guinda más divertido y generacional.

El terremoto, con sus diez mil muertos oficiales (¿Cómo explicar que quienes estuvimos como voluntarios presentes en el viejo parque de béisbol convertido en improvisada morgue no nos la creemos?) le presentó a estos mezquinos un escenario perfecto para representar el papel que mejor les sale hasta la fecha: el de víctimas. Recibiendo – y robándose en varios casos – la ayuda internacional y apostando porque la efervescencia de un pueblo que no gana nada pero sigue soñando con el quinto partido haga su magia desde un año antes duro y dale con la dichosa mega cáscara internacional.

 

¡Mamá, aprendí una nueva palabra!

Se llama “sportswashing”.

Berlín, 1936. Ante todos los señalamientos que afeaban ante la opinión pública internacional la cara de la Alemania que salía adelante del Tratado de Versalles, organizar en el centro de operaciones, punto de partida del nuevo mundo y de la raza superior, unos Juegos Olímpicos, significaba callar bocas, provocar admiración y ganar adeptos a nivel global. Y si para algo son buenos los alemanes, equivocados o no y sin hacer juicios de valor, es en la chamba y en la innovación. La primera transmisión televisada, la invención de la antorcha olímpica y su recorrido desde Grecia hasta Berlín y el documental Olympia de la cineasta Leni Riefenstahl glorificando la superioridad aria entre andere wunder.  Por supuesto, nadie contaba con la astucia del atleta norteamericano afrodescendiente Jesse Owens llevándose cuatro de orégano y poniendo en aprieto la narrativa. Por cierto, a Owens lo trataron mejor los nazis que su propio país al regresar a casa, pero esa es otra historia de fascismos. Los germanos en el poder quisieron dar a entender que eran tecnológica, política, ética y moralmente superiores al resto del mundo. Una República amorosa con esteroides,  pues. Tres años después, los amigos de la humanidad invadieron Polonia.

Dicen en mi pueblo que cada quien hace lo que puede con lo que tiene, y en esta edición, se jugarán 13 partidos en casa y no 52 como en el 86.  Sin embargo, así que digas, uta, qué bruto, qué entusiasmo se ve en las calles, en los cafés, en las escuelas y en casa por el mundial… pos, no.  Nos ha ganado el precio del jitomate. Y la mayoría ha decidido que muchas gracias, que este año prefiero comer a comprar el álbum con las estampitas. Es triste, pero es real en comparación con la inocencia infantil con la que esperamos el 70 y medio siglo después. ¿Es mi depresión tipo decimonónico o ni siquiera las agencias de publicidad y propaganda se están esforzando por llevar aunque sea un poquito más de entusiasmo desde la zona límbica hasta la corteza prefrontal izquierda? Habrá que renovar el manual del sportswashing porque esta cortina de humo ya es un sarape muy sudado y los vecinos ya se están dando cuenta.

Iñaki Manero.

Escena poscréditos: Maestra…  creo que le falta un ajolote morado de este lado…  ¿Cómo ve?

Bitácora de Viaje LXVII

por NellyG 30 abril, 2026

 

 

Hay causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que valga la pena matar”.

Albert Camus.

 

