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Revista Latitud 21
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El costo de rebotar

por NellyG 1 julio, 2026

Durante las últimas dos décadas, América Latina ha vivido uno de los mayores péndulos políticos de su historia reciente. Primero giró hacia la izquierda. Hoy parece regresar hacia la derecha. Argentina eligió a Javier Milei. El Salvador consolidó a Nayib Bukele. Estados Unidos regresó a Donald Trump. Ecuador apostó por Daniel Noboa. Chile eligió a José Antonio Kast. Colombia parece encaminarse hacia Abelardo de la Espriella. Para algunos analistas, se trata de una nueva ola conservadora. Para otros, simplemente es un nuevo voto de castigo.

Sin embargo, la verdadera historia no es quién gana la batalla ideológica. La verdadera historia es cuánto nos cuesta seguir rebotando entre modelos mientras los problemas estructurales permanecen sin resolverse.

La izquierda llegó porque existían dolores reales. Millones de personas observaban cómo crecían las economías mientras sus condiciones de vida permanecían estancadas. La desigualdad, la pobreza, la falta de movilidad social, el acceso limitado a educación de calidad y la concentración de oportunidades generaron una sensación de abandono. El mensaje era contundente: si el mercado no lograba incluir a todos, el Estado tendría que intervenir más.

Pero con el paso del tiempo aparecieron nuevos dolores. La inseguridad se convirtió en una de las principales preocupaciones de la región. América Latina continúa concentrando cerca del 8% de la población mundial, pero alrededor de un tercio de los homicidios del planeta. La inversión comenzó a desacelerarse en diversos países. La productividad permaneció rezagada y casi la mitad de los trabajadores latinoamericanos continúa en la informalidad. La ciudadanía volvió a sentirse frustrada.

Entonces apareció una nueva generación de liderazgos prometiendo exactamente lo contrario: menos burocracia, más inversión, más seguridad, más crecimiento y más resultados. La derecha entendió algo que millones de ciudadanos estaban exigiendo: sin seguridad, sin empleo, sin inversión y sin certeza jurídica no existe desarrollo sostenible.

Sin embargo, existe un riesgo que comienza a ser evidente. Así como la izquierda cometió el error de creer que podía distribuir riqueza sin generarla, parte de la nueva derecha parece asumir que puede generar riqueza sin invertir suficientemente en las personas.

Y ahí es donde comienza la discusión verdaderamente importante.

La depresión y la ansiedad generan pérdidas económicas globales superiores a un billón de dólares anuales por reducción de productividad. Diversos estudios muestran que cada año adicional de escolaridad puede incrementar entre 8% y 10% los ingresos futuros de una persona. El economista James Heckman ha documentado que invertir en la primera infancia puede generar retornos sociales de entre siete y trece dólares por cada dólar invertido. Sin embargo, seguimos destinando enormes recursos a corregir problemas que pudieron prevenirse.

Gastamos miles de millones combatiendo delincuencia, adicciones, violencia, reincidencia penitenciaria, abandono escolar y crisis de salud mental. Pero invertimos relativamente poco en fortalecer la familia, la educación temprana, la salud emocional, la reinserción social y la construcción de comunidades resilientes.

El resultado es un círculo vicioso. Los gobiernos aumentan programas asistenciales para atender las consecuencias. Posteriormente aparecen déficits, presiones fiscales y menor crecimiento económico. Después llega una nueva corriente política prometiendo corregir el rumbo. Y el ciclo vuelve a comenzar.

Quizá el mayor error de nuestra generación ha sido creer que debemos elegir entre crecimiento económico o justicia social, cuando en realidad ambas son indispensables. La riqueza sin cohesión social genera resentimiento. La justicia social sin crecimiento termina siendo financieramente insostenible.

Por eso quizá la próxima gran transformación política no será de izquierda ni de derecha. Será la construcción de una nueva economía política que entienda que la prevención social es una inversión económica. Un modelo que reconozca que cada niño que abandona la escuela, cada joven atrapado por las adicciones, cada familia que se desintegra y cada persona que pierde la esperanza representan no sólo una tragedia humana, sino también un enorme costo para la competitividad de una nación.

