martes, agosto 18 2026 •  Latitud 21 • Emprendedores y Negocios en el Caribe Mexicano
  • Inicio
  • Secciones
    • Agenda
    • Emprendedores
    • Encuentros
    • En la 21 y otras latitudes
    • Foro Empresarial
    • Infografia
    • Libro Ecología y Espiritualidad
    • Lifestyle
    • Meridiano 87
    • Playa del Carmen
    • Portada
    • Responsabilidad social
    • Sube y Baja
    • Tech 2.1
  • Columnas de Opinión
  • Caribe Mexicano
    • Quintana Roo
    • Cancún
    • Playa del Carmen
  • Deporte y Salud
  • Ediciones Anteriores
  • Contacto
  • Otras Revistas del Grupo
Revista Latitud 21
Categoría:

Sergio León

  • Entre empresarios
  • CEO de Impoexporta
  • Twitter: @oigres14

La crisis ya no está en el mar

por NellyG 3 agosto, 2026

Quince años después, el verdadero problema de Quintana Roo ya no es el sargazo. Es el modelo con el que seguimos intentando combatirlo.

Durante millones de años, el sargazo fue parte del equilibrio natural del océano Atlántico. Flotaba en el Mar de los Sargazos, alimentando peces, tortugas y una extraordinaria biodiversidad. Nunca fue una amenaza. Todo cambió en 2011, cuando imágenes satelitales comenzaron a detectar un gigantesco cinturón de macroalgas desplazándose desde el Atlántico tropical hacia el Caribe. Lo que entonces se creyó un fenómeno extraordinario terminó convirtiéndose en una nueva realidad para Quintana Roo.

Quince años después, la pregunta ya no es de dónde viene el sargazo.

La verdadera pregunta es otra:

¿Por qué seguimos enfrentándolo prácticamente con la misma estrategia?

Porque después de tres presidentes de la República y el inicio de un cuarto sexenio, la historia se repite. Cambian los nombres, cambian los discursos, cambian los presupuestos, pero la solución continúa siendo esencialmente la misma: más limpieza, más maquinaria, más barreras, más embarcaciones y más recursos públicos.

La reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum volvió a colocar el tema en la agenda nacional. Debe reconocerse que existe una mayor participación de la Secretaría de Marina, más capacidad operativa, nuevas embarcaciones, barreras y el interés por impulsar el aprovechamiento industrial del sargazo. Son acciones positivas y necesarias.

Pero también debemos tener la honestidad de decir algo que ya resulta imposible ignorar:

Después de quince años, el debate ya no puede limitarse a comprar más barcos o instalar más barreras. El verdadero reto es cambiar el modelo.

 

La factura que pocos conocen

El problema no solamente se mide en toneladas de sargazo. Se mide en dinero, oportunidades perdidas y competitividad.

Con base en información pública y una metodología conservadora de estimación, entre 2011 y 2026 se han destinado aproximadamente:

Concepto Inversión estimada
Gobierno Federal ≈ 1,050 millones de pesos
Gobierno de Quintana Roo ≈ 880 millones de pesos
Municipios ≈ 475 millones de pesos
Sector empresarial ≈ 2,500 millones de pesos
Total estimado ≈ 4,905 millones de pesos

 

 

Más importante que la cifra total es su composición

Mientras el Gobierno Federal habría aportado alrededor de 1,050 millones de pesos, la suma del Gobierno del Estado, los municipios y el sector empresarial supera los 3,850 millones de pesos, es decir, cerca del 80% del esfuerzo económico estimado.

Paradójicamente, esto ocurre en un país donde la Federación concentra aproximadamente entre el 85 y el 90% de la capacidad recaudatoria tributaria, mientras estados y municipios operan con bases fiscales mucho más reducidas.

No existe hoy una balanza fiscal oficial que permita conocer con precisión cuánto recauda la Federación gracias a Quintana Roo y cuánto reinvierte realmente en el estado. Y ésa, por sí sola, ya debería ser una discusión nacional.

El costo invisible

Pero la factura del sargazo no termina en esos casi cinco mil millones de pesos.

Cada peso que el Gobierno del Estado destina a esta contingencia es un peso menos para infraestructura, seguridad, agua potable, movilidad, saneamiento, educación o salud.

