La vida en el paraíso

POR ISABEL ARVIDE

Cae nieve, rítmicamente, como en un cuadro impresionista, hasta volver blancos los árboles que veo desde la ventana de mi oficina.  Son copos etéreos, como flores que vuelan, como esos pensamientos que huyen antes de poder entenderlos. Hace frío, un frío desconocido, que refiere a otros adjetivos porque se hielan las manos, porque entra desde las plantas de los pies.

Y frente a este cuadro, pleno de blancos hasta deslumbrar, pienso en las playas de Quintana Roo. En esos mares tan tibios, en la suavidad de las olas, en el sol que todo lo llena. Me imagino en el ferry rumbo a Isla Mujeres, caminando hasta la playa Norte, y casi puedo sentir la arena entre mis dedos.

Tenemos un paraíso. Que, además, está abierto a los viajeros de todo el mundo. Cada mañana firmo visas en pasaportes de quienes viajarán a Cancún, y afortunadamente, también unos pocos que traen un itinerario hasta Bacalar. No puedo imaginar un destino mejor en estos días agobiados de cierres, de miedo, de contabilidades siempre en contra.

A Quintana Roo no le hacen daño ni los huracanes, como bien sabemos, sobrevivientes a perpetuidad de vientos devastadores. Lo que puede destruirlo está hoy por hoy en la confrontación política que suda ambiciones personales.

Cada día encuentro mensajes que son propaganda de precandidatos, e insultos a protagonistas del poder estatal y municipal, que son propaganda de los mismos precandidatos. Los demonios andan sueltos, son los mismos que conocemos.

Tenemos un Congreso tomado por mujeres que no se pueden aceptar inocentes ni desvinculadas de intereses políticos, tenemos un Congreso donde diputados locales se han distinguido por su incapacidad y ausencia. Tenemos municipios, como Othón P. Blanco, que mejor estarían sin presidente municipal. Tenemos, en todo el Estado, gente genuinamente enojada por la falta de servicios, y también tenemos activistas políticos lucrando con los problemas en vías de solución o irresolubles.

Tenemos agravios cada día que se tiran al ventilador como si nunca fuesen a caer sobre las cabezas de sus autores. Tenemos denigración a priori. Y una intencionalidad enferma de regodearnos en la suma de todo lo malo a enumerar, como si no hubiese pasado y menos futuro.

Hemos logrado vencer la gravedad mayor del coronavirus, hemos podido encontrar un camino para retornar a una normalidad que no pueden soñar otras poblaciones, otros países. Pero esto también lo podemos destruir.

Hemos entrado al tobogán electoral sin haber aprendido lecciones del pasado inmediato, sin siquiera poder identificar a las mismas manos negras del pasado inmediato.

En este desorden extremo, pleno de agresiones y descalificaciones, el paraíso puede dañarse irremediablemente. ¿Cómo esperan nuestros políticos que la gente crea en ellos, cómo piensan que pueden convencer de ser «diferentes» de todo aquello que insultan?

La crispación social existente en todo el país puede ser infinitamente más destructiva en Quintana Roo.

No darse cuenta, no detenerse un momento a ponderar lo que tenemos, no pensar un momento por aquello que se conoce como «bien común», puede hacernos más daño del que podemos vencer.

Alguien, alguno de todos, tiene que comenzar a pedir una tregua. A establecer reglas políticas de civilidad, de mínimo respeto. De otra manera, todos van a subirse al mismo barco lleno de mierda y próximo a naufragar.