La pregunta ya no es si América Latina debe girar a la izquierda o a la derecha. La pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a perder rebotando entre ambas mientras seguimos postergando la construcción de un modelo capaz de generar prosperidad, estabilidad y justicia al mismo tiempo.

Tal vez el verdadero desafío del siglo XXI no sea elegir entre mercado o Estado. Tal vez sea aprender a construir un capitalismo humanista que entienda que la mejor inversión no siempre es la que genera más utilidades inmediatas, sino la que evita que millones de personas se conviertan mañana en un problema que todos terminaremos pagando.

¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos.

 

 

X: Oigres14 |Email:  sergioleon@sergioleon.mx |IG: @sergioleoncervantes

Nihilismo Corporativo

por NellyG 1 julio, 2026

 

 

Para generar una planeación estratégica congruente entre la situación actual de la empresa, y las aspiraciones de sus accionistas, se debe considerar como base su misión, visión y valores, los cuales son conceptos que —desde mi punto de vista— se han deteriorado por el uso casual de los mismos y por la concepción de que son prácticamente un requisito a dejar fuera del camino, o bien, se construyen bajo la reflexión privada de que no va a tener implicaciones directas sobre el desarrollo del negocio; que, a lo mucho, serán un complemento enmarcado en las salas de juntas y harán ver a la empresa más seria e institucional.

La misión de una empresa debe de ser clara, incluir una métrica y un motivo. El escritor Donald Miller lo resume en el siguiente modelo: Lograremos X, al hacer Y por el motivo Z, y lo más importante es que debe invitar a la acción. Dicho de otra manera, los miembros de tu equipo deben de poder identificarse con la misión en sus actividades diarias y tener claro que todo lo que ejecutan como parte de su rol influye a que la misión se lleve a cabo.

Existe un incentivo psicológico hacia mantener una misión ambigua, poco específica y difícil de medir dentro de las organizaciones —incluso a nivel personal— porque te otorga la ventaja de no tener claro si lograste o no el objetivo. Es decir, como decía el psicólogo Jordan Peterson, mantener una meta ambigua te sitúa en una posición más cómoda al no cumplirla, la falta de claridad en tu objetivo cubre la falta de calidad de tu resultado. De alguna manera, es permanecer dentro de la zona de confort el no tener claro si cumpliste la meta. Traducido a una empresa: no tener una misión clara que refleje el nivel de ambición de los accionistas es una especie de falta de valentía — por decir lo menos — y llevará a toda la organización a un estado que denomino como nihilismo corporativo, que se puede ejemplificar como la existencia de la siguiente reflexión en la mente de los miembros de la empresa: “haga o no haga, logre o no logre, mi situación en la empresa no cambia”, que a su vez se puede subtitular como “lo que haga o deje de hacer en la empresa, carece de significado”. Salir de este estado es un nudo muy complicado de deshacer y requiere libros al respecto, pero lo que sí puedo resumir, es que el riesgo de que no logren las metas anuales derivado de que los ejecutivos clave se encuentren en este estado es muy alto.

Parte de la solución es confiar en una planificación estratégica que realmente transmita la Misión del negocio y que sea lo suficientemente seductora para que todos los colaboradores se involucren y se “suban al barco” para lograr los objetivos deseados. Además, lograr tener un equipo comprometido a bordo es un lujo —básicamente— que no todos los negocios pueden tener, pero la probabilidad de obtenerlo dado que exista una Misión clara es muy superior a la alternativa.

Al final, pienso que como seres humanos a todos nos cautiva una buena historia, una trama bien planteada en donde nuestra próxima decisión forme parte del desenlace, que lleve implícito un riesgo y a su vez una oportunidad. No es coincidencia que los grandes líderes que han cambiado el paradigma de su campo tengan personalidades excéntricas y siempre de la mano de una ideología que contagia. Aquí la clave será que el cuerpo directivo entienda que dirigir una empresa es algo mucho menos frío de lo que aparenta y se trata más bien de inspirar a personas hacia un bien común.

 

El talón de Aquiles

por NellyG 1 julio, 2026

 

  

En la carrera global por la atracción de capitales, el Caribe Mexicano cuenta con ventajas competitivas envidiables: conectividad aérea de primer orden, infraestructura hotelera de clase mundial y una marca destino imbatible. Sin embargo, en el balance financiero de cualquier corporativo que opera en Quintana Roo, existe un lastre silencioso que amenaza la rentabilidad y frena la llegada de nuevas inversiones de alto valor: el costo y la intermitencia del suministro de energía eléctrica.