Cada peso que un municipio utiliza para limpiar playas deja de invertirse en alumbrado, calles, parques y servicios públicos.

Cada peso que un hotel invierte en maquinaria, barreras, personal y limpieza deja de destinarse a remodelaciones, innovación, capacitación o mejores salarios.

Y ahí es donde el problema deja de ser ambiental para convertirse en social.

Porque cuando disminuye la ocupación hotelera, no pierde únicamente el empresario.

Pierde el mesero que recibe menos propinas.

Pierde la camarista.

Pierde el garrotero.

Pierde el cocinero.

Pierde el taxista.

Pierde el pescador.

Pierde el guía de turistas.

Pierde quien vende artesanías.

Pierden miles de familias que dependen directa o indirectamente del turismo.

Hoy ya no es únicamente el sargazo el que afecta el ingreso de los quintanarroenses. También lo hace un modelo que, después de quince años, continúa consumiendo recursos públicos y privados sin haber construido una solución estructural.

El verdadero problema

Durante estos años hemos aprendido a recoger el sargazo.

Lo que no hemos aprendido es a dejar de depender de recogerlo.

Y ésa es una diferencia enorme.

Mientras el sector público continúa concentrando buena parte de sus esfuerzos en contener la emergencia, desde Quintana Roo han comenzado a surgir propuestas que buscan resolver el problema desde otro enfoque.

La alianza integrada por The Seas We Love, SargaTech y Caribe Circular ha planteado una propuesta distinta: dejar de tratar el sargazo como un residuo para convertirlo en una materia prima industrial, estructurando un mercado que permita financiar su recolección en alta mar mediante inversión privada, economía circular, innovación y certidumbre regulatoria. Lo más relevante es que no están pidiendo subsidios públicos. Están pidiendo algo mucho más sencillo: que el Estado elimine barreras regulatorias y permita que las soluciones puedan implementarse.

Ésa es la diferencia entre administrar un problema y comenzar a resolverlo.

Quintana Roo compite con el mundo

Existe otro error que seguimos cometiendo.

Quintana Roo no compite con Acapulco.

No compite con Mazatlán.

No compite con Puerto Vallarta.

Compite con República Dominicana.

Con Bahamas.

Con Jamaica.

Con Aruba.

Con Maldivas.

Con Hawái.

Cada punto de competitividad que pierde Quintana Roo es una oportunidad que otro país gana.

Y cada año que retrasamos una solución estructural hace más costosa la recuperación del destino turístico más importante de México.

 

Es momento de cambiar la gobernanza

Quizá ha llegado el momento de dejar de pensar en un programa sexenal y comenzar a construir una Política de Estado para el Sargazo.

Propongo la creación de un Consejo Nacional para la Economía Circular del Sargazo, integrado por la Federación, el Gobierno de Quintana Roo, los municipios, la Secretaría de Marina, SEMARNAT, la Secretaría de Hacienda, universidades, centros de investigación, asociaciones hoteleras, organismos internacionales y representantes de la iniciativa privada.

Un organismo que concentre presupuesto, publique indicadores, mida resultados, elimine barreras regulatorias y convierta al sargazo en una nueva industria, no en una factura permanente.

Porque la función del Estado no siempre consiste en hacerlo todo.

También consiste en permitir que quienes tienen soluciones puedan ponerlas en marcha.

 

La decisión

Quintana Roo no está pidiendo un privilegio.

Está defendiendo el motor turístico más importante de México.

Ninguna empresa puede retirar permanentemente las utilidades de su principal unidad productiva sin reinvertir en su mantenimiento.

México tampoco debería hacerlo con el destino que más turismo, empleo, divisas y oportunidades genera para el país.

La crisis ya no está en el mar.

La crisis está en seguir administrando el problema cuando ya existen condiciones para comenzar a resolverlo.

¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos

 

X: Oigres14 |Email:  sergioleon@sergioleon.mx

|IG: @sergioleoncervantes

El costo de rebotar

por NellyG 1 julio, 2026

Durante las últimas dos décadas, América Latina ha vivido uno de los mayores péndulos políticos de su historia reciente. Primero giró hacia la izquierda. Hoy parece regresar hacia la derecha. Argentina eligió a Javier Milei. El Salvador consolidó a Nayib Bukele. Estados Unidos regresó a Donald Trump. Ecuador apostó por Daniel Noboa. Chile eligió a José Antonio Kast. Colombia parece encaminarse hacia Abelardo de la Espriella. Para algunos analistas, se trata de una nueva ola conservadora. Para otros, simplemente es un nuevo voto de castigo.