También el incomparable Isaac Asimov dijo una vez que “nos acostumbramos a la violencia, y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa”. Tal vez ya lo habíamos platicado anteriormente, pero vale la pena repasarlo: ¿Qué es lo que tanto nos atrae de la nota roja? Dicen los psicoterapeutas que cuanto más gráfica la imagen visual, auditiva o la descripción escrita, mejor; más gratificante a la parte de nuestro cerebro que se encarga de comprender y asimilar y estar en cierta paz porque lo que lee, mira o escucha sobre el accidente, el asesinado, el descuartizado, no soy yo, ni nadie de los míos. Es querernos asegurar de que en la gran lotería de la fatalidad, por ahora, no nos tocó el premio gordo. Desde luego, como en el Melate, más veces participas, más posibilidades tienes de ganar. Cuanto más violento es el país, ciudad, barrio en el que vives, más expuesto a toparte con un generador de violencia o con una circunstancia urbana desafortunada derivada de la impericia, irresponsabilidad y falta de Estado de derecho o de plano Estado fallido. Recuerdo de niño tener acceso fácil a revistas de grueso calibre especialistas en asesinados, colgados, atropellados, destripados. Se llamaba Alarma! y en letras más pequeñas, “Sólo la verdad”. Las encontrabas en todos lados: en el taller mecánico, en la peluquería, en el mercado, de contrabando en la escuela. Era todo un desfile macabro devorado con avidez por público de todos los estratos, aunque algunos por pudor, lo negaban categóricamente. El homicidio, el choque, la venganza pasional…  Sin embargo, todo parecía tan lejano, tan fuera de contexto, tan de otras personas en otras realidades, que cada quien seguía su vida en un país mucho más seguro para vivir. Sin hacer juicios de valor por ahora, pero esa era una realidad. Cuando ir, de cuatro, cinco años, a la tiendita de la esquina a comprar un manojo de perejil y unos cigarros para tu papá o un mazapán para tu mamá y te quedabas con el cambio, era parte de la cotidianidad y tus padres no eran tachados de locos e inconscientes por dejar a un niño pequeño a su suerte. Sin romantizar, sabías que la misma sociedad te cuidaba y el hombre del costal era un pésimo ejemplo mitológico que usaban para aterrorizarte y mandarte a la cama, pero rarísima vez pasaba de ahí.

Ayer, un niño perdido, causaba conmoción nacional; hoy, es la estadística de las 40 personas diarias que no regresan a casa en México y que tal vez nunca lo hagan.  Todos son números en el parte de guerra de un país que supuestamente está en paz. Aproximadamente 80 personas asesinadas al día. Diez mujeres, por el hecho de ser mujeres, cosa que abordamos durante la Bitácora pasada. Y el control de crisis por parte de quienes tendrían que cuidarnos es minimizar, negar, practicar el gaslighting, maquillar cifras, echarles la culpa a administraciones pasadas (a partir de la antepasada, desde luego), y apostar por el olvido y la normalización. Aprender a vivir con el horror esperando el cambio generacional que lo acepte como parte de su realidad cotidiana inmutable porque así conviene.

El gran Rod Serling, el mismo que producía, escribía y presentaba Dimensión Desconocida, tenía un programa setentero llamado Galería Nocturna que le provocaba pesadillas a escuincles morbosos como yo que se quedaban de contrabando hasta tarde viendo cómo cada pintura de la galería contaba una historia con final grotesco, inesperado, delirante.  A veces, al ponerme la cachucha de conductor de noticiarios, me siento un poquito Serling, ¿saben?

La semana pasada, una mujer asesina a su nuera de siete (tal vez más) tiros en un departamento de Polanco porque ya estaba harta de la esposa de su hijo. En el video, de una cámara colocada en la sala de la casa, luego de oír las detonaciones, el marido le pregunta a la asesina ¿Qué hiciste, mamá?, con el tono de molestia de aquel al que le tiraron su colección de cómics o sus pantuflas rotas a la basura. La homicida, con toda naturalidad, en el mismo brote psicótico que el hijo, le responde: “Ya me tenía harta” y sigue deambulando por el departamento zanjando el tema. Asunto en progreso.

Días después, la Fiscalía de Ciudad de México, luego de horas de haber ignorado una denuncia por desaparición, encuentra en el sótano de un edificio de avenida Revolución, a la persona no encontrada, asesinada, apuñalada, metida en una bolsa de basura. Los agentes le habían pedido a la madre de la víctima dinero para agilizar los trámites y antes le habían aplicado la mentira de “tiene que esperar 72 horas”. Edith Guadalupe probablemente habría salvado la vida en un universo paralelo en donde las autoridades hacen lo que tienen que hacer en el momento. Caso también en progreso.