Para la industria de la hospitalidad, los centros comerciales y los desarrollos de usos mixtos, el recibo de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ya no es un gasto operativo más; se ha convertido, en muchos casos, en el segundo costo más gravoso para las empresas, solo por debajo de la nómina. En una región donde el termómetro no da tregua y la refrigeración y el aire acondicionado son condiciones de supervivencia del negocio, la política energética se vuelve una variable estrictamente económica.

Cifras que restan competitividad

La península de Yucatán ha padecido históricamente una condición de «isla energética» debido a su distancia de los principales centros de generación del país y a la saturación de las líneas de transmisión. Aunque proyectos recientes como las plantas de ciclo combinado en Mérida y Valladolid, así como el gasoducto Cuxtal-Mayakan, prometen aliviar el déficit de generación a mediano plazo, la realidad inmediata del empresariado local sigue marcada por tarifas comerciales e industriales que están entre las más altas del país.

Operar bajo la Tarifa de Demanda Industrial en Media Tensión GDMTO o GDMTH en el sureste implica un costo por kilovatio-hora ($kWh$) que erosiona los márgenes de ganancia en comparación con destinos turísticos competidores en el Caribe global o el propio norte de México. A esto se suma el costo oculto pero devastador de los apagones y las variaciones de voltaje. Para un hotel de 500 habitaciones o un centro comercial, un corte de energía no programado implica pérdidas millonarias en equipos quemados, activación de plantas de emergencia basadas en diésel (lo que dispara la huella de carbono) y, lo peor, el daño reputacional ante un turismo de lujo que exige estándares de continuidad impecables.

 

La urgencia de la transición y la generación distribuida

La solución al estrangulamiento energético de la región no puede depender exclusivamente de los presupuestos públicos ni de los tiempos de la burocracia federal. El verdadero motor de cambio radica en la apertura y la certidumbre para la inversión privada en esquemas de sustentabilidad.

Actualmente, el límite legal para la Generación Distribuida —la capacidad de empresas y hoteles para generar su propia energía mediante paneles solares sin necesidad de una planeación compleja de la CRE— está topado en los $500\text{ kW}$ ($0.5\text{ MW}$). Para las dimensiones de la infraestructura actual en Cancún y la Riviera Maya, este techo es completamente obsoleto. Elevar este tope a $1\text{ MW}$ o más, como ha exigido el sector empresarial de manera unánime, permitiría a las grandes propiedades hoteleras y desarrollos comerciales mitigar su dependencia de la red pública, estabilizar sus costos operativos a largo plazo y cumplir con los criterios ESG (Environmental, Social, and Governance) que hoy exigen los fondos de inversión internacionales.

Balance editorial: Menos discursos, más transmisión

Garantizar la viabilidad económica de Quintana Roo para los próximos veinte años requiere entender que la energía limpia y barata es tan vital como la promoción turística. La iniciativa privada local ha demostrado estar lista para invertir sus propios recursos en infraestructura fotovoltaica y sistemas de almacenamiento de energía de última generación (baterías); lo que falta es un marco regulatorio que deje de ver al capital privado como un adversario y lo asuma como el aliado estratégico que es.

El crecimiento vertical de Cancún, el éxito comercial de la Avenida Huayacán y los megaproyectos en Puerto Cancún y la Riviera Maya demandan una red eléctrica robusta y redundante. Si aspiramos a seguir jugando en las grandes ligas del turismo y los negocios, las autoridades deben garantizar certidumbre jurídica para la coinversión en transmisión. De lo contrario, el costo de la luz seguirá ensombreciendo el brillante futuro económico de nuestro estado.

 

Quintana Roo mundialista y el Puente Nichupté  

por ahernandez@latitud21.com.mx 2 junio, 2026
  • Carta del Director
  • Amador Gutiérrez Guigui
  • agutierrez@latitud21.com.mx
  •  @AmadorG_G

 

La confirmación de que la Selección Nacional de Uruguay establecerá su campamento base en Mayakoba, Playa del Carmen, durante la Copa Mundial de la FIFA 2026 representa mucho más que una noticia deportiva. Se trata de una oportunidad estratégica para Quintana Roo, que tendrá ante sí una vitrina internacional y cuyos beneficios pueden extenderse mucho más allá de los días que dure la competencia.