Sin embargo, la verdadera historia no es quién gana la batalla ideológica. La verdadera historia es cuánto nos cuesta seguir rebotando entre modelos mientras los problemas estructurales permanecen sin resolverse.

La izquierda llegó porque existían dolores reales. Millones de personas observaban cómo crecían las economías mientras sus condiciones de vida permanecían estancadas. La desigualdad, la pobreza, la falta de movilidad social, el acceso limitado a educación de calidad y la concentración de oportunidades generaron una sensación de abandono. El mensaje era contundente: si el mercado no lograba incluir a todos, el Estado tendría que intervenir más.

Pero con el paso del tiempo aparecieron nuevos dolores. La inseguridad se convirtió en una de las principales preocupaciones de la región. América Latina continúa concentrando cerca del 8% de la población mundial, pero alrededor de un tercio de los homicidios del planeta. La inversión comenzó a desacelerarse en diversos países. La productividad permaneció rezagada y casi la mitad de los trabajadores latinoamericanos continúa en la informalidad. La ciudadanía volvió a sentirse frustrada.

Entonces apareció una nueva generación de liderazgos prometiendo exactamente lo contrario: menos burocracia, más inversión, más seguridad, más crecimiento y más resultados. La derecha entendió algo que millones de ciudadanos estaban exigiendo: sin seguridad, sin empleo, sin inversión y sin certeza jurídica no existe desarrollo sostenible.

Sin embargo, existe un riesgo que comienza a ser evidente. Así como la izquierda cometió el error de creer que podía distribuir riqueza sin generarla, parte de la nueva derecha parece asumir que puede generar riqueza sin invertir suficientemente en las personas.

Y ahí es donde comienza la discusión verdaderamente importante.

La depresión y la ansiedad generan pérdidas económicas globales superiores a un billón de dólares anuales por reducción de productividad. Diversos estudios muestran que cada año adicional de escolaridad puede incrementar entre 8% y 10% los ingresos futuros de una persona. El economista James Heckman ha documentado que invertir en la primera infancia puede generar retornos sociales de entre siete y trece dólares por cada dólar invertido. Sin embargo, seguimos destinando enormes recursos a corregir problemas que pudieron prevenirse.

Gastamos miles de millones combatiendo delincuencia, adicciones, violencia, reincidencia penitenciaria, abandono escolar y crisis de salud mental. Pero invertimos relativamente poco en fortalecer la familia, la educación temprana, la salud emocional, la reinserción social y la construcción de comunidades resilientes.

El resultado es un círculo vicioso. Los gobiernos aumentan programas asistenciales para atender las consecuencias. Posteriormente aparecen déficits, presiones fiscales y menor crecimiento económico. Después llega una nueva corriente política prometiendo corregir el rumbo. Y el ciclo vuelve a comenzar.

Quizá el mayor error de nuestra generación ha sido creer que debemos elegir entre crecimiento económico o justicia social, cuando en realidad ambas son indispensables. La riqueza sin cohesión social genera resentimiento. La justicia social sin crecimiento termina siendo financieramente insostenible.

Por eso quizá la próxima gran transformación política no será de izquierda ni de derecha. Será la construcción de una nueva economía política que entienda que la prevención social es una inversión económica. Un modelo que reconozca que cada niño que abandona la escuela, cada joven atrapado por las adicciones, cada familia que se desintegra y cada persona que pierde la esperanza representan no sólo una tragedia humana, sino también un enorme costo para la competitividad de una nación.

La pregunta ya no es si América Latina debe girar a la izquierda o a la derecha. La pregunta es cuánto tiempo más estamos dispuestos a perder rebotando entre ambas mientras seguimos postergando la construcción de un modelo capaz de generar prosperidad, estabilidad y justicia al mismo tiempo.