El lunes pasado, un psicópata mexicano admirador de Hitler y de Eric Harris y Dylan Klebold, perpetradores de la matanza de la prepa Columbine, en Colorado, justo en un aniversario tanto del cumpleaños del genocida austriaco y de la masacre en la escuela, se sube a la pirámide de la luna en Teotihuacán y comienza a disparar mientras escupe desquiciados retazos ideológicos sobre sacrificios humanos y xenofobias con acento castizo aprendido quién sabe dónde. Asesinó a una turista canadiense y provocó heridas a trece más antes de quitarse la vida (igual que Harris y Klebold, sus héroes).

Y a todo esto, ¿cómo estuvo tu día?

 

Especialmente, este último cuadro de patetismo globalizado, el de las pirámides, funcionó como carnada para pirañas que nadan abundantemente en ese pantano de catarsis mal manejadas llamadas redes sociales. No dudo que en la confusión y el echadero de culpas, no falte quien se esté beneficiando mientras festeja y se regodea. Realmente tampoco abona en nada que una jefa de Estado se presente en un foro internacional para hablar de paz y decir que ellos son los buenos y los otros son los violentos. A partir de ese momento, estás siendo incongruente, beligerante y cultivando el encono. No caigamos, nadie, de ninguna facción, en esas tretas. Malas noticias. Ya caímos. Alguien tiene vía libre y nos usa como tontos útiles mientras acumula lienzos para su exposición. La búsqueda de la paz y el rechazo y no normalización de la violencia, son síntomas de un ecosistema sano que busca trascender y no permanecer como rehén de intereses y agendas particulares.

Iñaki Manero.

Escena poscrédito: ¿Sí saben que el año entrante se renueva la Cámara de Diputados, cierto?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bitácora de Viaje LXVI

por NellyG 1 abril, 2026

 

 

                      ¿Qué? ¿Piensas que el feminismo significa odiar a los hombres?»

  • Cindy Lauper

 

No era un día igual a otros. La rutina podría mentir en cualquier momento. Cada viaje tiene sus momentos que lo hacen único, aunque el proceso sea el mismo. Esta vez tocó levantarse temprano en domingo, reunirse con los compañeros del trabajo, abordar camioneta y tirar por la carretera hasta nuestro destino final. A veces avión, a veces, no. Pero el tema es el mismo: llegar a la ciudad en turno, registrarnos en un hotel, comer, verificar que todo esté listo en el lugar de la transmisión, de regreso al hotel, cenar, preparar la información del día siguiente, leer, dar las buenas noches a la familia vía remota e intentar dormir unas horas para estar listos a las 5:30 de la mañana, ser transportados al lugar fijado y hacer lo que nos toca hacer acompañado de ingenieros, coordinadores, productores y todos aquellos involucrados en que el programa salga bien y el cliente quede satisfecho. Más de veinte años. Hay risas, contratiempos, anécdotas para reír y aprender. Siempre y cuando, claro, quieras aprender.

Ese domingo fue ocho de marzo.  Estaba fresco el episodio que mostró la vulnerabilidad del Estado mexicano luego de la muerte del Mencho Oseguera; los latigazos violentos de la bestia que recordaba que todavía estaba viva y que seguía pudriendo la vida en cerca del 70 por ciento del territorio nacional. Por lo mismo, tuvimos mucho cuidado ese día a la hora de tomar carretera hacia Guanajuato; capital de una entidad federativa castigada por la corrupción, el abandono y la violencia del crimen organizado. También, por otro lado, se conmemoraba (que no festejaba) el Día Internacional de las Mujeres (que no “de la mujer”). Desde que publiqué en redes sociales, a media autopista, argumentos claros y tomados del feminismo sobre por qué no se debe felicitar a ninguna mujer en ese día, sino más bien aprovecharlo como un espacio de reflexión, análisis, reconocimiento, acompañamiento, toma de conciencia por parte de sociedades y gobiernos, inmediatamente, aparecieron las reacciones. Algunas de apoyo al comentario y otras, las menos, pero muy virulentas y frenéticas, de insultos, descalificaciones, burlas, similares y conexos, provenientes de ambos sexos y géneros. Normal. En este trabajo, uno tiene que mutar a piel de cocodrilo, de otro modo, vivirías cortándote las venas. Pero es buen termómetro para saber qué tanto hemos avanzado o retrocedido en dejar de normalizar a la mujer como accesorio masculino y qué piensa la gente a favor o en contra.