Uruguay es una de las selecciones con mayor tradición y prestigio en la historia del futbol mundial. Su presencia atraerá la atención de medios de comunicación internacionales, patrocinadores, analistas deportivos y miles de aficionados que seguirán de cerca cada entrenamiento, conferencia de prensa y actividad del equipo. En cada imagen transmitida al mundo aparecerá también el entorno turístico privilegiado de la Riviera Maya.

La coincidencia con la temporada vacacional de verano resulta particularmente favorable para el estado. Durante junio y julio, cuando el flujo turístico ya registra una importante actividad, la exposición mediática derivada del Mundial puede convertirse en un incentivo adicional para visitantes nacionales e internacionales que busquen combinar la experiencia deportiva con los atractivos naturales y culturales de Quintana Roo.

Además del impacto promocional, la presencia de una selección de esta magnitud puede generar una derrama económica directa en hoteles, restaurantes, transportistas, operadores turísticos y comercios locales. El turismo deportivo es uno de los segmentos de mayor crecimiento a nivel mundial y eventos de esta naturaleza suelen traducirse en beneficios económicos que alcanzan a diversos sectores de la comunidad.

Pero el verdadero valor de esta oportunidad no radica únicamente en los ingresos temporales. El reto consiste en convertir la estancia de Uruguay en una plataforma de promoción permanente para el destino. Si se trabaja con visión estratégica, Quintana Roo puede fortalecer su posicionamiento como sede internacional para eventos deportivos, convenciones y encuentros de alto nivel.

También es una ocasión para mostrar al mundo la capacidad logística y de infraestructura del estado. La conectividad aérea, la calidad hotelera, los servicios turísticos y la oferta gastronómica de Quintana Roo estarán bajo el escrutinio internacional, por lo que el éxito de esta experiencia podría abrir la puerta a futuras inversiones y eventos de carácter global.

La llegada de Uruguay a Mayakoba coloca a Quintana Roo en el mapa mundial del fútbol en el marco del evento deportivo más importante del planeta. Ahora corresponde a todos los actores involucrados entender que no se trata solamente de hospedar a una selección, sino de aprovechar una circunstancia excepcional para fortalecer la imagen, la competitividad y el futuro turístico del estado.

En portada llevamos la inauguración del Puente Vehicular Nichupté, un megaproyecto que sin duda es benéfico para Cancún, el vinculante carretero entre el centro y la zona hotelera, teniendo como objetivo principal ahorrar el tiempo de traslado. 

Es la segunda obra de su tipo más larga en América Latina, con una longitud total de 11.2 kilómetros (8.8 km sobre el sistema lagunar Nichupté y el resto en accesos). El diseño de esta obra -realizada por ICA-, según especialistas, se respetó y libró en su totalidad el área natural protegida de los manglares.   

La economía del día a día

por ahernandez@latitud21.com.mx 2 junio, 2026
  • Columna de la Editora
  • Nelly García
  • ngarcia@latitud21.com.mx

Hay noticias económicas que solemos dejar pasar porque parecen lejanas. Las escuchamos en términos técnicos —crecimiento del PIB, deuda soberana, inflación, calificaciones crediticias— y asumimos que pertenecen al mundo de los economistas, de los mercados o de las oficinas gubernamentales. Pero tarde o temprano, casi siempre, terminan llegando a un lugar mucho más cercano: el bolsillo.

México atraviesa hoy uno de esos momentos donde la economía no parece estar mal, pero tampoco avanza con la fuerza suficiente para generar tranquilidad. El reciente ajuste del Banco de México a la expectativa de crecimiento del país —de 1.6 a 1.1 por ciento para este año— no significa una crisis inminente, pero sí un mensaje claro: la economía se está desacelerando.

¿Y eso qué significa realmente?

En términos simples, que el país está creciendo más lento. Cuando una economía pierde ritmo, las empresas suelen ser más cautelosas, las inversiones tardan más en concretarse y el consumo empieza a moderarse. No ocurre de golpe ni se siente igual para todos, pero sus efectos terminan filtrándose poco a poco en la vida cotidiana.