Tal vez el verdadero desafío del siglo XXI no sea elegir entre mercado o Estado. Tal vez sea aprender a construir un capitalismo humanista que entienda que la mejor inversión no siempre es la que genera más utilidades inmediatas, sino la que evita que millones de personas se conviertan mañana en un problema que todos terminaremos pagando.

¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos.

 

 

X: Oigres14 |Email:  sergioleon@sergioleon.mx |IG: @sergioleoncervantes

El nuevo muro

por NellyG 1 junio, 2026

 

Por: Sergio León Cervantes

X: Oigres14 |Email:  sergioleon@sergioleon.mx |IG: @sergioleoncervantes

 

 

Durante décadas, México creyó que su relación más delicada con Estados Unidos estaba en la frontera. El muro, la migración, los aranceles o el narcotráfico parecían ser el centro de la tensión bilateral. Pero algo cambió. Y probablemente aún no hemos dimensionado su verdadero alcance.

Donald Trump acaba de abrir un nuevo frente: el financiero.

La discusión ya no gira únicamente alrededor de deportaciones o impuestos a las remesas. Hoy el debate empieza a trasladarse hacia el control bancario, la vigilancia financiera y el acceso de millones de migrantes al sistema económico estadounidense. Y eso podría convertirse en uno de los mayores puntos de presión rumbo a la renegociación del T-MEC.

Estados Unidos descubrió algo antes que México: las remesas no son solo dinero. Son poder.

México recibió 64,745 millones de dólares en remesas durante 2024, un nuevo récord histórico. El dato es brutal: equivale aproximadamente al 3.5% del PIB nacional.

Más delicado aún: 96.6% de esas remesas provienen directamente de Estados Unidos. Solamente desde California y Texas salió casi la mitad del dinero enviado a México.

En términos simples: México depende profundamente del dinero generado por sus migrantes en territorio estadounidense.

Y el problema no es menor.

Las remesas ya compiten con el petróleo, el turismo internacional y parte de la inversión extranjera como una de las principales fuentes de divisas del país. Pero además sostienen algo todavía más importante: la estabilidad social.

En México, uno de cada nueve hogares recibe remesas. En regiones del Bajío y Occidente, la proporción sube a uno de cada seis hogares.

En estados como Chiapas, Guerrero, Michoacán o Zacatecas, las remesas representan entre 10% y 14% del PIB estatal.

Es decir: hay estados enteros cuya estabilidad económica depende directamente del dinero enviado desde Estados Unidos.

Y precisamente ahí aparece la vulnerabilidad.

Trump entendió que para presionar a México no necesariamente necesita cerrar la frontera. Le basta con tocar el flujo del dinero.

La nueva estrategia republicana ya no se limita a plantear impuestos a las remesas. Ahora comienza a construirse un modelo mucho más sofisticado: endurecer controles financieros, obligar a bancos a revisar ciudadanía y estatus migratorio, elevar requisitos de identificación y aumentar la trazabilidad de operaciones.

El mensaje es claro: la frontera ya no solamente es física. Ahora también puede ser bancaria, digital y fiscal.

El argumento oficial es seguridad nacional. Washington mezcla cada vez más en una sola narrativa migración, lavado de dinero, narcotráfico, control fronterizo y sistema financiero. Y cuando un tema entra al terreno de seguridad nacional en Estados Unidos, las herramientas de presión se multiplican.

El riesgo para México es enorme.

Un impuesto de apenas 1% sobre remesas podría representar alrededor de 650 millones de dólares menos al año para familias mexicanas. Un escenario de 3.5% implicaría pérdidas cercanas a 2,200 millones de dólares anuales. Y eso sin considerar el efecto psicológico del miedo financiero.

Porque el verdadero riesgo probablemente no está en el impuesto.

Está en el precedente.

Millones de migrantes podrían comenzar a abandonar bancos, utilizar efectivo, recurrir a terceros o migrar hacia mecanismos informales por temor a vigilancia financiera o restricciones migratorias. Paradójicamente, una medida diseñada para controlar operaciones podría terminar fortaleciendo redes clandestinas y debilitando la bancarización.

Y aquí aparece el verdadero trasfondo geopolítico.

La revisión del T-MEC ya no hablará únicamente de comercio. También hablará de migración, seguridad, inversiones chinas, fentanilo, energía, lavado de dinero y control financiero. Todo empieza a conectarse.