Llegando a la laberíntica ciudad capital del estado, como es mi costumbre, me perdí en calles, edificios, gente. Sabía que en unas horas, al igual que en muchas otras urbes del país y del mundo, habría manifestación de distintas colectivas feministas (no, no me importa usar el llamado “lenguaje inclusivo”, aunque tenga todavía algunas dudas). La manifestación comenzó después de las cuatro de la tarde por la misma avenida, gritando consignas, pintando muros con spray. Algunas mostrando el rostro, otras, las más aguerridas, no. Todo supervisado de manera muy discreta por mujeres policía del municipio. Regresé a mi hotel, a pocas calles, para recargar la batería del teléfono. Salí cuando anochecía, el nutrido grupo estaba de regreso rumbo a su punto de partida en el icónico Teatro Juárez, joya del porfiriato. Las consignas, los cantos y gritos, ahora eran más fuertes, más agresivos, más contestatarios. Mujeres de todas edades: niñas, ancianas, gestantes en una ola morada ante la mirada de turistas y gente local con diversas e interesantes reacciones. Desde el aplauso mayoritario, hasta la confusión o el simple desestimar el movimiento con gestos de burla.

Me dedico al periodismo (no sé si me puedo llamar periodista, pero a eso me dedico) y reportar es parte de mi trabajo. Comencé a grabar audios y videos. Cuando llegaron y se concentraron en las escalinatas del Juárez, la intensidad creció; las oradoras con megáfonos y los brazos alzados. Aprendí que los hombres no podemos ser feministas; tan solo acompañamos en silencio y en ocasiones, si lo requieren, contenemos emocionalmente. Nada más. Al acercarme a las escalinatas y grabar la historia completa, entre grupos pacíficos y violentos, la cámara de mi teléfono era bloqueada por manifestantes que me obstruían una y otra vez la vista con pancartas. Ante mi insistencia de tomar video, una mujer se plantó frente a mí, otras dos en mis flancos y percibí una cuarta detrás. Una me pidió el celular, otra se acercó amenazadoramente. Guardé el teléfono, les mostré mi identificación de prensa y con señas les dije “ahí muere”, alejándome despacio de la zona cero hacia la multitud mientras me sentía vigilado, incómodo, perseguido, señalado, amenazado; y de fondo, consignas, estallido de petardos, reivindicación, revolución.

He estado en situaciones de peligro durante estos treinta y tantos años de carrera, cubriendo zonas de narcos, polleros, incendios, homicidios. Y sí, en todos he tenido miedo y me he sentido vulnerable. Soy humano. Pero esta vez, fue distinto. Luego del shot de adrenalina y frustración y gracias a mi feminista de cabecera, comprendí y ordené lo que hacía tanto ruido en mi cabeza. Miedo, rabia, frustración, incomodidad, vulnerabilidad, señalamiento, es lo que sienten cientos de miles, tal vez millones de mujeres en todo el mundo, diariamente. Yo lo experimenté unos segundos. Ha sido una de las mejores lecciones de mi vida. Gracias a esas cuatro mujeres por mostrarme en instantes, milenios de incomprensión, miedo, malos tratos, indiferencia, incluso, por parte de su propio género. Hasta mediados de 2025, treinta mil mujeres han desaparecido o no han sido localizadas en el país. Diez son asesinadas diariamente por el hecho de ser mujeres; de ahí que se creara la figura de feminicidio. La brecha salarial frente a los hombres es mayor al 35 por ciento; el 71 por ciento de la carga laboral no remunerada, recae en ellas e incluso, los investigadores históricamente evitan hacer estudios médicos con ratas hembra por el tema hormonal; por lo mismo, muchos medicamentos no funcionan igual en mujeres que en hombres. Los ejemplos son infinitos y atroces. Pero pomposamente crean gabinetes con “perspectiva de género”. Cuota de género, más bien. ¿Qué pasará el año entrante? Nada y lo mismo, tristemente. Nos horrorizamos de la pesadilla de algunos regímenes extremistas musulmanes en su trato a las mujeres y no queremos mirar que en las sierras de Guerrero, Chiapas o Oaxaca, hay niñas intercambiadas por caballos y  guajolotes. Esas niñas pasan a ser propiedad de viejos sexagenarios que las violarán a placer dejándolas embarazadas a los 13 años. Pero no, déjenlos, son “usos y costumbres” de nuestros orgullosos pueblos originarios.