Para una ciudad como Cancún, donde buena parte de la actividad económica depende del turismo, el consumo y la confianza, esto cobra todavía más relevancia. Cuando hay menos certidumbre económica en México o en los mercados internacionales, los proyectos se vuelven más prudentes, las expansiones se piensan dos veces y el empleo puede resentirse, aunque no siempre de forma evidente.

De hecho, los números laborales muestran algo interesante —y al mismo tiempo preocupante—: en México hay más personas ocupadas, sí, pero una buena parte de ese crecimiento está ocurriendo desde la informalidad y el autoempleo. Es decir, más personas están trabajando, pero no necesariamente en condiciones más estables o con mayores ingresos.

Dicho de otro modo: no siempre tener empleo significa vivir con mayor tranquilidad financiera.

A esto se suma otra noticia que, aunque suena lejana, merece atención. Las calificadoras internacionales redujeron la perspectiva y calificación de la deuda soberana mexicana. Traducido al español cotidiano: perciben mayores riesgos hacia adelante para las finanzas del país.

No es motivo de alarma ni significa una crisis automática. México sigue siendo un país con grado de inversión y eso sigue siendo una fortaleza. Pero cuando aumenta la percepción de riesgo, pedir dinero suele volverse más caro. Y eso puede reflejarse en créditos hipotecarios, financiamientos, tarjetas o préstamos empresariales más costosos.

También puede impactar en la inversión, en el tipo de cambio y eventualmente en los precios. Porque cuando el dinero cuesta más y el entorno se vuelve incierto, la economía suele moverse con mayor cautela.

Quizá la gran lección de este momento económico es entender que las finanzas personales no viven separadas de la economía nacional. Pensar que lo que pasa en Banxico, en Hacienda o en las calificadoras no tiene nada que ver con nuestra vida cotidiana es un error frecuente.

Sí tiene que ver.

Por eso, en tiempos donde la economía avanza más despacio, vale la pena recuperar algo que muchas veces olvidamos cuando las cosas parecen ir bien: cuidar la deuda, fortalecer el ahorro, evitar compromisos financieros excesivos y tomar decisiones con más visión de largo plazo.

Porque aunque la economía de un país se mida en porcentajes, la tranquilidad financiera de las personas sigue midiéndose, casi siempre, en certezas.   

Mapa estratégico

por ahernandez@latitud21.com.mx 2 junio, 2026
  • Perspectiva empresarial
  • Juan A. Contreras Mercader
  • Abogado 
  • notaria12@notaria12qroo.com.mx

 

Durante la etapa de planificación de un proyecto —de cualquier índole— un factor importante a considerar es la dependencia e impacto entre las acciones a implementar. Es decir, ¿cómo influyen las acciones sugeridas para alcanzar un objetivo en el resto de la organización? Esto, con la idea de buscar que las iniciativas hagan sinergia en conjunto o que no se contradigan entre sí. 

Simplificar la forma en la que se expresan las estrategias a implementar ayuda a identificar si realmente agregan valor al programa o más bien son otra forma de decir la misma propuesta. La innovación del método japonés de 5W + H al incorporar la segunda H (How much?) pienso que da en el punto: no es suficiente con calendarizar las actividades y asignar responsables, sino identificar el alcance de todo lo que se planea realizar y el costo que implican. 

Una forma de conceptualizar el panorama general del proyecto es analizando el triángulo con las tres variables que entran en juego: alcance, tiempo y recursos. Aislando cada una como fija y analizar el impacto en el resto puede orientar una sesión entre directivos y conducir a mejores conclusiones. Por ejemplo, si se quiere realizar el proyecto en menor tiempo —e.g. en 1 año en vez de 3 años— se puede lograr siempre y cuando se reduzca el alcance del mismo o se incrementen los recursos a destinar en su presupuesto. En el mismo sentido, si el enfoque del cuerpo directivo es reducir costos, se podrá conseguir aplazando tiempos de entrega o acotando el alcance. 

En perspectiva, incorporar estos conceptos a las sesiones entre directores puede influenciar positivamente al logro de sus objetivos.   

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