México podría llegar debilitado a la negociación más importante de Norteamérica si no entiende rápidamente que este ya no es solo un debate migratorio. Es un reacomodo de poder.

Durante años pensamos que nuestra principal dependencia frente a Estados Unidos era comercial.

Hoy descubrimos que también es financiera, social y migratoria.

Y quizás ahí está la reflexión más dura de todas:

El nuevo muro de Trump podría no construirse con concreto.

Podría construirse con bancos.

¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos

 

 

El costo de la incertidumbre

por NellyG 30 abril, 2026

 

 

Mientras el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá entra en revisión, México sigue atrapado en una discusión superficial: aranceles, reglas de origen, migración. Pero la verdadera negociación ocurre en otro nivel, uno más profundo y determinante: la certeza jurídica.

Estados Unidos no está revisando un tratado. Está rediseñando su arquitectura productiva global. El nearshoring no es una tendencia, es una decisión estratégica. Y en ese tablero, México debería ser el principal beneficiario.

Podría estar captando entre US$35,000 y US$50,000 millones adicionales de inversión extranjera directa al año. Hoy apenas se mantiene en niveles de US$36,000–40,000 millones, con un alto componente de reinversión. Es decir: no estamos creciendo, estamos reciclando.

La diferencia entre el potencial y la realidad no es menor. Es estructural.

Hoy, una empresa global —y en particular una empresa estadounidense— ya no toma decisiones únicamente con base en costos, talento o ubicación. Toma decisiones con base en el riesgo. Pero no en abstracto, sino en cómo ese riesgo se manifiesta en México.

Ese riesgo se evalúa en cinco dimensiones concretas: la jurídica, donde la pregunta es si la inversión puede defenderse ante cambios de criterio; la política, donde las reglas pueden modificarse con cada ciclo electoral; la social, donde el entorno puede aceptar o rechazar un proyecto; la ambiental, donde una inversión puede detenerse o encarecerse por regulación o presión; y la operativa-cultural, donde muchas veces no existe alineación entre autoridades, comunidad y empresa.

México sigue siendo competitivo en costo, ubicación y talento. Pero en estas dimensiones, el mensaje que se está enviando es inconsistente.

Reformas al Poder Judicial, ajustes fiscales, cambios en materia aduanera y criterios variables en la aplicación de instrumentos como la Ley de Amparo han generado un entorno donde la ley deja de ser certeza y se convierte en interpretación. Y en inversión, la interpretación es riesgo.

Un aumento de apenas 1% en la percepción de riesgo puede elevar el costo de capital hasta en 150 puntos base. En proyectos de gran escala, eso no es técnico: es la diferencia entre avanzar o retirarse.

Casos recientes en sectores estratégicos —incluyendo turismo e infraestructura— han reforzado esta percepción. No necesariamente por el fondo de las decisiones, sino por la falta de previsibilidad en su ejecución. Hoy, un proyecto en México no termina cuando se autoriza; empieza una etapa de exposición.

Hoy, el inversionista no teme entrar a México. Teme no poder predecir lo que va a pasar después de haber entrado.

Esa es la señal que se está enviando al mundo. Y esa señal no se queda en el sector privado; llega directamente a las mesas de negociación. Porque en la lógica de Estados Unidos, la certeza jurídica no es un discurso: es una condición operativa.

Ahí está el punto crítico: México quiere capturar el nearshoring, pero al mismo tiempo eleva el riesgo percibido de invertir. Esa contradicción debilita su posición justo en el momento en que más debería fortalecerla.

Corregir el rumbo no requiere más promoción, sino decisiones. Implica garantizar reglas claras y consistentes desde el Poder Judicial, la Secretaría de Gobernación y el Congreso; dar estabilidad fiscal y regulatoria desde la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y el Servicio de Administración Tributaria; construir una política industrial y logística coherente desde la Secretaría de Economía y la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes; y profesionalizar la gestión social y ambiental de los proyectos desde la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y los gobiernos locales. Pero, sobre todo, implica alinear el discurso con la realidad: no basta con atraer inversión, hay que garantizar que permanezca.