He vivido el mejor momento de inseguridad, zozobra y vulnerabilidad de mi vida. Lo aprecio, lo guardo por siempre, lo aprendo y lo comparto. Gracias.

 

Iñaki Manero.

 

Escena poscréditos: ¿Cuántas mastografías, cuántas quimioterapias, cuántas vacunas contra el VPH, cuántas becas para niñas de muy escasos recursos se estarán comiendo en forma de jugosos filetes Díaz Canel y el resto de gordos revolucionarios, producto de la copercha del bienestar?

 

BITÁCORA DE VIAJE LXV

por ahernandez@latitud21.com.mx 1 diciembre, 2025
  • Bitácora de viaje
  • Por Iñaki Manero
  • Comunicador
  • Twitter @inakimanero Facebook @inakimanerooficial IG:  Inaki_manero  

“La realidad es meramente una ilusión, aunque una muy persistente”.

Albert Einstein.

Cuando era más joven y podía pasarme tardes enteras dibujando entre aburridas tareas escolares, surgió, de la nada (¿qué es la nada?) la neurosis de nunca dejar una figura a medio terminar.  Verán, sentía (y siento todavía en algún lugar de mi psique) que si somos imagen y semejanza de un creador, un nuevo universo está apareciendo de mi cerebro para afuera. Dejar a un súper héroe o una vaca o un perro sin piernas, patas o brazos, porque me aburrí o porque mamá me sorprendió haciendo lo que no debía hacer, condenaba a ese personaje a vivir en una realidad así, con todas sus consecuencias. El caballero medieval debía estar en posición para enfrentar al ente del mal que lo amenazaba o el avión necesitaba tener todos sus componentes en el lugar adecuado para seguir en el aire. Mis bosquejos siempre fueron (y han sido) contestatarios hacia mi realidad de este lado que continuamente muerde, quita, incendia, traiciona. Allá, invariablemente ganan los buenos. Y claro, como en todo aparente intento de literatura fantástica, las leyes de la física que tanto me incomodan, aplican a mi propio gusto. Nunca he sabido (ni me importa saber), cómo Batman no se zafa un brazo al tomar la batisoga con una mano y con la otra recoge a una persona que va en caída libre desde el piso 50 de un edificio hacia su muerte en la sucia banqueta de Ciudad Gótica; para cualquier anatomista serio, el tirón debería ser catastrófico para un ser humano normal de treinta y tantos años, no importa cuántos lleve entrenándose para ello.  Lo importante, es el resultado, la vida salvada, el triunfo del bien. Habrá quienes prefieran lo contrario y en sus universos obscuros, Freddy Krueger mate a tantos adolescentes como pueda y ese universo en particular siga teniendo ominosos finales. Cada uno lo que tenga en su cabeza, sin duda; o… la ganancia económica o política.  ¿Ya vas a empezar, Manero?