La diferencia es brutal. Si México corrige estas variables, puede capturar más de US$300,000 millones adicionales en inversión en la próxima década. Si no lo hace, el riesgo no es dejar de crecer, sino volverse irrelevante en la mayor reconfiguración económica de los últimos 30 años.

El nearshoring no se asigna por intención. Se gana por confianza. Y hoy, esa confianza es exactamente lo que está en juego.

¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos.

 

Nearshoring: el norte ya arrancó, ¿y el Caribe?

por NellyG 1 abril, 2026

 

 

Por 01Sergio León Cervantes

 

En los últimos años una palabra se repite en foros empresariales, discursos políticos y análisis económicos: nearshoring. La relocalización de cadenas productivas hacia América del Norte ha colocado a México en el centro de una transformación industrial global.

Los datos son contundentes: México registró 36 mil millones de dólares de inversión extranjera directa en 2023, 36.8 mil millones en 2024 y 40.8 mil millones en 2025, la cifra más alta en su historia reciente. Más relevante aún: las nuevas inversiones crecieron más de 130% entre 2024 y 2025, señal de que empresas globales están apostando por expandir operaciones en el país.

La razón es clara. México se ha consolidado como el principal socio comercial de Estados Unidos, con intercambios que rondan los 870 mil millones de dólares anuales. En un contexto de tensiones geopolíticas con China, cadenas logísticas más cortas y necesidad de seguridad en el suministro, producir cerca del mercado norteamericano dejó de ser una opción estratégica para convertirse en una prioridad corporativa.

Sin embargo, el nearshoring no está beneficiando a todo el país por igual. Los grandes ganadores hasta ahora tienen nombre y apellido: Nuevo León, Coahuila, Chihuahua, Baja California, Querétaro y Guanajuato. Estados que llevan décadas construyendo ecosistemas industriales sólidos. Monterrey, por ejemplo, cuenta con más de 16 millones de metros cuadrados de espacio industrial y más de un millón de metros en construcción. Esa capacidad no se improvisa. Es el resultado de años de inversión en infraestructura, talento técnico, logística y energía.

Y ahí está el verdadero mensaje detrás del nearshoring. No está premiando a los territorios que más hablan del futuro. Está premiando a los que ya construyeron las condiciones para recibirlo.

México enfrenta, además, desafíos estructurales. La falta de capacidad energética en varias regiones, la escasez de espacio industrial disponible, la saturación logística y la falta de talento técnico especializado son obstáculos reales para aprovechar plenamente esta ola de inversión.

Esto ha provocado una nueva división económica en el país. Por un lado, un México industrial, concentrado en el norte y el Bajío, que está capturando la mayor parte de la relocalización global.

Por otro, un México rezagado, principalmente en el sur y el sureste, que observa el fenómeno con expectativa, pero aún sin las condiciones necesarias para participar plenamente.

En ese mapa surge una pregunta incómoda para el Caribe Mexicano.

Quintana Roo es, sin duda, una potencia turística global. Pero el nearshoring no busca playas ni resorts. Busca energía confiable, suelo industrial competitivo, talento técnico, conectividad logística y certeza regulatoria.

Eso no significa que el Caribe esté condenado a quedar fuera; significa que debe encontrar su propio modelo.

El futuro industrial de esta región no está en competir con Monterrey en manufactura pesada, sino en construir una plataforma diferente: manufactura ligera, logística regional hacia el Caribe y Centroamérica, servicios corporativos y tecnológicos, y cadenas productivas vinculadas al comercio internacional.

La reciente creación del Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar de Chetumal abre una ventana interesante. Si logra articular incentivos fiscales, infraestructura logística y talento especializado, podría convertirse en una puerta de entrada para nuevas inversiones orientadas al mercado regional.

Pero conviene decirlo con claridad: Un polo industrial por sí solo no crea un ecosistema productivo. Se construye con energía, infraestructura, educación técnica y estrategia territorial.

El nearshoring es probablemente la oportunidad industrial más importante para México en las últimas tres décadas, pero también es una carrera que ya empezó. Y en esa carrera, el mercado no reparte premios por entusiasmo ni por discurso, los reparte por capacidad.

El norte del país ya arrancó.