   Viva en paz, pare de sufrir y no haga corajes cuando vea la adaptación cinematográfica de su novela predilecta; ninguna será fiel. No sirve de mucho desahogarse en su red social favorita y mentar madres al director o al guionista/adaptador; la enojosa realidad no cambiará. Factum est.  Lo mismo pasa con adaptaciones sobre hechos históricos; sigo considerando Kingdom of Heaven, de Ridley Scott como una de las cintas con tono medieval mejor hechas en la historia del cine, aunque la veracidad sea un absoluto desastre en cosas que no ocurrieron o les ocurrieron a otras personas o sucedieron antes o después de lo que se describe. Creo que me acabo de aventar en pocas palabras un resumen de Hollywood y sus adaptaciones.  Una maestra del departamento de historia de la Universidad de Londres lo puso muy claro cuando leyó amargas quejas de arqueólogos (algunos mexicanos) sobre Apocalypto, de Mel Gibson: “Si quieres ver un thriller emocionante sobre mayas, ve la película; si quieres aprender historia sobre la América precolombina, lee un buen libro”. ¡Bravo!  Punto, set y partido, como dijera Hades (el de Disney, claro). 

   Desde lo más inocente como versionar cuentos clásicos y adecuarlos al mundo  contemporáneo como ha venido haciendo la compañía del ratón por décadas forjando así, de paso, un imperio comercial, hasta la corrupción de la Historia (con mayúscula a propósito) en los medios de comunicación y en las escuelas para lograr una narrativa que vaya conforme a la doctrina política imperante,  en lo aparentemente inocente, podemos hallar la perversión en forma de la proverbial manzana envenenada (infodumping: las semillas de manzana contienen cianuro; si te comes 50 improbables manzanas de una sentada, quizás te mueras envenenado como Blancanieves o de una indigestión).  Me remito a mi infancia, con la serie de televisión que no nos perdíamos en casa: Custer.  Las aventuras del valiente, el osado, el pundonoroso general del ejército de los Estados Unidos George Armstrong Custer y su Séptimo de Caballería. Incluso para una audiencia tan manipulable como la norteamericana, era too much; la serie duró 17 capítulos por la presión principalmente de las tribus originarias unidas que protestaron para que saliera del aire esa infamia que ponía a los “cara pálida” como la clase dominante y a los indios (a pesar de matices indulgentes) como los salvajes perdedores.  En un episodio, que traicionó mi niñez hasta que tuve la suficiente independencia intelectual para averiguar la verdad, el generalazo tiene una pelea definitiva con el némesis Caballo Loco dentro de un río. Al final, Custer emerge victorioso.  News Flash: los días 25 y 26 de junio de 1876, el ejército de los Estados Unidos, concretamente el séptimo de caballería comandado por Custer, fue masacrado en la famosa batalla de Little Big Horn gracias a pifias militares de los colonizadores y la eficiente unión de las tribus Sioux, Cheyenne y Arapahoe comandadas por el mismo Caballo Loco y otro legendario, Toro Sentado. Lo que restaba del Séptimo fue perseguido casi hasta la aniquilación y Custer murió, presumiblemente atravesado por una lanza en medio de la refriega. Historia. Punto.  Lo demás son sueños húmedos de la supremacía blanca. 

   Cada quién tendrá miles de ejemplos y al final les regalo mi correo para conversar y cruzar lanzas, pero nos preocupamos por el equilibrio nuclear y sin embargo, la manipulación mediática de la Historia y la literatura, son armas mucho más letales que el juego eterno de ver quién tiene más grande… el misil.  Incluso en obras tan aparentemente ingenuas como un cómic o un cuento de Dickens, hay una realidad que tal vez algún día compartamos con estadísticas: el grueso de la gente, salvo países muy desarrollados intelectual y educativamente, no lee. Somos tan flojos, que, aunque parezca chiste, esperamos la versión cinematográfica. Vengo de discutir en redes sobre Frankenstein, la versión de Guillermo del Toro, que a mi gusto, sobre todo tratándose de la criatura, me parece la más apegada a la obra de Mary Shelley (a leer, venga). Y no, no soy aferrado; comprendo que por cuestiones visuales y narrativas, nunca será igual, por muy apegado al original. El problema es cuando, perversamente, el trasfondo es usado para manipular conciencias. Lo que subyace, lo que favorece al sistema y sutilmente juega a su favor.  No si el monstruo habla o gruñe, sino si participa como herramienta para mantener formatos ideológicos vigentes. Sí, la literatura ha ganado batallas importantes, como la crítica de Dickens (de quien ya hemos platicado), hacia el capitalismo rapaz de la Revolución Industrial, pero el entusiasmo promovido por redes sociales hacia una cultura más visual que de letras, no abona mucho a la permanencia de lo escrito, a la reflexión, al análisis de lo que permanece en tinta y sangre y es posible consultar contrastado con otras voces impresas.  En resumen, caramba, ¡lean primero el libro!  

   Iñaki Manero.

   Escena poscréditos: Parece que, a un expresidente y a una presidenta en turno, les ha gustado eso de publicar libros (la envidia me corroe; no entiendo de dónde sacan tiempo. Guiño, guiño). ¿Y si nos tomamos la molestia de compararlos con números reales?    

BITÁCORA DE VIAJE LXIV

por NellyG 4 noviembre, 2025

 

 

“La estupidez es una enfermedad extraordinaria; no es el enfermo el que la sufre, sino los demás”.

VOLTAIRE.

 

Millones de personas, de seres humanos, vivimos creyendo una mentira aparecida que ha formado parte del imaginario colectivo desde hace miles de años.  Comenzando por dar por cierta una historia sobre la creación del mundo que no es otra cosa sino la enésima versión de otros cuentos orientales. Tenemos por cierta una dicotomía en donde creemos en un creador que hizo al mundo tal cual lo conocemos hoy en seis días y sin embargo, vamos hacia adelante elaborando y comprobando a cada instante, la teoría evolutiva que nos habla de procesos, de momentos, de dolorosas extinciones y renacimientos en espacios extraordinariamente largos. Somos en verdad ambiguos. En esa parte del relato que confiere una naturaleza divina a nosotros y al resto de la naturaleza con la que compartimos el planeta, nos hemos comprado la historia de ser los reyes y la parte más alta de todo lo creado y por lo mismo, con derechos inalienables de explotar y usar el resto a nuestro propio gusto y conveniencia.  Como dijera mi compadre, “y así, no se puede”.

La tripulación, calenturienta, sedienta, hambrienta, en su vuelta por el inacabable continente que habían doblado hacía unos días no sin muchos esfuerzos debido a tempestades y olas monumentales, arribaron a una prometedora isla en la carrera por encontrar la ruta más rápida hacia los placeres que la compra y de ser posible, el expolio, de especias, podrían otorgarles como recompensa económica. Cuando llegaron a un pequeño archipiélago decidieron explorar la isla de mayor tamaño, en donde encontraron una suerte de pavos raros y francamente feos, pero con suficiente pechuga como para saciar el hambre de meses sobreviviendo a golpe de galletas y carne seca. Misma opinión tuvieron los holandeses (o neerlandeses, para los más exquisitos), que llegaron después y acompañados de sus mascotas y animales de granja: perros, gatos, ciervos, cerdos. Y no solo llegaron con hambre y compañía, sino con un nombre que se convertiría en símbolo de la estupidez humana en aras del progreso: dodo. Que por cierto, en portugués puede provenir de duodo, “loco, bobo” o del neerlandés dodaeres, “ave repugnante”.  De cualquier forma, este animal, único en la naturaleza, endémico de esa y de solo esa isla perdida en el Índico, además de comido, asesinado y exterminado en el nombre de sus majestades (al último lo mataron en 1681, apenas cien años de la llegada de los europeos), fue insultado y condenado a llevar un nombre con origen peyorativo. ¡Menuda!