La pregunta que queda para el Caribe Mexicano es mucho más incómoda que optimista: ¿Vamos a construir las condiciones para subirnos a esta nueva economía productiva o vamos a seguir viendo pasar, desde la comodidad turística, la oportunidad industrial más importante de nuestra generación?

¡Hasta el próximo mes, con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos.

 

X: Oigres14 |Email:  sergioleon@sergioleon.mx

IG: @sergioleoncervantes

Más que turismo: Logística

por NellyG 2 marzo, 2026

Quintana Roo importa más del 90% de lo que consume. Eso significa que nuestra competitividad turística depende, silenciosamente, de la logística. Y en esa ecuación, el Canal de Panamá es una pieza determinante.

Si una carga proveniente de Asia cruza el Canal y entra por el Atlántico hacia Puerto Progreso, el tránsito promedio Asia–Panamá–Yucatán ronda los 28 a 32 días. El costo marítimo de un contenedor de 40 pies oscila entre 3,000 y 4,500 dólares, y el traslado terrestre Progreso–Cancún se ubica entre 900 y 1,400 dólares.

Si esa misma carga entra por el Pacífico mexicano —Manzanillo o Lázaro Cárdenas— el tránsito marítimo puede ser de 5 a 7 días más corto. Sin embargo, el transporte terrestre hasta Quintana Roo supera los 2,200 kilómetros, con costos que pueden alcanzar entre 3,500 y 5,000 dólares por contenedor.

El resultado es técnico y contundente: abastecer la Península vía Pacífico puede elevar el costo logístico total entre 18% y 30%, además de mayor exposición a variabilidad carretera, riesgos de seguridad y tiempos menos estables. Para el sureste mexicano, el Canal de Panamá más Puerto Progreso no es una alternativa romántica; es estructuralmente más eficiente, más predecible y financieramente más competitivo.

Esa diferencia impacta directamente en el precio final de mobiliario hotelero, sistemas de climatización, tecnología, alimentos importados, vinos, textiles, acero estructural y materiales de construcción. Cada punto porcentual adicional en logística termina reflejándose en márgenes empresariales más estrechos o en tarifas finales más altas. El Canal no es un concepto lejano: es estabilidad de costos para hoteles, desarrolladores, supermercados y consumidores.

Pero la conversación no debe limitarse a por dónde entra la mercancía. La verdadera oportunidad está en cómo capitalizamos la relación estratégica con Panamá.

Panamá no es potencia manufacturera; es potencia logística y financiera. Su fortaleza radica en la Zona Libre de Colón —una de las mayores plataformas de redistribución del continente—, en su hub aéreo regional y en su sistema bancario internacional. Más que atraer industria pesada, la alianza debe centrarse en logística, redistribución inteligente y servicios de alto valor agregado.

¿Qué podemos ofrecer desde Quintana Roo?

Primero, integración turística corporativa entre Ciudad de Panamá y Riviera Maya. Panamá es centro financiero regional; nosotros somos destino de experiencia. El modelo multidestino —dos días de negocios y cinco de descanso— puede incrementar permanencia y derrama regional.

Segundo, exportación de servicios: consultoría hotelera, desarrollo de experiencias inmersivas, entretenimiento temático, formación en hospitalidad y franquicias gastronómicas con sello Caribe Mexicano.

Tercero, agroproductos premium y pesca de alto valor: mariscos, procesados tropicales, alimentos gourmet y productos orgánicos que conecten con el segmento ejecutivo y hotelero panameño.

¿Y qué nos interesa de ellos?

Plataforma de consolidación sudamericana: café especial, cacao fino, alimentos procesados, productos farmacéuticos y cosméticos distribuidos desde su hub logístico. Integrar cadenas regionales reduciría dependencia de rutas más largas y vulnerables.

También nos interesa su conectividad aérea estratégica para fortalecer el flujo empresarial y de convenciones, un segmento que puede complementar nuestra estacionalidad turística.

En la parte industrial, Panamá no será nuestro socio maquilador. Pero sí puede convertirse en aliado clave si Quintana Roo decide evolucionar hacia un nodo de redistribución del Caribe mexicano, conectando Puerto Progreso, la Península y Centroamérica bajo una lógica integrada, moderna y tecnológicamente trazable.

El Canal de Panamá nos da una ventaja geográfica que hoy utilizamos únicamente para abastecernos. Pero la geografía no crea desarrollo; lo crea la visión estratégica que se construye sobre ella.

Quintana Roo ya es potencia turística. El siguiente paso es entender que el turismo no se sostiene solo con promoción, sino con cadenas de suministro eficientes, costos logísticos controlados, alianzas regionales inteligentes y diversificación económica progresiva. La competitividad del Caribe mexicano no empieza en la playa: empieza en el puerto, en la ruta y en la planeación.

Si queremos estabilidad, resiliencia económica y mayor margen empresarial, debemos dejar de pensar exclusivamente en ocupación hotelera y comenzar a pensar en integración logística, en infraestructura complementaria y en posicionamiento regional.

Porque el verdadero salto económico no está únicamente en recibir más visitantes, sino en dominar las rutas que hacen posible su experiencia.

Quintana Roo no es solo un destino.

Es una plataforma estratégica en el Caribe.

Y quien entiende la logística, entiende el futuro.

¡Hasta el próximo mes con más retos y oportunidades!

Sin miedo a la cima porque el éxito ya lo tenemos

 

  • 1
  • 2
  • 3
  • …
  • 12

Descarga la Edición Agosto 2026

Columnas Editoriales

  • Verano, diplomacia y turismo: los desafíos de Quintana Roo

    4 agosto, 2026
  • Competir sin atajos

    4 agosto, 2026
  •    Bitácora de Viaje LXX

    3 agosto, 2026
  • EU sube la parada y Cuba cierra el dominó

    3 agosto, 2026
  • IA en empresas de cincuentones

    3 agosto, 2026
  • TMEC y turismo

    3 agosto, 2026
  • Un respiro para el Caribe mexicano

    3 agosto, 2026
  • Sherlock Holmes y la IA

    3 agosto, 2026
  • Que hablen, lo que tengan que hablar…

    3 agosto, 2026
  • La crisis ya no está en el mar

    3 agosto, 2026
  • Las soluciones de ayer

    3 agosto, 2026
  • La inflexión de la visita esperada

    3 agosto, 2026
  • La policía y el turismo

    1 agosto, 2026
  • Verano en Cancún: oportunidad turística vs. movilidad 

    1 julio, 2026
  • El valor de un pato

    1 julio, 2026
  • El Estruendoso silencio empresarial

    1 julio, 2026

Revista Proyecto Brújula

AGENDA

  • 1 al 28 de agosto • Fundación Isleña

    4 agosto, 2026
  • 9 de agosto • 21k  Chetumal

    4 agosto, 2026
  • 13 al 16 de agosto • Moto Fest Tulum

    4 agosto, 2026
  • 16 de agosto • Fantasía medieval

    4 agosto, 2026
  • 25 al 27 de agosto • Expo Deconarq

    4 agosto, 2026

El Molcajete

  • La economía navideña se activa con el aguinaldo

    1 diciembre, 2025
  • Los museos, parte del turismo cultural

    1 noviembre, 2025
  • Prevención es tu protección

    1 octubre, 2025

Infografía

  • Experiencia que enamora al viajero 

    1 septiembre, 2025
  • Cuando la salud vacía tu cartera

    1 agosto, 2025
  • ¿Crédito o familia? Dilema financiero de los mexicanos

    1 julio, 2025
  • Facebook
  • Twitter
  • Instagram
  • Youtube

@2020 - Todos los derechos reservados. Diseñado por Latitud 21

Da Click para Descargar la Revista Latitud21 Agosto 2026

Da click para descargar la Edición de Agosto

Revista Latitud 21
  • Inicio
  • Secciones
    • Agenda
    • Emprendedores
    • Encuentros
    • En la 21 y otras latitudes
    • Foro Empresarial
    • Infografia
    • Libro Ecología y Espiritualidad
    • Lifestyle
    • Meridiano 87
    • Playa del Carmen
    • Portada
    • Responsabilidad social
    • Sube y Baja
    • Tech 2.1
  • Columnas de Opinión
  • Caribe Mexicano
    • Quintana Roo
    • Cancún
    • Playa del Carmen
  • Deporte y Salud
  • Ediciones Anteriores
  • Contacto
  • Otras Revistas del Grupo