Lamentablemente, las hazañas de los Reyes de la Creación no terminaron ahí. Y es que, influenciados por un cuento de hadas como el Génesis o no, el sentido de superioridad que otorga un cerebro más desarrollado nos ha convertido en el mayor depredador del reino animal (y vegetal).  De acuerdo con la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza), desde principios del siglo XVI hasta la fecha, hay un registro de 777 a 873 extinciones por la mano del homo sapiens. Si nos vamos a la especulación informada, en los últimos 10 mil años, entre 10 mil y 100 mil especies. Creo que como cuidadores, nos quedó grande el encargo. Y ya mejor no los espanto con las estimaciones para los, apenas, próximos 50 años. No quiero amargarme más el domingo.

Hay muchos ejemplos en el mismo caso del dodo; los que casi fueron exterminados por deporte disparándoles desde un ferrocarril, como el bisonte americano, para el gusto de quienes querían vivir la experiencia del salvaje oeste, matando de pasada de hambre a los amerindios al quitarles su mayor fuente de proteína para el crudo invierno. Otros no tuvieron mejor suerte: el lobo de Tasmania o tilacino, con el mal fario de competir con los pastores de ovejas blancos o qué tal la paloma migratoria, que cubría el cielo en bandadas de millones apenas en el siglo XIX; la última de la especie, Martha, murió en el zoológico de Cincinnati en 1914. Si nos vamos a la prehistoria, nuestra voracidad provocó muy probablemente, junto con otro cambio climático, la desaparición del mamut y el mastodonte. Otra vez interviene mi compadre: “es que no tienen llenadera”. Dos preguntas a considerar: ¿es para siempre?  Y… ¿Es ético regresarlos?

En Parque Jurásico, los personajes de Crichton reflexionan sobre segundas oportunidades (aún sabiendo que esos dinosaurios no son exactamente “puros”, así como los lobos “prehistóricos”).  Estegosaurios, raptores, tiranosaurios, parasaurolophus, similares y conexos, dominaron la Tierra durante más de 250 millones de años.  Actividad volcánica y un asteroide dirimieron el asunto. Quienes estuvieran preparados para sobrevivir, heredarían el mundo y esos, fueron nuestros tataratataratatarataratarabuelos mamíferos más pequeños, termorreguladores, muy canijos.

Hoy, Colossal Biosciences, sin que tengamos muy claras sus intenciones, como segundo, tercer, etcétera actos, planea retrotraer al tilacino, al dodo, al mamut. ¿Para un parque de diversiones? ¿Para vender camisetas, tazas y peluches? ¿Derechos cinematográficos? De alguna manera tendrían que recuperar el costo monumental de años de investigación y ejecución de terapias y técnicas de edición genética.  La declaración políticamente correcta y buenaondita establece que están dispuestos a hacerlo para resarcir el daño que la estupidez humana provocó por la falta de visión y empatía con el medio ambiente y como una suerte de entrenamiento para garantizar que el tigre de bengala, el rinoceronte o tal vez nuestro ajolote no terminen en una enciclopedia electrónica. Los dinosaurios tuvieron su oportunidad y fueron desplazados por un cierto e incomprensible orden cósmico; muchos otros evolutivamente, no tenían por qué desaparecer; otra especie fuera de control selló su destino. ¿La compañía texana en el colmo del desacato, juega a ser Dios? O tal vez, se está tomando en serio el papel de reivindicador independientemente de las razones verdaderas detrás de la proeza casi bíblica. Por lo que hemos aprendido, lo que regresaría del olvido, decíamos, apenas sería un reflejo en el agua del original; un triste recuerdo. ¿Premio de consolación? Sin embargo, emocionado, mi niño interior de seis años no puede esperar los resultados. Confieso que estoy encaramado sobre la cerca, mirando de manera furtiva el gran show de la Creación 2.0.

Iñaki Manero

Escena poscrédito: De no haber caído el asteroide de Chicxulub, tal vez serían dinosaurios los que en este momento estarían tomando decisiones en el mundo; por ejemplo, legislando en un Congreso.  Aunque, esperen…

 

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